01 de octubre de 2022

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

Despotismo no ilustrado

Los despotismos llegaban a tener un poder absoluto, pero ejercido sobre muy pocos asuntos. Ahora padecemos gobiernos más o menos benevolentes, pero cuyo poder es inmenso

En la polémica suscitada por la reforma emprendida por el Ejecutivo para modificar los planes de estudio, creo que nadie ha planteado la posibilidad de que no se trate de una competencia que deban asumir los Gobiernos. Casi nadie discute ya el derecho del poder a intervenir en todo, y preferentemente mal. Caminamos felices hacia el Estado total, el «panestado». Educa, cura, divierte, informa, ejerce la filantropía, crea nuevos derechos, recauda, sobre todo recauda, y, de vez en cuando, gobierna. Basta contemplar la hipertrofia del BOE. Leerlo entero sería faena que echaría para atrás al mismísimo Menéndez Pelayo, disciplinado y prolífico lector.
Es un persistente error pensar que la democracia política garantiza por sí sola la libertad. La verdadera pasión democrática es la igualdad, no la libertad. La primera (se entiende la igualdad jurídica, la ausencia de privilegios de nacimiento) está asegurada; la segunda, no. Afirmaba Tocqueville que la mayoría de los partidos en Francia estiman que el Gobierno obra sin acierto, pero todos piensan que debe obrar sin cesar e intervenir en todo. Los mismos que se combaten duramente están de acuerdo en este punto. Todos conciben al gobierno como un poder único, simple, providencial y productor. La igualdad tiende al crecimiento y concentración del poder y a la tiranía de la mayoría. Muchas personas se acomodan a un compromiso entre el despotismo y la soberanía del pueblo.
Ningún Gobierno del pasado, salvo los totalitarios del siglo XX, ha tenido tanto poder como las democracias actuales. Ni siquiera las mayores tiranías. Los despotismos llegaban a tener un poder absoluto, pero ejercido sobre muy pocos asuntos. Ahora padecemos gobiernos más o menos benevolentes, pero cuyo poder es inmenso. La evolución política de la modernidad no ha producido un incremento de la libertad. Por no hablar de los totalitarismos que son frutos perversos de la modernidad. Las monarquías absolutas eliminaron el poder de la nobleza y del clero, y destruyeron la autonomía de las comunidades y de los cuerpos sociales intermedios. Quedaba un inmenso poder real y una muchedumbre de hombres tan iguales como indefensos. La Revolución sólo cambió la naturaleza del amo, no suprimió su existencia. La «libertad de los modernos» de Benjamin Constant parece que ha perdido buena parte del aprecio que suscitaba. Si la libertad de los antiguos consistía en el ejercicio de la ciudadanía, la de los modernos consiste en la independencia y la ausencia de trabas. Hoy muchos creen que la libertad de los antiguos garantiza la de los modernos. Ambas han de ser apreciadas, pero la primera está mucho más asegurada que la segunda.
Existen muchos asuntos en los que no es bueno que los gobiernos intervengan. Para empezar todos aquellos que requieren una competencia especial que sólo los expertos en ellas tienen. Sería una ingenuidad argumentar que los gobiernos ya consultan a los expertos en muchas cuestiones, pues más bien consultan a sus expertos. Por ejemplo, John Stuart Mill pensaba que la función de los gobiernos en la educación consiste en garantizar el ejercicio del derecho de todos a ella, pero no en determinar su contenido. Ni la verdad, ni la bondad, ni la belleza dependen del sufragio universal. Un hospital puede ser gestionado democráticamente, pero no se puede decidir democráticamente el diagnóstico de una enfermedad o su tratamiento. Hay ámbitos, y no pocos ni irrelevantes, de la vida social en los que la democracia es absolutamente inadecuada.
Al parecer, muchos ciudadanos aceptan con entusiasmo esta especie de despotismo democrático no ilustrado hacia el que marchamos y en el que la libertad se marchita. Mientras tanto, los nuevos déspotas trabajan para que los ciudadanos sean, al menos, tan poco ilustrados como ellos. Acaso alguien dirá que todo esto es demasiado liberal, pero, por mi parte, creo que nuestra realidad es demasiado despótica.
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