13 de agosto de 2022

Perro come perroAntonio R. Naranjo

ETA le dicta a Sánchez

La memoria democrática de España la va a escribir Otegi, pero la va a firmar Sánchez, en la penúltima bellaquería de un presidente capaz ya de bailar sobre la tumba de sus propios compañeros

Ya no apuntan con la pistola, pero la soga sigue puestaIñaki Arteta

Sánchez va a sacar adelante su Ley de Memoria Democrática con Bildu, que es tanto como aprobar los estatutos del Defensor del Menor con el marido de Mónica Oltra. Es un paso más en la fraudulenta manera sanchista de atender cualquier problema: le cambia el nombre para que el suspenso sea aprobado, el parado se transforme en empleado o incluso el muerto de la pandemia desaparezca; en aplicación ampliada del viejo aforismo soviético que hizo fortuna y no se ha desvanecido del todo.
«El Gobierno hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos».
Con la memoria impone una variante nueva que pasa de la ocultación a la reescritura: el fracaso escolar y el desempleo pueden esconderse, pero con la historia hay que dar un paso más para borrar el pasado y, ahora sí, disimular el presente para que todo el mundo olvide que al presidente del Gobierno de España lo mantienen los amigos de ETA, los primos de Maduro y los colegas de Junqueras.
ETA tiene que desaparecer, o recordarse como una muchachada que hizo sufrir porque sufrió, y para eso hay que poner a las escasas víctimas de los GAL en el mismo estante que los cientos de asesinados por los compadres de Otegi, que ya son también los de Sánchez.
Entre las múltiples diferencias entre ambos crímenes, cuantitativas y cualitativas, hay dos evidentes: los responsables de los GAL fueron juzgados y media cúpula de Interior acabó condenada, con los nombres de Barrionuevo, Sancristóbal, Damborenea, Vera o Galindo en el cadalso.

Que Sánchez acepte ahora equiparar a Miguel Ángel Blanco con Lasa y Zabala, por repugnante que fuera también su asesinato; culmina su viaje a los infiernos

Los socios de ETA, cuando no ETA directamente, invisten presidentes, aprueban presupuestos y tienen al ministro del Interior de chófer personal para sus traslados a casa.
El otro matiz es también abrumador: los GAL hubieran sido legales de actuar como Thatcher actuaba contra el IRA, sin tapujos y asumiendo públicamente sus decisiones, lo que pone más el acento en el método que en las consecuencias.
Lo que ofendió de aquel episodio es la arbitrariedad, la clandestinidad y la chapuza; pero no el objetivo de luchar contra los malos, algo exigible en una democracia amenazada: no había necesidad de responder en los callejones oscuros cuando todo el mundo hubiera aplaudido con las orejas una retransmisión en directo a plena luz del día.
Que Sánchez, el mismo diputado que hace años respondió ofendido a Pablo Iglesias cuando tildó a Felipe de presidente de la cal viva, acepte ahora equiparar a Miguel Ángel Blanco con Lasa y Zabala, por repugnante que fuera también su asesinato, culmina su viaje a los infiernos.
La memoria democrática de España la va a escribir Otegi, pero la va a firmar Sánchez, en la penúltima bellaquería de un presidente capaz ya de bailar sobre la tumba de sus propios compañeros para garantizarse un rato más en la Moncloa.
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