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Ali Jamenei, en una imagen del año 2009

Ali Jamenei, en una imagen del año 2009EFE

Ayatolá Ali Jamenei (1939-2026)

Tirano siempre, pragmático en ocasiones

Durante 36 años rigió con mano de hierro los destinos de Irán, largo mandato apenas matizado por algunas ligeras concesiones en el plano interno y en el externo

Dos años después de su regreso a Irán junto al Ayatolá Jomeini a raíz del triunfo de la Revolución islámica, una bomba oculta en una grabadora explotó en la cara de Ali Jamenei mientras impartía un sermón, dejándole el brazo derecho paralizado. En una fotografía tomada en su cama de hospital, Jamenei asoma tras sus gruesas gafas, con el brazo en cabestrillo, con una leve sonrisa oculta por su frondoso bigote y barba. Su vida pública podía haber terminado en ese momento.

Ali Jamenei
Nació en Mashad el 7 de abrió de 1939 y sucumbió como consecuencia de un bombardeo el 28 de febrero de 2026 en Teherán

Ali Jamenei

Guía Supremo de la Revolución Islámica

Formado en Qom por Jomeini, le siguió en sus últimos años de exilio, regresando con él en 1979 tras el triunfo de la Revolución islámica. Fue viceministro de Defensa y resultó elegido presidente de la República de Irán en 1981. En 1989 fue designado Guía Supremo de la Revolución Islámica, cargo que desempeñó hasta su muerte

Pero no: tres meses después era elegido presidente de la República de Irán, en sustitución del asesinado Mohamed Alí Rayaí. Un golpe de suerte que Jamenei supo aprovechar respetando una regla muy sencilla: nada de llevar la contraria a Jomeini –a diferencia de otros clérigos como Ali Montazeri–, al que decidió seguir sin reservas desde que le tuvo como profesor en Qom, la ciudad sagrada del islam chií. El seguimiento ciego lo demostró, por ejemplo, oponiéndose sistemáticamente a un alto el fuego en la guerra contra Irak (1980-1988) hasta que el carismático Guía de la Revolución islámica cambiase de opinión.

Este y otros antecedentes facilitaron que Jamenei, pese a su falta de autoridad teológica, sucediese a Jomeini en 1989, siendo designado Guía Supremo por la Asamblea de Expertos, un órgano compuesto por 88 clérigos, el único habilitado para destituirlo. No fue necesario. Según la Constitución, Jamenei ostentaba un poder casi absoluto: controlaba el ejército, el poder judicial, la televisión, la Guardia Revolucionaria —y, por ende, el programa nuclear heredado del Sha—, así como las milicias Basij, que, al igual que la Guardia, son responsables de la defensa del régimen. Y rodeado por un ejército de varios cientos de asesores, a su vez supervisado por media docena de organismos reguladores.

Un primus inter pares, pues, que manejó a su guisa el complejo entramado institucional . El hombre del turbante negro de los Sayyid –supuestamente descendientes del Profeta–, es el árbitro supremo entre las facciones rivales en la cúpula del Estado, el defensor de un consenso mínimo para salvar un régimen que ha sido cuestionado regularmente en las calles durante más de quince años. Jamenei era plenamente consciente de esta disidencia gracias a una vasta red de intermediarios en todo el país: la todopoderosa Guardia Revolucionaria y la milicia Basij, por supuesto, pero también su representante en cada provincia, que dirige la oración del viernes y transmite los mensajes de Guía.

El primero en toparse contra el «sistema Jamenei» fue Mohamed Jatamí. Elegido presidente por medio de una victoria aplastante en 1997, este reformista empezó un programa de distensión con Occidente a nivel y de liberalización política, económica y social a nivel nacional. En términos más generales, buscó establecer una democracia clerical, en la que los mulás desempeñaran un papel destacado, pero no decisivo, en lugar de una teocracia estrictamente controlada.

Esta «osadía» entredicho el poder absoluto de Jamenei. El Guía Supremo toleró algunas reformas sociales, pero los exponentes de línea dura del gobierno bloquearon la mayor parte del programa de Jatamí, incluyendo la legislación para otorgarle al presidente el control del poder judicial y limitar los poderes del Consejo de Guardianes. Jamenei, cínicamente, fingió mantenerse al margen de la controversia. Jatamí logró un segundo mandato en 2001, pero el Consejo de Guardianes impidió que miles de reformistas se presentaran a las elecciones parlamentarias de 2004, y su presidencia terminó en medio de una desilusión generalizada al año siguiente.

