07 de octubre de 2022

HorizonteRamón Pérez-Maura

La victoria de la vida

Algunas de las sentencias más famosas del Supremo se dieron en casos en los que se cambió de criterio. Probablemente el más conocido fue el de Brown vs. Board of Education en 1954 que acabó con la segregación racial en las escuelas que fue por el caso Plessy vs. Ferguson en 1896. Esta sentencia está a la altura de aquella

No somos pocos los que creemos que el derecho a la vida ha vivido décadas oscuras y que algún día, en una o dos generaciones, se impondrá el criterio de que hemos sido testigos de un genocidio legalizado y ampliamente aceptado, quizá incluso por una mayoría. Es el genocidio que ha representado la práctica libre del aborto. Nos sorprendería hoy saber cuántos europeos –ni hablemos de cuántos alemanes– veían el holocausto, o al menos la represión de los judíos en la Alemania nazi y países aliados, como algo que había que aceptar. Eso no se le pasa por la cabeza a ningún bien nacido en la actualidad.
Yo creo que el viernes 24 de junio de 2022, festividad de San Juan, pasará a la historia como una jornada en que se produjo un punto de inflexión en nuestra cultura. Un día en que se empezó a reconocer que no hay derecho a matar al no nacido. Porque sólo eso es lo que decidió ayer el Supremo norteamericano. Nada más, pero nada menos. En Estados Unidos, desgraciadamente, se seguirá abortando en la mayoría de los Estados porque esta sentencia no lo prohíbe. Simplemente dice que no es un derecho. Y si en un Estado se decide que allí está prohibido, bastará con buscar otro Estado en el que la vida del no nacido no esté protegida.
En este momento el derecho al aborto está efectivamente protegido en todos los estados de la costa oeste del país y en la mitad superior de la costa atlántica. Pero además hay doce estados en los que el aborto no está ni prohibido ni defendido como derecho. Lo que quiere decir que en más de la mitad del país –y con mucho, en las zonas más pobladas– sigue siendo una posibilidad sin apenas trabas. Es decir, todavía queda mucho que hacer en defensa de la vida.
Yo no quiero creer que ni siquiera una parte mínimamente relevante de las mujeres que abortan lo hagan como método anticonceptivo alternativo. Pero también creo que en los tiempos en que vivimos, las posibilidades anticonceptivas son inmensas. Y quien no se molesta en tomarlas, hoy en que están al alcance de casi cualquiera, tiene que asumir la responsabilidad del ser que es concebido y al que no se puede matar.
Yo he tenido ocasión de escuchar el dolor de conciencia de una mujer que abortó en su juventud. Una mujer que llevó un peso enorme sobre su alma hasta que pudo confesar su culpa y ser absuelta por un sacerdote facultado para esa absolución, normalmente reservada a los obispos. Sé lo que es vivir con esa losa encima porque lo he visto. Y sé lo que descansa tu conciencia cuando recibes el perdón por el inmenso mal perpetrado.
Esta sentencia llega, afortunadamente, la víspera de la manifestación convocada mañana en Madrid en defensa de la vida. Una manifestación de organizaciones altruistas que ni siquiera aspiran a ser compensadas con un voto en unos comicios. El Supremo norteamericano obviamente no tenía ni idea de esta coincidencia, pero es una bendita casualidad.
El cambio que vivimos ayer en los Estados Unidos es excepcional, pero no se puede decir que no haya precedentes de que el Supremo haya cambiado de criterio al amparo de nuevas mayorías. Normalmente hay un respeto casi absoluto a la jurisprudencia establecida. Pero hay excepciones cuando una mayoría del Supremo cree que está especialmente justificado. Y algunas de las sentencias más famosas del Supremo se dieron en casos en los que se cambió de criterio. Probablemente el más conocido fue el de Brown vs. Board of Education en 1954 con el que se acabó con la segregación racial en las escuelas que había sido avalada por el caso Plessy vs. Ferguson en 1896. Esta sentencia está a la altura de aquella.
Yo he sido muy crítico con Donald Trump por su forma de actuar en política. Pero al menos él supo crear una mayoría en el Supremo que ha dado este paso trascendental. Una decisión que ya es contestada por el presidente Biden, que se proclama católico. Pero a la que se ha llegado de la mano de un presidente, Trump, que se denomina «cristiano sin adscripción específica». Cuánto daño nos hacen a los católicos algunos que se vanaglorian de serlo sin demostrarlo.
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