28 de junio de 2022

El observadorFlorentino Portero

Auctoritas

La única potencia que está en condiciones de liderar el bloque occidental en esta nueva etapa ha perdido mucha de la auctoritas de la que disfrutó en otros tiempos, cuando sabía lo que quería y a qué se comprometía

Una de las líneas argumentales del discurso de Putin desde antes de la invasión de Ucrania es la afirmación de que los efectos de la globalización, supuesta fase final del proceso de establecimiento del orden liberal, han quebrado la cohesión del bloque liderado por Estados Unidos y, por consiguiente, han puesto fin al objetivo de establecer dicho orden. Así, cuando el presidente Biden declaró una guerra económica a Rusia se encontró con una respuesta displicente. Como el Kremlin lo esperaba, llevaban tiempo preparándose para ello; sabían que los europeos no podrían prescindir de su gas, luego seguirían pagando por él y doblegándose a su voluntad si fuera necesario; y, sobre todo, Estados Unidos no encontraría fuera del bloque atlántico respaldo suficiente.
En las últimas semanas el presidente Biden ha dedicado mucha atención al vínculo norteamericano con otras regiones del planeta, territorios desatendidos por la urgencia ucraniana a pesar de que los intereses de Estados Unidos los señalaran como prioritarios: Cumbre del ASEAN en Washington, viaje de Biden a estados aliados del área Indo-Pacífico, Cumbre de las Américas de nuevo en Washington. Intensa actividad y resultados esclarecedores del margen de influencia de la diplomacia estadounidense en la actualidad.
Generalizar conlleva siempre un alto riesgo. Implica la renuncia al matiz y a la profundización en la singularidad. Asumidas estas limitaciones no nos queda más remedio que realizar valoraciones de amplio espectro. A la vista de lo ocurrido en esos encuentros tenemos que reconocer que la influencia de Estados Unidos en el mundo está en fase decreciente. Los países amigos desconfían de un Estado cuyas élites están enfrentadas, que no acaba de establecer cuáles son sus intereses y que da bandazos a la hora de desarrollar su política exterior. El mensaje es sencillo: pueden tener razón, pero no es sensato embarcarse con quien no sabe lo que quiere y cambia de posición al ritmo que impone el calendario electoral. Aumenta el número de estados enemigos ante la crisis que la democracia está viviendo en la actualidad. Entre amigos desconfiados y enemigos declarados del orden liberal no cabe más que reconocer que Putin sabía de qué hablaba.
Este pasado fin de semana no sólo hubo elecciones en Andalucía. En Colombia la ciudadanía optó por un terrorista como nuevo presidente, con el declarado propósito de realizar cambios profundos en el país. En Francia un nuevo Parlamento coloca al presidente y a su partido en actitud defensiva. Atrás quedaron sus promesas incumplidas de llevar a cabo grandes reformas. Si consigue salvar los muebles de su programa centrista, incluidos sus compromisos con la Unión Europea y la Alianza Atlántica, ya se podrá dar por satisfecho. Los resultados en Colombia y Francia son otros dos varapalos para ese viejo orden.
Un nuevo mundo emerge de entre las ruinas del anterior. Por ahora sólo podemos constatar que la única potencia que está en condiciones de liderar el bloque occidental en esta nueva etapa ha perdido mucha de la auctoritas de la que disfrutó en otros tiempos, cuando sabía lo que quería y a qué se comprometía, cuando estaba en condiciones efectivas de ejercer ese liderazgo. Los dirigentes rusos confían en que esa pérdida de prestigio acabe rompiendo la cohesión de la que hacen gala los políticos europeos y estadounidenses y abra una vía negociadora que concluya en un reparto de Ucrania. Es posible que lo logren, aunque el coste que, en cualquier caso, tendrá que asumir Rusia será enorme.
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