Su sucesor, Mahmud Ahmadineyad, el alcalde ultraconservador de Teherán, fue elegido personalmente por Jamenei. Aunque Ahmadineyad –que contaba igualmente con el apoyo de Mojtaba, el influyente hijo de Jamenei–, era prácticamente desconocido fuera de la capital, ganó la segunda vuelta electoral contra Akbar Hashemi Rafsanyani, expresidente y padre fundador de la República Islámica, con un sorprendente 62 % de los votos. En su investidura, Ahmadineyad besó las manos de Jamenei en un gesto de lealtad.

La desmesura verbal y política del nuevo presidente hicieron que Jamenei pudiera proyectar la imagen de una figurad de consenso. La realidad era bien distinta: la fraudulenta reelección de Ahmadineyad en 2009 frente al reformista Musaví desencadenó las mayores protestas que Irán había experimentado desde la caída del Sha, y durante unos días pareció que Jamenei y su régimen estaban a punto de caer. Sin embargo, el líder supremo dictaminó que la votación era válida. Acusó a Gran Bretaña de incitar las protestas, arrestó a los líderes de la oposición y clausuró los medios de comunicación independientes, mientras sus fuerzas de seguridad reprimieron brutalmente a los manifestantes. Más de 100 personas murieron, miles fueron encarceladas y torturadas, y muchas más fueron obligadas a exiliarse.

El llamado Movimiento Verde se desvaneció, pero Jamenei pagó un precio considerable. Ya no era visto como un árbitro benigno e imparcial, ajeno a la contienda política, sino como un autócrata despiadado cuya supervivencia en el cargo dependía no de su autoridad espiritual, sino de la represión.

Más pragmático se mostró el Guía Supremo en materia de política exterior. Nadie le puede negar su éxito en haber hecho de Irán la potencia de referencia en Oriente Próximo, consolidando posiciones en Siria –hasta la caída de Asad en 2024– y en el Líbano a través de Hizbulá, creando otras en Yemen y manteniendo una retórica violentamente hostil a Israel. En lo tocante al programa nuclear, potenció su desarrollo al tiempo que, con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca.

En respuesta a la primera misiva del presidente norteamericano, Jamenei exigió que Estados Unidos levantara las sanciones internacionales contra Irán, descongelara los activos iraníes y redujera su apoyo a Israel para demostrar sus buenas intenciones. La iniciativa de Obama fracasó ante la intransigencia del Guía Supremo.

Sin embargo, el régimen de sanciones, diseñado para detener el programa nuclear iraní, estaba paralizando la economía iraní. Durante años, Jamenei había hecho concesiones ocasionales mientras seguía buscando el santo grial de un arsenal nuclear. Pero en 2015, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EE.UU., Reino Unido, Francia, China y Rusia), además de la Unión Europea, finalmente llegaron a un acuerdo para levantar las sanciones a cambio de que Irán redujera en gran medida su programa nuclear. La economía iraní se recuperó brevemente y la población creyó entrever un futuro mejor.

Pero Teherán continuó apoyando al régimen asesino del presidente Asad en Siria, a Hezbolá en el Líbano, a varias milicias en Irak y al movimiento palestino Hamás para crear lo que se ha denominado la «media luna chií». En 2018, el sucesor de Obama, Donald Trump abandonó unilateralmente lo que calificó de «acuerdo horrible y unilateral» y reimpuso severas sanciones económicas a Irán. Las relaciones se deterioraron aún más en 2020 cuando Trump aprobó el asesinato de Qasem Soleimani, comandante de la fuerza de élite Quds de Irán, mediante un ataque con drones contra su convoy cerca del aeropuerto de Bagdad, Irak. Soleimani era un amigo cercano y aliado de Jamenei, y supuestamente el segundo hombre más poderoso de Irán. El Guía Supremo lloró en su funeral.

En cierto sentido, la línea dura de Trump funcionó. La renovación de las sanciones causó grandes dificultades en Irán. También lo hizo la pandemia de Covi-19, que Jamenei atribuyó a un arma biológica estadounidense e inicialmente ignoró. A partir de 2019, las protestas masivas contra el régimen se hicieron cada vez más comunes y, por lo general, fueron reprimidas por la fuerza.

Algunas de las más graves estallaron en 2022 después de que una joven llamada Mahsa Amini fuera arrestada por la policía moral en Teherán por no cubrirse la cabeza adecuadamente y falleciera bajo custodia. Lideradas por mujeres, las protestas subsiguientes no tuvieron precedentes por su alcance geográfico y la diversidad demográfica de los manifestantes. Las últimas protestas masivas del régimen de Jamenei, que comenzaron en diciembre de 2025, desembocaron en una represión bajo un apagón de internet que dejó aproximadamente 16.500 civiles muertos. La suya le llegó en la mañana del 28 de febrero, como consecuencia de un bombardeo de misiles de Estados Unidos e Israel. Se puede decir que lo buscó.

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