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El primer ministro británico, Keir Starmer, hizo una declaración en el número 10 de Downing Street, en el centro de Londres,

El primer ministro británico, Keir Starmer, en el número 10 de Downing Street, en el centro de LondresAFP

Reino Unido

Así trata Starmer de sobrevivir a la desesperada

El primer ministro avanza en una agonía que se intensificará tras la anunciada debacle laborista en las municipales del jueves; pero aún dispone de alguna baza

La estancia de sir Keir Starmer en el número 10 de Downing Street pende de un hilo desde que hace unos días se reveló que nombró al controvertido lord Peter Mandelson –implicado hasta el tuétano en el caso Epsteinembajador en Estados Unidos pese a no haber superado el proceso de selección para desempeñar el cargo más codiciado de la diplomacia británica. El primer ministro, tras reconocer que estaba «furioso» por, según dijo, haberse sentido engañado por la alta administración, decidió designar un chivo expiatorio para echar balones fuera: la ira de Starmer recayó en sir Oliver Robbins, el subsecretario de Asuntos Exteriores.

La cabeza de este último fue la segunda en rodar en apenas dos meses, tras la de su propio jefe de gabinete, Morgan McSweeney, a quien la víspera de su destitución, el 8 de febrero, el primer ministro seguía definiendo como «parte esencial de su equipo». Desde entonces, tanto Robbins como McSweeney han comparecido ante la comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes, sin aportar novedades sustanciales, si bien al antiguo jefe de gabinete le entró algo de remordimiento.

Mientras, los diputados laboristas evitaron a Starmer la humillación de tener que comparecer ante la comisión de Privilegios de los Comunes para conocer, de forma oficial, su versión de los hechos sobre el escándalo Mandelson. ¿Victoria política que le permite relanzarse? No, más bien un aplazamiento de la agonía hasta después del 7 mayo, día de elecciones municipales en Inglaterra y de comicios autonómicos en Escocia y Gales. El desastre está cantado para el Partido Laborista.

En las municipales inglesas, podría perder 2.000 de los 2.500 puestos de concejal que ostenta, quedando incluso como quinto partido en el recuento. En los parlamentos de Edimburgo y Cardiff, la derrota también será dura. Especialmente en Gales, donde los laboristas gobiernan ininterrumpidamente desde la devolución de la autonomía, en 1999. El escenario más probable, dando por descontada la victoria del Partido Nacional Escocés, sería ver a las dos regiones más importantes del Reino Unido en manos de formaciones nacionalistas y, en el caso escocés, abiertamente independentista.

¿Bastará que se cumpla esa perspectiva para que se produzca una dimisión pura y dura de Starmer? En principio, no; pero sí para que redoblen las conspiraciones en el seno del laborismo, cada vez menos latentes. Si hace aún unos días, el inquilino de Downing Street podía agitar el miedo de una candidatura de Angela Rayner, exponente del ala izquierda del partido, o maniobrar para que el alcalde de Manchester, Andy Burnham, no postule a un escaño en los Comunes por medio de una elección legislativa parcial, estas premisas se han ido disipando en los últimos días.

Ayer domingo se supo que el Comité Nacional Laborista, pese a estar integrado por una decena de fieles a Starmer, ya no se opone a que Burnham recupere, nueve años después, su sitio en los Comunes y abandone la Alcaldía de Manchester. Es un requisito imprescindible para poder retar al primer ministro: en el Reino Unido no se forma parte de un Gobierno sin escaño parlamentario.

Más dificultades: como señala en su cuenta de X, antes Twitter, Dan Hodges, cuyas columnas en The Mail on Sunday son de las más incisivas del periodismo británico, «la línea de defensa de Starmer según la cual los aspirantes al liderazgo [laborista] están socavando la campaña electoral local del partido no se tiene en pie: en menos de una semana, más de mil concejales perderán sus escaños. Y cuando eso ocurra, [los derrotados] no aparecerán en televisión culpando a Burnham, Rayner y Streeting», en referencia al ministro de Sanidad, Wes Streeting, el último que ha dejado caer la posibilidad de una candidatura para retar el frágil liderazgo de Starmer.

Por lo tanto, es harto probable que se produzca un desafío al liderazgo de Starmer después del 7 de mayo. Una de las bazas de la que dispondría el primer ministro para salvar su pellejo sería la dispersión de los votos de sus adversarios. Es innegable que Burnham y Rayner no comparten ideas. Como también es verdad que circula desde febrero un sondeo según el cual Rayner vencería a Streeting por 60 % frente al 40 % en una hipotética final por el liderazgo. Sin embargo, como apunta John Rentoul en The Independent, «eso no es concluyente, pero si se piensa, como la mayoría de los diputados laboristas, que Rayner sería peor que Starmer, no es un riesgo que se quiera correr». Eso podría salvar a Starmer.

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