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Rusia condena la «agresión» contra Irán pero no desenvaina la espada

El lastre del frente ucraniano mina, de alguna manera, la capacidad de Moscú de equilibrar su papel diplomático con la realidad estratégica en un mundo multipolar

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, se reúne con el presidente de Irán, Masoud Pezeshkia

El presidente de Rusia, Vladimir Putin y el presidente de Irán, Masoud PezeshkiaAFP

El conflicto bélico en Oriente Medio ha entrado en una fase de alta tensión y con repercusiones e intereses que van más allá del tablero regional.

Rusia ha condenado los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra Irán que ha descrito como «un acto de agresión armada premeditado y no provocado» que podría desencadenar «una catástrofe humanitaria, económica y radiológica», según un comunicado del Ministerio de Exteriores ruso. El documento responsabiliza directamente a Washington y Jerusalén por la escalada.

«La postura rusa se sostiene en un respaldo diplomático sólido a Teherán, en una cooperación militar técnica estratégica y en un esfuerzo por mantener su influencia regional sin llegar a una intervención directa», analiza para El Debate Marta González, analista de política internacional e inteligencia.

Coincide con ella Fernando Prieto, doctor en Periodismo, docente en la Universidad Carlos III y especialista en Periodismo Internacional. El experto prevé que Rusia seguirá su apoyo retórico a Irán, pero su interés hoy por hoy es otro.

«Condena los ataques y es posible que mantenga a nivel diplomático una estrategia de apoyo sosegado a Irán, pero Rusia ahora mismo tiene otros intereses que pasan por Ucrania y por una solución favorable a sus intereses en esa guerra», acotó.

Si no fuera así, apostilla, «Moscú tendría hoy un papel más proactivo en Oriente Medio, pero a día de hoy Rusia no necesita Irán prácticamente para nada».

Irán respondió al ataque coordinado estadounidense-israelí con el disparo de andanadas de misiles y drones contra objetivos en Israel, bases estadounidenses y otros blancos en la región, alcanzando instalaciones en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait, acciones que Teherán calificó de contraataque legítimo tras la agresión percibida.

Arabia Saudí, el gran rival ideológico de Irán en la región, así como otros países del Golfo, han condenado los ataques y denunciado la violación de soberanía antes de alertar sobre las graves consecuencias que puede arrastrar una escalada militar regional.

Históricamente, Rusia ha intentado ejercer influencia en Oriente Medio a través de Siria, su otrora bastión estratégico durante décadas. Sin embargo, el repliegue ruso tras la caída de Bashar al Asad a finales de 2024, debilitó ese control directo, evidenciando la necesidad de Moscú de explorar nuevas vías de influencia sin comprometer fuerzas militares de manera sostenida en un entorno cada vez más volátil.

En este contexto, la firma del Tratado de Asociación Estratégica Integral con Irán en enero de 2025 se interpretó como un movimiento estratégico para mantener relevancia geopolítica en países del Sur Global y estados no alineados con Occidente, gracias a la combinación de la diplomacia, pero sobre todo, a una cooperación militar limitada de la que pudiera sacar rédito y una presencia indirecta en la región.

Así, la cooperación ruso-iraní no ha hecho más que intensificarse en los últimos años: Irán ha suministrado drones kamikaze del tipo Shahed (Shahed-136 y Shahed-131), utilizados por Rusia en el conflicto ucraniano, reforzando la alianza técnico-militar sin obligar a Moscú a comprometerse en defensa mutua.

«Aunque en enero de 2025 Putin y el presidente iraní Masoud Pezeshkian firmaron el tratado de Asociación Estratégica Integral, este acuerdo no incluye una cláusula de defensa mutua obligatoria en caso de guerra», recuerda González.

El acuerdo con Irán incluyó cooperación en el ámbito técnico-militar, pero se diferencia del firmado entre Rusia y Corea del Norte en que no incluye esa cláusula de defensa mutua en caso de ataque de un tercer país.

