17 de agosto de 2022

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Vadim Bakatin (1937-2022)

El último jefe del KGB

La caída de la Unión Soviética frustró sus planes de reforma del servicio de espionaje

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Nació en Kiseliovsk (Unión Soviética) el 6 de noviembre de 1937 y falleció en Moscú (Rusia) el 31 de julio de 2022

Vadim Viktorovich Bakatin

En las postrimerías de la Unión Soviética desempeñó los cargos de ministro del Interior (1988-90) y de director del KGB (1991-92).

Vadim Bakatin llevaba una vida rutinaria de «apparatchik» medio soviético, dirigiendo, con cierta eficacia, empresas de construcción en la ciudad industrial de Kemerovo y militando en la sección local del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).
Hasta que en 1983 llamó la atención de Yegor Ligachov, a la sazón jefe de Organización del Comité Central del PCUS en Moscú, que al año siguiente intentó colocar a Mijail Gorbachov en el mando supremo. Tuvo que esperar hasta marzo de 1985 para conseguirlo.
Pero para Bakatin, la cercanía con Ligachov fue un punto de inflexión en su particular escalada de peldaños. Tanto, que supo interpretar el sentido del viento, arrimándose pronto y con rapidez a Gorbachov, sin importarle la creciente rivalidad entre este último y su otrora mentor Ligachov.
La recompensa llegó en 1988 con su nombramiento como ministro del Interior. El escenario era movedizo: el tímido deshielo político en las alturas fue «correspondido» por un estallido patriótico en los países bálticos y por los primeros movimientos centrífugos en el Cáucaso.
Había otra cara de la moneda: la presión ejercida por el ala inmovilista, partidaria del partido único, la propiedad pública de los medios de producción y la doctrina de la «soberanía limitada» de los países satélites de Europa del Este.
Bakatin supo, durante dos años, nadar entre las dos aguas. Pero en 1990, ante el descalabro económico, la pérdida de influencia internacional tras la caída del Muro de Berlín, amén de otras complicaciones, los inmovilistas recuperaron posiciones.
Entre otros «logros», forzaron a Gorbachov a restaurar viejas prácticas, como la del «comité de trabajadores», encargados de vigilar las reservas de alimentos; de preservar el mercado negro.
También pidieron cabezas, como era de esperar.
Se las dieron en bandeja, entre ellas la de Bakatin, al que Kristina Spohr describe en Después del Muro, como «uno de los miembros más aperturista de la cúpula soviética, (…), obligado a ceder el Ministerio del Interior a Boris Pugo, un letón que durante ocho años había sido jefe del KGB en Riga».
Pugo sería, en agosto de 1991, uno de los cerebros del golpe de Estado que no logró derrocar a Gorbachov, pero sí debilitarle considerablemente.
El aún líder soviético estaba decido a hacer limpieza. Para ello volvió a llamar a Bakatin, al que encomendó una reforma del KGB.
Sin rencores por su cese de unos meses antes, el agraciado tenía que destruir, en palabras de Boris Yeltsin, «ese terrible sistema de opresión que existía desde los tiempos de Stalin».
Bakatin lo entendió perfectamente y empezó su mandato con un espectacular gesto de buena voluntad, al facilitar al embajador estadounidense, Robert Schwarz Strauss, los sistemas de vigilancia de la nueva sede diplomática.
En el plano organizativo, además de cambiar el nombre del organismo –pasó a llamarse Servicio de Seguridad Interrepublicano de la Unión Soviética–, procedió a segregar varios departamentos del núcleo central, como el de espionaje exterior o el de protección de altos cargos.
No le dio tiempo de ver los frutos de su trabajo: el 15 de enero de 1992, veinte días después del fin de la Unión Soviética, era cesado sin contemplaciones por Yeltsin, que no le perdonaba su candidatura a las presidenciales de junio de 1991. Fue el final de su vida pública.
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