23 de mayo de 2022

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La vida devaluada

El crecimiento del número de suicidios, la consideración del aborto como un derecho y su aceptación social, la legalización de la eutanasia, entre otros hechos, proclaman la enfermedad moral y mortal de una sociedad

Hay datos terribles. Este es uno de ellos. Según el Observatorio del Suicidio en España y el Instituto Carlos III, en el año 2020 murieron en España 84 personas por Covid y 314 por suicidio (hasta 30 años), 146 por Covid y 411 por suicidio (entre 30 y 39 años), y 346 por Covid y 754 por suicidio (entre 40 y 49 años). El suicidio mata mucho más que la pandemia. Pero no se trata meramente de comparar cifras. Naturalmente, los motivos que conducen al suicidio pueden ser variados, pero en todos ellos aparece el sufrimiento y la pérdida del sentido de la vida. El suicida prefiere morir a vivir. Tal vez por eso Albert Camus afirmó que el único problema filosófico serio es el del suicidio, la decisión sobre el valor de la vida.
La actitud hacia la vida viene a ser como un termómetro moral. El crecimiento del número de suicidios, la consideración del aborto como un derecho y su aceptación social, la legalización de la eutanasia, entre otros hechos, proclaman la enfermedad moral y mortal de una sociedad. Estamos viviendo, en los últimos años, un declive de la protección jurídica de la vida humana. El aborto pasa de ser un delito a ser un derecho. El asesinato, en ciertas circunstancias, se convierte en un derecho. Ya existe un derecho a morir y un consiguiente deber de matar. La autonomía de la voluntad, inexistente en el caso del aborto, no puede justificar la eliminación de una vida.
Cabe suponer que el suicida, al darse la muerte, no haga consideraciones filosóficas, morales o sociales. Simplemente, está desesperado. Pero también cabe suponer que la devaluación de la vida no pueda contribuir a la reducción de las pulsiones suicidas, sino, por el contrario, a aumentarlas. Si la eutanasia es un derecho, ¿qué puede haber de reprobable en el suicidio, solitario o asistido? ¿Qué queda del derecho a la vida? ¿Qué queda del deber de conservar la propia vida y la ajena? ¿Sigue vigente el precepto «no matarás»? La vida ya no cotiza en la «Bolsa» moral. Si hay, aunque sea sólo en algunos casos, un deber de matar, todo está permitido.
No obstante, algo debe de tener que ver la mala conciencia en el ocultamiento de los datos sobre el suicidio. Acaso aparecen, muy discretamente, en las páginas de Sociedad de algún diario, o en algún comentario en radio y televisión, o en alguna red social. Pero nada que ver con las informaciones sobre la pandemia, las erupciones volcánicas o los crímenes de todo tipo (especialmente si son cometidos por varones contra mujeres). Algo parecido sucede con las cifras sobre muertes y enfermedades graves producidas por el hambre en el mundo. Acaso cuando se celebra el «día mundial» se ofrecen imágenes o comentarios, pero es muy raro que los telediarios abran habitualmente con la noticia de la cifra de fallecidos por inanición o de quienes sufren graves problemas de salud por la escasa alimentación. También se produce un notable desequilibrio entre las informaciones sobre unas guerras y otras. Creo que la mayoría de los ciudadanos no tienen ni siquiera noticia de la existencia de muchas de ellas. Cabría hablar de la existencia de una opinión pública enferma por inducción.
Si la vida humana carece de valor, ¿lo tendrán la salud, el placer, la autenticidad o la autonomía? Probablemente, el más evidente y grave síntoma de la crisis espiritual de nuestro tiempo se encuentre en el declive de la protección moral y jurídica de la vida. En definitiva, en la devaluación de la vida. 
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