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Palabras que matan

Pongámonos en la piel del presidente Trump: ¿cómo reprochar al criminal del Kremlin lo que solo es una pequeña fracción de lo que él mismo amenazó con hacer en Irán?

Rescatistas extinguiendo un incendio en un edificio residencial dañado tras los ataques con misiles contra la capital ucraniana, Kiev, en medio de la invasión rusa de Ucrania

Rescatistas extinguiendo un incendio en un edificio residencial dañado tras los ataques con misiles contra KievAFP

El elegante proverbio que nos dice que somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras ha resultado ser falso. En el mundo actual, polarizado hasta el fanatismo por el abuso de las redes sociales, los líderes políticos –la mayoría, al menos– se jactan de defender un día una cosa y otro la contraria sin que nadie –nadie de su cuerda, se entiende– se lo reproche. Y así nos va.

Con todo, las palabras no son inocuas. Hace poco más de un año –el 25 de mayo de 2025, para más señas– el presidente Donald Trump criticó duramente a Vladimir Putin por un ataque masivo contra las ciudades ucranianas en el que el dictador ruso lanzó 367 drones y misiles. Murieron en aquella aciaga noche doce civiles y hubo decenas de heridos.

Al día siguiente, el magnate realizó unas declaraciones ante la prensa en las que dedicó algunas expresiones bastante fuertes a su colega del Kremlin: «Lo conozco desde hace mucho tiempo. Siempre me he llevado bien con él, pero está lanzando cohetes a ciudades y matando gente, y eso no me gusta nada». En Truth Social, su altavoz preferido, fue todavía más rotundo: «Se ha vuelto completamente loco».

Luego vino la guerra de Irán y, con ella, las controvertidas amenazas del presidente de los EE.UU. La más grave, ese «Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás» que sugería lo impensable y que desde luego, nadie –y menos que nadie los líderes iraníes– llegó a creerse del todo. Por desgracia, sin disparar un solo tiro de más –exceptuado el error, grave pero aislado, del colegio de Minab, las tropas estadounidenses han sido respetuosas con el derecho de la guerra– las palabras de Trump han causado importantes daños colaterales en Ucrania.

¿Cómo puede afectar lo que se diga en una guerra con lo que ocurra en otra a miles de kilómetros de distancia? Por la vía del cambio en las reglas del juego. El pasado jueves, un ataque mucho más intenso sobre Kiev –74 misiles y 496 drones de largo alcance– asesinó al menos a 30 civiles sin que el presidente Trump, que quizá no debería ser tan amigo de Putin después de que el dictador apoyara a los ayatolás en su guerra contra los EE.UU., se sintiera con derecho a abrir la boca.

Las crónicas de los corresponsales de guerra en Ucrania nos dicen que el último ataque a Kiev fue más mortífero que los anteriores porque Putin incluyó entre los objetivos edificios residenciales y porque el número de misiles balísticos –el arma más letal del arsenal convencional ruso– incluidos en el «paquete» de bombardeo fue excepcionalmente grande. Buen momento, pues, para haber hecho alguna declaración de condena. Sin embargo, pongámonos en la piel del presidente Trump: ¿cómo reprochar al criminal del Kremlin lo que solo es una pequeña fracción de lo que él mismo amenazó con hacer en Irán?

Si esto fuera una fábula, tendría una moraleja bastante clara. Si Trump fuera una presuntuosa águila calva –no es una indirecta relacionada de alguna oscura manera con la envidiable cabellera del presidente, sino una alusión al símbolo nacional de los EE.UU.– y Putin un malvado oso, feroz y corpulento, nadie tendría dificultad en enlazar esa moraleja con el proverbio que encabeza esta columna. Pero como no se trata de animales, sino de personas idolatradas por una corte de fanáticos, unos y otros –trumpérrimos y rusoplanistas– se esforzarán por encontrar alguna interpretación que permita a sus líderes salvar la cara. De ahí que la moraleja que yo propongo sea un poco diferente. Águilas y osos siempre va a haber, pero los demás, el lector y yo mismo, deberíamos de tener mucho cuidado con lo que aplaudimos porque puede volverse en nuestra contra.

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