30 de enero de 2023

Pecados capitalesMayte Alcaraz

El parque de atracciones

Mientras los regímenes de Moscú y Pekín inflan el orgullo patrio, en este lado del mundo caemos rendidos ante el indigenismo y las soflamas bolivarianas, arrumbando el derecho romano, la cultura judeocristiana y la sabiduría clásica

La guerra se alarga y el general invierno se acerca con la amenaza del desabastecimiento. Todos saben ya que habrá que negociar con el sátrapa. Pero Europa sigue en su particular parque de atracciones mientras China, Rusia y las fetuas musulmanas y la dictadura talibán dominan el mundo. Las democracias liberales, con sus defectos y fallas, son las únicas en las que se respetan los derechos humanos, pero al tiempo tienen los espacios cada vez más achicados por su propia incompetencia y su nihilismo adolescente. Sin pegar un solo tiro, China y Rusia se han hecho con África y gran parte de la América hispana, Moscú invade Ucrania y domina el Ártico, y todo mientras los europeos abandonamos como ratas países como Afganistán, donde miles de occidentales se han dejado la vida por instaurar la democracia. Obama, Trump y Biden se tragaron que los talibanes se habían convertido en hermanitas de la caridad que iban a dar de comer a los pobres, impulsar la independencia laboral de las mujeres y que nunca, nunca, nunca, iban a esconder a asesinos islamistas. Según esa lógica, el vecino de Kabul Aymán az Zawahiri era la reencarnación de Santa Teresa de Calcuta.
Pero mientras recogíamos los aperos hace un año y entregábamos a unos asesinos la suerte de millones de afganos, no queríamos saber que allí, a 7.200 de kilómetros de nuestra vida de confort, también se defiende la libertad como si fuera delante de nuestras narices. Como los malos huelen la debilidad y la cobardía a distancia, Putin sabía que este era el momento para anexionarse Ucrania, cuando los opulentos europeos se peleaban por problemas del primer mundo, sin saber que la verdadera batalla la libran, silentes, callados, taimados, los dictadores cuyas opiniones públicas están dopadas de propaganda nacionalista y orgullo patriótico.
Eligieron el mejor momento: ese en el que las democracias liberales se estaban autosaboteando, debilitando sus pilares institucionales y culturales, flagelándose con el mantra de lo políticamente correcto, del pensamiento único, santificando la religión laica del tofu, del feminismo ideológico y las banderas LGTBI, diciéndole a los ciudadanos que esos nuevos credos nos colocaban en el ombligo del mundo y era mentira. Como defiende Federico Rampini, un periodista italiano que militó siempre en la izquierda, el discurso falso del progresismo se ha apoderado de las televisiones de occidente, de la mayoría de sus periódicos, de sus universidades y hasta de Hollywood. Esto es, mientras China presume de Confucio en sus universidades, en las nuestras se prescinde de Platón. Mientras los regímenes de Moscú y Pekín inflan el orgullo patrio, en este lado del mundo caemos rendidos ante el indigenismo y las soflamas bolivarianas, arrumbando el derecho romano, la cultura judeocristiana y la sabiduría clásica.
Que hay una estrategia global para acabar con Occidente lo saben hasta los chicos que forma Pilar Alegría con su bodrio educativo. Y todo esto nos pasa cuando estamos en manos de la peor clase dirigente de la historia, con líderes que se creen modelos de Armani, cuya indigencia moral y política es inabarcable, que son incapaces de elaborar un simple decreto de ahorro energético sin hacer hablar hasta a Belinda. Por no ayudar, no mandan ni las armas prometidas a los que sí nos defienden en el frente y se contentan con enviar chalecos de invierno. Eso sí, todo eso se enarbola dando paseos por La Palma, con el bronceado conseguido a base de muchas horas de piscina en La Mareta. La mejor manera de defender nuestra civilización.
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