15 de agosto de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

De mi pueblo

Mi pueblo fue durante unas horas la capital de la melancolía, los recuerdos, los ancestros, los perfiles de los que se fueron y la ilusión de los que quedan

Mis padres eran amigos de los Aguirre de varias generaciones. Cuando Don Juan volvió a España, después de cuarenta años de exilio, y eligió nuestra casa como su primer hogar en el retorno, muchos fueron los que mostraron su deseo de conocerle. Doña Esperanza Borrell, viuda de José Luis Aguirre Martos, entre ellos. Esperanza Borrell no tenía obligación de ser monárquica «estorileña», como nos decían a los partidarios y seguidores de Don Juan III que, ya lo sé, no lo fue nunca oficialmente, pero a los estorileños nos gustaba darle el tratamiento de Rey con su correspondiente ordinal. Y mis padres invitaron a cenar a Esperanza Borrell –abuela de Esperanza Aguirre–, a cenar con Don Juan. Quedó impresionada por la simpatía y naturalidad del padre de Don Juan Carlos I, y se lo reconoció a pesar de su lejanía emocional: «Señor, lo que más me ha gustado y sorprendido es su acento. Habla un español perfecto, cuando yo creía que tenía algo de acento inglés». Don Juan se contuvo. Lo del acento fue una mentira generalizada extendida durante el franquismo. «Eso lo decían para desprestigiarme. Soy un español de provincias, segoviano, porque nací en la Granja de San Ildefonso. Pero toda mi juventud la viví en Madrid, en la calle de Bailén, número 1». Referirse al Palacio Real de Madrid como «Bailén 1» fue alarde de casticismo.
Yo no nací «en provincias», como se decía. Soy madrileño. Vi la primera luz en la clínica San Francisco de Asís, y hasta que me casé, mi casa estuvo en el número 57 de la calle de Velázquez. De Salamanca a Chamberí, ya casado, me trasladé al 88 de García de Paredes, y posteriormente a la calle de Fortuny, que en Madrid se pronuncia «Fortuni», porque nos da la gana. Pero ahora soy de pueblo. Vivo en Ruiloba, un municipio de ensueño, costa y bosque, que limita con Comillas, Alfoz de Lloredo y Udías. Con ocho barrios. El de la Iglesia –la capital–, Sierra, Trasierra, Liandres, Casasola, Concha, Pando y Ruilobuca, el mío. En Ruiloba no hay comercios, y las compras se hacen en Comillas o Cabezón de la Sal, cada día que pasa más en la segunda localidad, porque en Comillas, hasta en los inviernos, a su alcaldesa le fascina multar a los coches que aparcan en el centro urbano, aunque no haya coches. Y algunos comerciantes empiezan a estar mosqueados con las dificultades que se encuentran sus clientes cuando compran en Comillas. No me refiero a los meses de verano, en los que Comillas multiplica por treinta su población. Escribo de los meses fríos, de un Comillas deshabitado, pero siempre recaudador.
Ruiloba está descrito a la perfección en el prólogo de mi libro Desde mi Valle, firmado por el gran montañés, escritor y embajador de España, Alfonso De la Serna. «Y Alfonso se ha venido a la Montaña cántabra, vecina a su País Vasco inolvidable, y se ha quedado al 'asubio' de un valle entre el monte y el mar; un valle al que un gran escritor montañés llamaba 'el Valle de los Laureles', y decía que era 'infinitamente bello, todo oloroso a azahar, a árgomas floridas y a heno segado'. Un valle que si tiene flores de azahar es porque allí maduran, como un milagro vegetal, los limones y las cidras, al lado de los laureles que dan la razón de ese nombre, tal vez algo literario pero certero». Y aquí vivo. Después de 70 años en el maravilloso y bullicioso Madrid, paso los últimos años de mi vida al lado de mi mujer y siempre esperando la visita de nuestros hijos y nietos, en el valle que eligieron los romanos para escoger las ramas de los laureles que, convertidas en coronas, imponían en las cabezas de sus héroes. Y con unos limones, como los de la vecina Novales, que en el siglo XIX se exportaban a Inglaterra y aún se consumen en las mejores tabernas de Londres, como «The Granadiers», en Belgravia, donde se sirven los mejores gin tonics del admirable y antipático Imperio.
Y me siento feliz en mi pueblo, porque ya soy tolano, hijo de Ruiloba. Y en el barrio de la Iglesia, el pasado 1 de agosto, en torno a su bolera, llegaron gentes de todos los pueblos y caseríos para llenar la plaza en una inolvidable tarde de bolos. Nada menos que en el torneo Campeones del Banco de Santander, el más importante y mejor dotado de Cantabria. Son ya 26 las ediciones, y el primero y el último se han celebrado en Ruiloba, que se convirtió durante unas horas en la capital deportiva de la tradición montañesa. Un deporte único, que de haberlo inventado los ingleses, sería internacional y olímpico, y que por ser pura y exclusivamente montañés, mucho me temo que no desea su expansión, ni su adaptación a los nuevos tiempos, recelando del inevitable futuro. Pero, aun así, los dirigentes del Santander, siguiendo la ruta marcada por los don Emilio –padre e hijo–, han optado por defender su deporte, y en los próximos años, también lo disputarán las mujeres, las campeonas.
Mi pueblo fue durante unas horas la capital de la melancolía, los recuerdos, los ancestros, los perfiles de los que se fueron y la ilusión de los que quedan. Pasar de Madrid, mi ciudad del alma, a Ruiloba, me ha convertido en un dibujo más de esta tierra maravillosa.
De cuando en cuando hay que escribir de lo de cada uno.
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