María Dolores de Solís Casillas, Dylor
Dylor (1939-2026)
Gran defensora de las costumbres y tradiciones del campo
Gran defensora de las costumbres y tradiciones del campo, de su gastronomía y de todo lo que significa a lo que hoy llamamos el mundo rural
María Dolores de Solís Casillas
Señora del campo
Era condesa viuda de Trespalacios y ha sido una de las últimas damas del campo extremeño donde se crió y del que nunca se desprendió. Su afición al campo y a la caza, su sólida fe y sus hijos, familia y amigos, fueron sin duda el motor de su vida
Amanece soleado en la Solana de las Corchuelas. Hace frío, pero el Sol luce radiante como hacía meses que no veíamos. Luce el sol, pero hay un silencio en la sierra que abruma. Un silencio seco, un silencio que solo se ve interrumpido, muy de vez en cuando, por el 'senseo' de un veterano macho de perdiz, apostado en lo alto de un peñón de la solana. El gruñido de los cochinos inquietos volcando a la umbría o el ladrido de alguna vieja cierva…
Nos ha dejado Dylor. Nos ha dejado esa dulce sonrisa que nunca faltaba en una armada…
Dylor, María Dolores de Solís Casillas, condesa viuda de Trespalacios, ha sido una de las últimas damas del campo extremeño donde se crio y del que nunca se desprendió. Su afición al campo y a la caza, su sólida fe y sus hijos, familia y amigos, fueron sin duda el motor de su vida.
No solo su afición a la caza fue admirable. Su austeridad y sencillez, su respeto y educación con el campo y sus gentes fue ejemplar.
Gran defensora de las costumbres y tradiciones del campo, de su gastronomía y de todo lo que significa a lo que hoy llamamos el mundo rural.
Como cazadora, no es fácil de describir. Apasionada de sus perros, disfrutaba igual de sus propios lances como del de los compañeros, celebraba cualquier gran trofeo con la misma intensidad que si fuera suyo, ni en los días duros de campo, ante el frío, la lluvia y el viento se quejó o demostró debilidad y todo ello siempre con su inconfundible sonrisa y tan coquetamente vestida con sus pañuelos y sombrero.
Con más de ochenta y cinco años, no perdonó, salvo que hubiera montería, en los fríos meses de enero y febrero, un día de perdigón y como supiera que algún viejo cochino entraba en algún comedero o baña, allí se apostaba hasta conseguir abatirlo.
Pero no solo lo hizo por las sierras y dehesas de Extremadura, monteó por los Montes de Toledo, Sierra Morena, Gredos, la Sierra de la Culebra y un sinfín de lugares y parajes de la geografía española.
Sin duda Dylor nos deja un recuerdo imborrable a todos los que la conocimos.
No habrá hoy ninguna solana, umbría, cuerda, sopié o rivero que no haya guardado silencio en memoria de ella. Cuantas veces la vieron disfrutar y posiblemente hasta escucharon sus plegarias, rezos y oraciones por todos nosotros…
Pero hoy nos deja con la tranquilidad de saber que estará con todos sus seres queridos y especialmente con su hermana Miti con la que tanto compartió esa afición al campo y a la caza. Todavía resuenan las carcajadas de ambas por algún collado de nuestras sierras.
Sin duda hoy a Dylor le ha tocado la armada del Cielo, donde estará apostada velando por todos.