Fundado en 1910
Julio Borges Junyent
AnálisisJulio Borges JunyentEl Debate en América

La esperanza con prisa: Venezuela después del 3 de enero

El país sudamericano está cambiando su manera de pensar. Ya no pide milagros. Pide cosas simples: vivir sin miedo, comer sin humillación, curarse sin mendigar, trabajar sin resignación, votar sin trampa

La gente participa en una vigilia para exigir la libertad de los presos políticos frente al edificio El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), en Caracas

La gente participa en una vigilia para exigir la libertad de los presos políticos frente al Helicoide, en CaracasAFP

Venezuela no suele cambiar de ánimo con facilidad. Ha aprendido –a golpes– a desconfiar de los anuncios, a temer las promesas, a protegerse del entusiasmo porque el entusiasmo, demasiadas veces, termina en decepción.

Esa esperanza tiene ahora un termómetro particularmente útil. Mark Feierstein, uno de los encuestadores y estrategas políticos más reconocidos de Estados Unidos –con décadas de trabajo en Iberoamérica y un seguimiento prolongado de la opinión pública venezolana– presentó hace pocos días, en Washington D. C., en el Atlantic Council, los resultados de un estudio de opinión levantado dentro de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro.

La encuesta (mil entrevistas presenciales realizadas entre el 24 y el 30 de enero, con margen de error de ±3,1 %) ofrece una radiografía del país en un instante excepcional: un país que siente que algo se movió, pero que no ha dejado de temer el precio de lo que viene. Esa tensión –esperanza y fragilidad al mismo tiempo– es, quizás, el signo más profundo de esta etapa.

Empecemos por lo que sorprende: 83 % de los venezolanos dice sentirse optimista sobre el futuro. Es un porcentaje inusualmente alto para un país que ha vivido años de frustración. Pero el dato cobra sentido cuando se compara con el pasado reciente. En junio de 2024, solo el 23 % creía que Venezuela iba en la dirección correcta y 75 % pensaba lo contrario. A finales de enero de 2026, esa percepción se invierte: 72 % afirma que el país va por buen camino y 21 % por mal camino. No es un cambio marginal: es un giro emocional de gran magnitud.

Ahora bien: la esperanza no es ingenua. Cuando se pregunta cuáles son las principales prioridades que el Gobierno debería resolver (la gente podía elegir dos), la respuesta es brutalmente concreta: coste de la vida (62 %), salud (44 %) y empleo (35 %). «Democracia», como palabra, aparece con un discreto 7 %. Aquí conviene leer bien: no significa que la gente no quiera democracia; significa que la gente quiere una democracia que se toque. La democracia se legitimará –o se desgastará– por resultados materiales.

En ese contexto, el ciclo político anterior aparece claramente clausurado. Nicolás Maduro registra un 77 % de opinión desfavorable (solo 18 % favorable). El hecho que marca este nuevo momento –su captura el 3 de enero– es aprobado por el 55 %, rechazado por un 34 %. Pero el desglose muestra algo esencial: Venezuela no es uniforme. Entre quienes se identifican como opositores, 86 % aprueba la captura; entre quienes se identifican como chavistas, 91 % la rechaza; entre los independientes, 50 % la aprueba y 35 % la rechaza. Es decir: el centro no es un lujo; es el campo decisivo.

Ese punto merece subrayarse: 42 % de los venezolanos se considera independiente. No se identifica formalmente ni con la oposición ni con el chavismo. En tiempos normales, esta cifra ya sería importante. En tiempos de transición –o de disputa por la transición– es determinante. El país que decidirá el futuro no será solo el que grita más, sino el que duda, compara, espera señales y reacciona a resultados. Gobernar ese centro (o persuadirlo) es más difícil que conquistar a los convencidos, pero es la única vía para construir estabilidad.

De allí se desprende otro hallazgo delicado: la encuesta establece que Delcy Rodríguez no es popular, pero existe un «compás de espera» que podría reordenar el tablero si la alternativa democrática no entiende la urgencia del momento. Delcy tiene 73 % de opinión desfavorable y apenas 23 % favorable. Pero cuando se pregunta por su desempeño, el país se divide: 37 % lo califica como «bueno», 41 % como «malo» y 22 % no sabe o no responde. Ese 22 % es una reserva de opinión móvil. Si la seguridad mejora, si hay orden económico, si se instala un relato de «normalización», ese grupo puede inclinarse hacia el pragmatismo: «déjenlos que administren». Si, en cambio, se percibe manipulación, abuso, estancamiento o represión, puede volverse combustible para una salida democrática. Nuestra tarea es que el madurismo no se recicle.

El país quiere futuro, pero el tejido social está roto

De hecho, el informe muestra una paradoja dolorosa: hay esperanza «macro» y miedo «micro». A la pregunta sobre cuán cómodos se sienten hablando de política con sus vecinos, 41 % responde «nada cómodo» y 28 % «apenas un poco cómodo». El país quiere futuro, pero el tejido social está roto. Sin reconstrucción de confianza comunitaria, toda transición será frágil y toda elección será un episodio, no una solución.

La encuesta también ilumina el papel de Estados Unidos en el imaginario venezolano. El país está dividido simbólicamente: 43 % cree que «manda» EE. UU./Trump y otro 43 % cree que «manda» Venezuela/Delcy. Entre quienes creen que manda EE. UU., 75 % considera que eso es «bueno». Pero hay límites claros: se aprueba presión selectiva, no ocupación. Un 76 % aprueba golpes contra grupos criminales; 62 % apoya más sanciones; 62 % apoya capturas de otros acusados.

Sin embargo, cuando se plantea el despliegue de tropas estadounidenses para mantener el orden, el país se divide y predomina el rechazo: 43 % a favor y 48 % en contra. El mensaje es nítido: apoyo a medidas contra crimen y corrupción, pero una sensibilidad soberana muy marcada.

Finalmente, hay un dato moral que atraviesa toda la historia: el país no quiere impunidad. Ante la posibilidad de una amnistía para funcionarios involucrados en corrupción y violaciones de derechos humanos, 68 % está en contra y solo 23 % a favor. Esto significa que cualquier acuerdo político que suene a «borrón y cuenta nueva» corre el riesgo de perder legitimidad social. Venezuela quiere pasar página, sí, pero no arrancarla.

¿Qué nos dice todo esto sobre la mentalidad venezolana? Que estamos ante un país que ha vuelto a creer, pero que no volverá a creer dos veces con la misma facilidad. La gente ha abierto una puerta –una puerta rara en nuestra historia reciente– hacia el futuro. Todo este proceso necesita de unas elecciones generales para consolidar el cambio que se inició el 3 de enero de este año.

Venezuela está cambiando su manera de pensar. Ya no pide milagros. Pide cosas simples: vivir sin miedo, comer sin humillación, curarse sin mendigar, trabajar sin resignación, votar sin trampa. Es una esperanza con prisa.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas