Manolo 'el del bombo'
Manolo 'el del Bombo' (1949-2025)
El hincha más famoso del planeta que se arruinó por seguir a la selección española por todo el mundo
Su pasión le llevó a viajar con el equipo nacional desde 1979 hasta hoy. Toda España le llevó en autoestop; incluso le robaron el bombo y lo recuperó en el Cuartel General de La Armada en Madrid, celebrándolo con champán
Manuel Cáceres Artesero
Manolo 'el del bombo' nació en San Carlos del Valle, Ciudad Real, el 15 de enero de 1949 y falleció en Villarreal el 1 de mayo de 2025
Fue considerado por la prensa internacional y especialmente la inglesa como 'el hincha del fútbol más famoso del planeta'. Su pasión era la selección española y viajó con ella desde 1979 hasta nuestros días. También apoyó a la selección española de baloncesto en algunos campeonatos internacionales. Fue seguidor, con su famoso bombo, del Huesca, el Zaragoza y el Valencia, ciudades donde pasó la mayor parte de su vida. El Rey Juan Carlos le entregó en 1983 una placa en reconocimiento a su apoyo al equipo nacional. Fue buen amigo de los seleccionadores y futbolistas, con los que compartió medio siglo de viajes. Muchos de ellos, y toda España en general, le han homenajeado con mensajes de dolor.
Fue el hincha más famoso del mundo. Los periódicos ingleses le convirtieron en el forofo «más famoso del planeta». La prensa internacional le siguió por todo el mundo y le transformó en un personaje icónico. Su boina negra con la bandera de España, su camiseta de la selección, su cachirulo al cuello, su enorme bombo que se sujetaba en su orondo vientre y una simpatía que conquistó el universo. Manuel Cáceres Artesero, conocido como Manolo 'el del Bombo', viajó por Europa, Asia y América persiguiendo al equipo nacional desde 1979. Aquel año acompañó a los nuestros en Chipre y desde entonces acudió a todos los Mundiales, a todas las Eurocopas y a la última Liga de Naciones que ganamos en marzo en Mestalla, a diez metros del mítico bar que tuvo que vender, denominado Tu Museo Deportivo, tras la hecatombe de la pandemia.
El Rey Juan Carlos le recibió en 1983 y le entregó un placa de reconocimiento a su apoyo a la selección española. Cientos de futbolistas de nuestro equipo nacional se hicieron amigos de él para siempre, desde Camacho a Rincón pasando por Santillana y Arconada. Les acompañó a babor y estribor. Nunca se lo agradeceremos en su justa medida, porque Manolo viajó con su bombo al lado de nuestros jugadores cuando España no ganaba, cuando los cuartos de final eran nuestro listón maldito. El Mundial de Sudáfrica y las tres Eurocopas ganadas en este siglo, la ultima hace un año, han sido el mejor premio a una entrega que le llevó a la ruina.
Sí, porque su pasión por la selección le arruinó. Manolo lo contaba con crudeza. Todo el dinero que ganaba en sus bares, ya fuera en Huesca o en Valencia, lo gastó en los viajes con España.
Vivió en la capital oscense, en Zaragoza y cerca del estadio de Mestalla en una andadura tan épica como ruda. Fue desde la capital oscense cuando empezó esta odisea que le llevó a dilapidar todo su dinero por el fútbol. Hace no mucho tiempo decía que tenía una pensión de ochocientos euros y debía pagar 425 de hipoteca. Era la cara B de un disco feliz para el aficionado y triste cuando se entraba dentro del bombo.
El Mundial de España 82 le llevó a la fama mundial. Se marchó de Huesca y recorrió 15.000 kilómetros en autoestop para ver todos los partidos. Se ganó el cariño de la prensa, que le dio a conocer en todos los sitios. Y los españoles le llevaron en coche a donde les pidiera. Hubo conductores que volaron a toda velocidad para que llegara a algún partido. Así comenzó una diáspora que le hizo viajar en los coches de los demás durante muchos años. Fue tal su fama que en Valencia se decía que si no ibas a conocer a Manolo 'el del Bombo' a su bar no habías estado en Valencia y tendrías que volver.
Lo pasó muy bien en toda esta vida de aventuras, pero también las pasó canutas. En 2004, en Zenica, Bosnia, le robaron el bombo nada más bajar del autobús y tanto el conductor como la policía local lo recuperaron en media hora. Después, su simpatía y su fama provocaron que la población local se hiciera fotos con él durante toda su estancia y fuera invitado en todos los sitios.
Acudió al Mundial de nuestra gloria, Sudáfrica, acreditado por la prensa. Tres años más tarde la selección española regresaba para jugar en Johannesburgo y en la escala aérea previa, en Malabo, en la Guinea Ecuatorial tutelada por Obiang, salió del avión y fue rodeado por la gente como si fuera una estrella del equipo campeón del mundo.
En junio de 2017 vivió una de las situaciones más extrañas. Jugaba España en Murcia frente a Colombia y unos ladrones le robaron el bombo, la boina, el cachirulo, las camisetas de España y toda la ropa que portaba en el coche. Nuestro aficionado más popular lo hizo público y toda España se puso a buscar su bombo.
El bombo apareció al día siguiente a primera hora delante del Cuartel General de la Armada en Madrid. La Armada se lo entregó a la Policía Nacional, que se lo llevó a Manolo en cuestión de unas horas. Fue noticia nacional la recuperación del bombo más famoso del planeta.
Al año siguiente viajó al Mundial de Rusia y se enfrentó a un momento crítico. El hermetismo de las fuerzas del orden rusas le impedía entrar a los estadios con el dichoso cacharro, grande y gordo como él. Estaba prohibido. Manuel lo dijo en todos los sitios y hasta en arameo. Y se inventó este lema: 'Putin, amigo, ayuda a un amigo'. Movió los hilos desde Roma a Santiago, a la prensa y a los seguidores. Al final, la Federación Española de Fútbol habló con la FIFA y el forofo más dicharachero del orbe pudo entrar con su bombo al estreno de España en el estadio de Sochi.
Su ruina económica no cambió su forma de ser. Manolo nos contó que hubo compatriotas españoles que le ofrecieron veinte mil euros por uno de los cuatro bombos que siempre guardaba como reliquias para llevarlos por todo el mundo. Era una forma de ayudarle. Nunca los vendió.
Se nos ha ido un amigo, un cachirulo ambulante cariñoso y cercano. Nadie podrá tomar su puesto, su camiseta. Sería un imitador. Esa es su grandeza: nadie podrá sustituirle. Fue un icono único e irrepetible. Ya está en el cielo junto a sus amigos Kubala, Miguel Muñoz y Luis Aragonés. El problema es que ahora les dará un tormento diario a golpes de bombo.