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Gustavo Torner, el polifacético maestro de la abstracción, muere a los 100 años

Gustavo Torner, el polifacético maestro de la abstracción, muere a los 100 añosJosé Huesca, EFE

Gustavo Torner (1925-2025)

Un incansable buscador de la excelencia y la belleza

Junto con Fernando Zóbel, creó el Museo de Arte Abstracto de Cuenca

Gustavo Torner, el polifacético maestro de la abstracción, muere a los 100 años
Nació el 13 de julio de 1925 en Cuenca y falleció el 6 de septiembre de 2025 en la misma ciudad

Gustavo Torner de la Fuente

Pintor, grabador, escultor, diseñador...

Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1993, con un discurso sobre El arte, víctima de sus teorías y de su historia. Siempre original, defendió Torner que el arte, como tal, no existe, es una abstracción: lo que existen son obras de arte concretas.

De todos los personajes que he conocido a lo largo de los años, muy pocos pueden compararse a Gustavo Torner por la singularidad y la exigencia. Buscó siempre la belleza por muchos caminos: pintura, escultura, dibujo, grabado, collage, escenografía, diseño de ámbitos, ordenación de espacios, vidrieras, alfombras…

De una inicial formación científica como ingeniero Técnico Forestal pasó a cultivar el arte, en muchas de sus modalidades: primero, como pintor y grabador. Realizó su primera escultura para la Estación de Seguimiento de Satélites Artificiales, en Buitrago, lanzando un cable imaginario al observatorio indio de Jaipur. Diseñó los cubos que dan nombre a esa plaza, en Madrid; las tiendas de Loewe, en Madrid y Nueva York; las alfombras del Auditorio Nacional de Música; algunas salas del Museo del Prado; nuevas vidrieras para la catedral de Cuenca, su tierra. Realizó varias escenografías para la escena: entre otras, la de El poeta, de Moreno Torroba, el intento –auspiciado por Plácido Domingo– de una nueva ópera española. Etcétera.

En sus comienzos, le situaron dentro del grupo de pintores que consolidaron la abstracción en España. Era amigo de Sempere, Saura, Mompó, Gerardo Rueda, Guerrero, Julio López…

En 1960, en Venecia, conoció a Fernando Zóbel, un personaje absolutamente excepcional: pintor de sutiles veladuras, profesor de caligrafía oriental en Harvard… Por influencia del conquense Torner, Zóbel llevó a Cuenca su gran colección artística: nació así el Museo de Arte Abstracto, situado en las Casas Colgadas de Cuenca: un museo único entonces en España, que causaba asombro en el mundo. Recuerdo muy bien una vez que vino a España un señor llamado David Rockefeller y pidió que le organizaran dos visitas: al Museo del Prado y al Museo de Cuenca.

Cuando la Fundación Juan March abrió su nuevo edificio en Madrid, en la calle Castelló, su director, José Luis Yuste, tuvo el acierto de elegir a Gustavo Torner como asesor artístico y montador de sus exposiciones. Gracias a él, en gran medida, pudieron verse entonces en Madrid algunas muestras que supusieron una enorme novedad: Picasso, Matisse, Rothko, Bacon, Motherwell…

Como director de Actividades Culturales de la Fundación, trabajé yo con Gustavo en aquellos años. Personalmente, él era sencillo, nada pedante, pero poseía una cultura muy superior a la de muchos de sus amigos y colegas. Le gustaba charlar y discutir sobre todos los temas culturales, descubrir nuevos horizontes artísticos. En sus juicios estéticos, era infalible, exigentísimo. Si torcía un poco el gesto y le brillaban los ojillos, era de temer cómo iba a desnudar falsos ídolos…

Tenía un principio absoluto: la excelencia, no contentarse con medianías, exigir el máximo, en lo que había que exponer y en cómo había que mostrarlo. No siempre era fácil llevar a la práctica ese nivel, a veces chocábamos, amistosamente, pero yo sabía bien que no le faltaban razones (a mí, tampoco)…

Recuerdo muchísimas anécdotas suyas. La Fundación Juan March tenía gran empeño en organizar una gran exposición de Picasso, la primera que iba a tener lugar en Madrid. Con mucho esfuerzo y gracias a las amistades de la familia March, logramos reunir unos setenta u ochenta cuadros, un logro notable. Gustavo opinó que sólo había espacio para exponer bien la mitad (que, por otro lado, eran los que valían la pena de verdad, según él). Hubo que llegar a un amistoso término medio…. Más duro todavía fue con una muestra muy atractiva de Chagall: Gustavo decidió que no tenía categoría para exhibirla en Madrid…

Una más. Fuimos a Nueva York, para hablar con Motherwell, Torner, Andrés González y yo. A los tres nos encantaba pasear por las avenidas. Nos decía Gustavo: «Es como caminar por el centro de Roma, en la época de Augusto». En el Metropolitan, entramos en una gran sala, con bastantes cuadros de Rembrandt: para un españolito, algo verdaderamente apabullante. Sin embargo, Gustavo torció el gesto y nos dijo: «Los extraordinarios de verdad son sólo cinco». Yo estallé: «¡Gustavo, por los clavos de Cristo!» Me indicó entonces los Rembrandts que él juzgaba obras maestras; los comparé con los otros –magníficos, también, por supuesto– y tuve que reconocer que él tenía razón. Así era Gustavo.

Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1993, con un discurso sobre El arte, víctima de sus teorías y de su historia. Siempre original, defendió Torner que el arte, como tal, no existe, es una abstracción: lo que existen son obras de arte concretas, que forman parte de ámbitos muy variados: además de los más clásicos, mencionó también la cerámica china, los jardines japoneses, la decoración, el cine, la fotografía…

Esas obras tan variadas, a lo largo de cincuenta siglos, intentan todas decir lo mismo: comunican y revelan algo; pueden producir el éxtasis; nos alejan de la animalidad, nos hacen de verdad seres humanos; son la base de la excelsitud.

En su contestación, Antonio Bonet Correa señaló el carácter castellano, sin oropeles inútiles, de las obras de Gustavo; a pesar de haber renunciado a lo figurativo, lo comparó con Zurbarán y Sánchez Cotán.

Recuerdo ahora a Gustavo Torner en su casa de Cuenca, muy cerca del Museo, con unas vistas increíbles sobre la hoz; llena, por supuesto, de cuadros, grabados, dibujos, preciosos libros de arte… Conociendo mi pasión por la música, Fernando Zóbel me había dicho que, mientras pintaba, le gustaba escuchar música de flauta de Vivaldi. Le pregunté a Gustavo: él me dijo que estaba entonces fascinado por la música de cámara de Stravinski.

Con todas sus singularidades y sus talentos, Torner ha jugado un papel muy importante en el arte español contemporáneo. Su criterio permanente fue la exigencia; su constante búsqueda, las obras bellas. Antonio Bonet calificó su obra de «música callada», como las de San Juan de la Cruz y de Mompou.

No es raro que Gustavo concluyera su discurso académico citando a San Juan: «voló tan alto, tan alto, que a la caza le dio alcance». A esa fuente celestial de belleza aspiró siempre Gustavo Torner.

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