Rusia mantiene un delicado equilibrio en la región, no solo con Irán sino también con Israel. Según recuerda González, a pesar de las críticas a las acciones israelíes, los lazos culturales y la numerosa comunidad rusa en el país obligan a Moscú a actuar con cautela, combinando su respaldo a Teherán con gestos de diálogo hacia Jerusalén. Un juego diplomático que busca proteger sus intereses sin generar conflictos directos. Rusia quiere nadar y guardar la ropa.

Este enfoque refleja la prioridad rusa: mantenerse activa políticamente en Medio Oriente mientras concentra sus recursos en la guerra de Ucrania, un conflicto que dura ya más de cuatro años y que consume gran parte de su capacidad militar, logística y económica.

La doctrina del rodillo rusa

De acuerdo a un estudio del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) y recientemente citado por varios medios, las fuerzas rusas han sufrido cerca de 1,2 millones de bajas (incluyendo muertos, heridos y desaparecidos) desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022 hasta diciembre de 2025.

Las fuerzas ucranianas habrían sufrido entre medio millón y 600.000 bajas (decesos, heridos y desaparecidos) en el mismo periodo. Y si las tendencias actuales continúan, las bajas combinadas podrían alcanzar los dos millones en la primavera de 2026, de acuerdo al mismo estudio. Se tratan de estimaciones puesto que ni Rusia ni Ucrania ofrecen cifras oficiales precisas sobre el conflicto bélico en curso.

Pero asumiendo que los caídos rusos en el frente fueran de esa envergadura y las declaraciones del propio Vladímir Putin, quien esta semana ha reafirmado que la guerra en Ucrania continuará hasta que Rusia logre todos sus objetivos estratégicos, sería improbable que Rusia participara en un nuevo escenario que le desvíe del principal foco de atención militar.

«Rusia está aplicando una doctrina militar que data casi de la Primera Guerra Mundial: la doctrina del rodillo. Utiliza su enorme potencial humano y calcula el coste-beneficio. Prefiere sacrificar un número que a cualquier país le parecería monstruoso de soldados si con ello consigue sus objetivos territoriales», sostiene Prieto.

El acuerdo con Irán incluyó cooperación en el ámbito técnico-militar, pero se diferencia de otro firmado entre Rusia y Corea del Norte en que no incluye una cláusula de defensa mutua en caso de un ataque de un tercer país.

La combinación de antecedentes, intereses y limitaciones plantea interrogantes sobre la capacidad rusa de proyectar poder en la región de Oriente Medio. El lastre del frente ucraniano mina, de alguna manera su capacidad de equilibrar su papel diplomático con la realidad estratégica en un mundo multipolar y con actores, como países árabes del Golfo, cada vez más influyentes.

Prieto advierte, en ese sentido, que el mayor riesgo geopolítico para Moscú es que con otro escenario bélico paralelo de envergadura que acaba de abrirse entre EE.UU. e Israel e Irán, pierda interés la guerra de Ucrania.

«Si el foco se desplaza a Oriente Medio, eso puede servir para que Ucrania se rearme y se reorganice mejor. A Putin no le interesa ahora mismo mantener dos o tres frentes abiertos, porque el menor desvío hacia otro escenario podría ser dramático para la estructura estatal rusa», valoró.

El especialista opina que en aras de no malgastar energías en un escenario donde está en repliegue, Moscú aún mantendría influencia en regiones como el Sahel y otras coordenadas del Sur geopolítico, pero siempre bajo el paraguas de China y no en solitario.

En este contexto, Moscú sigue una estrategia cuidadosa: «Es una forma de proteger los intereses y las inversiones rusas en Irán y evitar un conflicto regional a gran escala que desestabilice sus fronteras sur. Pero también es una posición táctica», concluye González.

El silencio de Rusia y China, según los analistas, no es casual, sino que refleja que ambas potencias prefieren mantenerse al margen, observando cómo se desarrollan los acontecimientos antes de asumir cualquier acción decisiva en la región.

En el Kremlin parece imponerse una lógica de influencia indirecta: condenar la «agresión» en Irán, sostener acuerdos estratégicos y mantener la cooperación técnica sin asumir un compromiso militar abierto. Todo ello mientras el conflicto con Ucrania consume sus recursos en otra guerra que creía que concluiría de manera breve y victoriosa, pero que se ha convertido en su peor pesadilla.

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