04 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Feijóo no ha estado fino

Al plantar a Mañueco en su toma de posesión está aceptando en cierto modo los prejuicios y esquemas mentales del (falso) «progresismo»

Moreno Bonilla va a adelantar las elecciones andaluzas en cualquier momento. Probablemente las ganará y seguirá gobernando, porque Andalucía se ha desperezado tras décadas de socialismo adormecedor y empieza a dar buenas noticias (véase, por ejemplo, el fenómeno que se está suscitando alrededor de la marca Málaga). Cuando en un futuro Moreno tome posesión como presidente andaluz, ¿Feijóo se va a inventar una agenda de reuniones para escaquearse y no acudir a Sevilla a la ceremonia de investidura? Evidentemente, no. Estará allí como un clavo, como debe ser, pues es lo normal y lo institucional.
La metáfora anterior refleja por sí sola que el flamante presidente del Partido Popular se ha equivocado dejando a Mañueco solo en su investidura, donde sí estaba acompañado por el presidente de Vox, el partido con el que gobernará en coalición, por Rajoy y por tres exmandatarios populares de la Comunidad. También se encontraban allí Gamarra, la secretaria general del PP, y Ayuso. La ausencia de Feijóo daba un poco el cante. Hasta el propio Mañueco, con su estilo calmo, se cuidó de sugerirlo en su discurso al dar las gracias de manera expresa al presidente de Vox por su asistencia.
Para tratar de justificar su plante, el equipo de Feijóo le programó para el martes una maratoniana jornada de reuniones en Génova, entrevistándose en un solo día con los líderes de las principales organizaciones empresariales y sindicales. Esas citas resultan convenientes, pero es evidente que se podrían haber fijado sin problema en fechas alternativas. Entonces, ¿por qué eligió Feijóo no estar en Valladolid? Todos conocemos la respuesta: por el factor Vox, como si gobernar en coalición con los verdes, acorde a lo que libremente expresaron en las urnas los castellanoleoneses, fuese un baldón que toca esconder debajo de la alfombra.
Al operar así, Feijóo incurre en el error de aceptar los esquemas mentales en relación a Vox del mal llamado «progresismo». En cierto modo da pábulo a la cantinela de los inaceptables «cordones sanitarios» que dictan personajes tan tolerantes como Sánchez, Rufián, Adriana Lastra, Junqueras, Otegi u Ortúzar. «Feijóo se ha escapado de una foto que le mancha», comentaba Yolanda Díaz sobre la fuga de Valladolid.
La realidad es que el sobado «¡vade retro!» de la izquierda contra Vox ya no funciona. El público, que piensa más de lo que a veces creen algunos de sus políticos, se da cuenta de que Vox es un partido homologable, que al final acepta las reglas de juego. De hecho se trata de una vigorosa escisión del propio PP, de donde proceden la inmensa mayoría de sus dirigentes, más rotunda en la confrontación con el imperio doctrinario del «progresismo», muy firme en la defensa de la unidad nacional, crítica con la UE, exigente en el control de la inmigración y, en general un tanto hirsuta en las formas.
Supone un sarcasmo que Sánchez, que flota agarrado al tablón de comunistas, separatistas y post-etarras, se atreva a dictar que en la democracia española Vox debe ser excluido de todo acuerdo. Y hace un poco el primo un político tan experimentado y valioso como Feijóo dejándose acomplejar por ese discurso excluyente y escapando de la investidura de Mañueco. Se puede apostar por el centro y por un discurso moderado sin necesidad de comprarle al «progresismo» su mercancía averiada.
Vox no supone ningún problema para España. Sí es un enorme problema el histérico separatismo catalán, el socio preferente de Sánchez, que ayer volvió a clamar por su República entre grandes aspavientos victimistas a costa del supuesto uso del programa Pegasus contra ellos (software que se ha utilizado en una treintena de países, entre ellos Alemania, Finlandia o el Reino Unido, sin que nadie hable por allí de partir sus estados). Resulta muy notable que los tan agraviados dirigentes separatistas que acusan al Gobierno de Sánchez de haberlos espiado no rompen con él ni por esas. Saben que un Ejecutivo de socialistas y comunistas es la mejor salvaguarda para sus intereses independentistas. Así que, por favor, no nos den más el latazo con la milonga de que el problema de España es Vox, partido que precisamente tiene entre sus divisas la defensa de la unidad de la nación. La gangrena que corroe este país es la coalición de Sánchez con comunistas y separatistas. Por lo que gestos como el de Feijóo huyendo de Valladolid llaman a confusión y en cierto modo acaban haciéndole el caldo gordo a Frankenstein. La gran liza de Madrid es mucho más complicada que la de Santiago y hay que hilar fino, como irá notando pronto el recién aterrizado, que aprenderá rápido.
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