28 de mayo de 2022

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La primera causa de muerte

La aceptación social del aborto y su práctica generalizada, así como las muertes producidas por el hambre, testimoniarán algún día en contra del sentido moral de esta época

Macron ha solicitado el pasado miércoles ante el Parlamento europeo incluir el aborto en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Afirmó que es necesario «actualizar esta Carta para que sea más explícita sobre la protección del medioambiente o el reconocimiento del derecho al aborto». La solicitud es descabellada porque el aborto puede ser despenalizado, pero nunca considerarse como un derecho y, menos aún, fundamental. Eliminar seres humanos no puede ser nunca un derecho. La nueva presidenta del Parlamento europeo, la conservadora maltesa Roberta Metsola, es contraria a la «interrupción voluntaria del embarazo», es decir, al aborto. En la actualidad la regulación del aborto es una prerrogativa de cada Estado. En Malta, por ejemplo, está prohibido.
Según Worldometer, el aborto ha sido la primera causa de muerte en el mundo en 2021 con una cifra de 42,6 millones de víctimas. El cáncer produjo 8,2 millones, el coronavirus, 3,5, el sida, 1,7, los accidentes de tráfico, 1,3 y el suicidio, 1. El aborto causó el 42 % de las muertes. Nada mata más que el aborto.
El eufemismo suele ser indicio de mala conciencia: interrupción voluntaria del embarazo. Como la negativa a publicar imágenes de su práctica y de sus víctimas. El embarazo entraña el comienzo de una nueva vida humana, desde la fecundación. Interrumpir un embarazo es interrumpir una vida humana, es decir, matar. Quien asfixia a una persona, interrumpe sin duda su proceso respiratorio, es decir, la mata. Un asesino en masa sería así un formidable interruptor de procesos vitales. La vida humana comienza con la fecundación. Lo demás son falacias argumentales.
Mientras se eliminan millones de vidas humanas, se prohíben las expresiones que puedan ofender a algunas minorías sociales, o mayorías, y se protege a los animales hasta el paroxismo, pretendiendo considerarlos titulares de derechos. Un perro tendría más derechos que un embrión humano. Por otra parte, ya se encontraba despenalizado en algunos casos en muchas legislaciones. Además, la mujer podría continuar con el embarazo no deseado y dar al niño en adopción, en lugar de quitarle la vida.
La aceptación social del aborto y su práctica generalizada, así como las muertes producidas por el hambre, testimoniarán algún día en contra del sentido moral de esta época. Son nuestra vergüenza. No existe una reivindicación de justicia más urgente que ésta. Los crímenes de los totalitarismos nazi y comunista fueron (y son) horribles, pero no se aceptaron socialmente con carácter general, ni se consideraron derechos. Eran sencillamente crímenes masivos.
Carece de sentido considerar que el debate sobre el aborto, como otros debates morales, por ejemplo, sobre la eutanasia, tiene una raíz y fundamento religiosos, que enfrenta a creyentes y no creyentes. Esto es falso. El rechazo del aborto, como, entre otros, del homicidio, el hurto o la tortura no es un asunto de fe. Aunque sí es cierto que la negación de Dios facilita la apertura de la puerta a la inmoralidad. Pero ningún hombre decente, sean cuales fueren sus creencias religiosas o su carencia de ellas, puede defender la licitud moral del aborto. Ni el aborto es «progresista» (lo uso, aunque no me gusta el término), ni hay nada progresista en él. No puede haber ningún progreso en la eliminación de vidas humanas indefensas, albergadas en el seno materno. Por el contrario, entraña una grave regresión moral que entraña el declive de una civilización enferma. Defender la vida es el mayor asunto moral de nuestro tiempo.
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