28 de noviembre de 2022

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La guerra injusta

Rusia tiene sus «motivos», pero un motivo no es por sí solo una causa justa. Existe una analogía (muy probablemente más de una) con la expansión nazi

Hay guerras legítimas o justas e ilegítimas o injustas. La legitimidad, como en el caso del poder, puede ser de origen y de ejercicio. Para que una guerra sea justa ha de reunir ambas legitimidades. La legitimidad de origen puede consistir en la legítima defensa o en la necesidad de impedir crímenes graves. La legitimidad de ejercicio se pierde cuando se emplean procedimientos abominables y contrarios a la legalidad internacional.
Si esto es así, la guerra emprendida por Rusia contra Ucrania carece de las dos legitimidades. La de origen porque no existe la legítima defensa ya que no ha habido un ataque previo por parte de Ucrania, ni persigue impedir crímenes que no se han producido. Y la de ejercicio porque viola la legislación internacional, ha atacado objetivos civiles y ha puesto en grave riesgo a millones de personas con el ataque a una central nuclear. Es claro que Rusia no ha apelado a la ONU. Se trata de una agresión injusta que persigue la anexión de Ucrania, como antes se produjo la de Crimea y Georgia.
Rusia tiene sus «motivos», pero un motivo no es por sí solo una causa justa. Existe una analogía (muy probablemente más de una) con la expansión nazi. Como en el caso de la Alemania humillada por la comunidad internacional después de la primera guerra mundial, el nacionalismo ruso vive como un agravio humillante el final de la guerra fría y la caída del imperio soviético. Millones de ciudadanos vivieron con alivio el final del totalitarismo comunista, pero muchos de ellos pudieron lamentar el final de la influencia de Rusia en el mundo y el incremento de los socios de la OTAN entre países vecinos. Esta parece ser la cuestión. La ocasión la brinda una Europa invertebrada, unos Estados Unidos a los que importa mucho más la política en el Pacífico y la amenaza china que la independencia de Ucrania, y la certeza de la que la OTAN no iba a enviar tropas. A todo esto, cabe añadir la existencia en Rusia de un régimen político nacionalista y antidemocrático que no tiene que rendir cuentas ante la opinión pública, sino que, por el contrario, se dedica a reducirla coactivamente al silencio. No es una guerra defensiva sino una invasión nacionalista. Si Rusia tuviera un régimen democrático, esta guerra no se habría producido. No ha habido, salvo error por mi parte, ninguna guerra que haya enfrentado a dos naciones democráticas.
En principio, parece lo normal que Rusia gane. Las fuerzas respectivas son incomparables, aunque Ucrania reciba armamento occidental. Pero el agresor tiene algunas dificultades que pueden resultar decisivas. Por un lado, la operación militar no ha sido tan fulgurante como pensaron y el paso del tiempo puede operar en su contra. Por otro, ha perdido claramente la guerra de la opinión. El apoyo mundial a Ucrania es apabullante. Además, la oposición al gobierno de Putin puede crecer. En este caso, la derrota rusa sería probable.
La cuestión decisiva, y muy difícil, es determinar si la OTAN debe o no enviar tropas a Ucrania. Pare claro que debe impedir la anexión violenta. Lo dudoso es si para cumplir con este deber puede abrir el paso a una terrible guerra destructiva. Lo cierto es que la disuasión no ha funcionado. Estamos ante la situación más difícil para Europa desde la Segunda Guerra Mundial. También ahora nos movemos entre la justicia, el deber, el apaciguamiento, el miedo y el deshonor. Parece que no aprendemos. Existe un riesgo muy real de una Tercera Guerra Mundial. Por otra parte, hay un «no a la guerra» lleno de extravío intelectual y de hemiplejia moral: se opone por igual a los dos bandos, como si no hubiera agresor ni agredido, culpable ni víctima. La guerra rusa es injusta; la defensa ucraniana es justa.
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