27 de septiembre de 2022

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Miserables sin fronteras

Aceptar que ni Forn ni Trapero tuvieron responsabilidad en aquel ataque yihadista no anula que el servicio antiterrorista de Washington diera a su Gobierno una alerta que no gestionaron

Ya sabíamos que los independentistas catalanes mienten con la misma naturalidad con que dan golpes de Estado. Pero acaban de demostrar palmariamente la indecencia que se gastan, especialmente grave cuando se trata de sembrar la duda sobre la autoría del atentado terrorista que se llevó por delante hace cinco años a 16 personas en Cataluña. El homenaje a esas víctimas se vio emponzoñado con la materia mezquina que destila el nacionalismo: usar cuanto tienen a su alcance, incluida la muerte de inocentes, para crear conspiraciones paranoicas que señalen siempre a España como única responsable.
Es lo que ha hecho la imputada por corrupción Laura Borràs, que no se ha arrepentido en absoluto a pesar de sus últimas palabras, que se dedicó a enfangar un acto solidario, vitoreada por unos tontos útiles con pancartas que la llamaban «presidenta, presidenta». Pero no solo ella: la desvergüenza ha llegado a la cima cuando el exconseller de Interior Joaquim Forn, condenado a diez años y medio por sedición por el Tribunal Supremo e indultado por Pedro Sánchez, acusa al CNI y a Soraya Sáenz de Santamaría de ocultarles información previa de los posibles atentados. Vamos, algo así como salpicar al Gobierno por aquella atrocidad. Ni palabra de ningún ministro defendiendo al Estado ante esas infamias, porque todas las dedican a atacar a Núñez Feijóo a cuenta de una filtración de Bolaños.
Es difícil llegar a mayor grado de mezquindad que el tal Forn. El 25 de mayo de 2017 los servicios de inteligencia norteamericanos avisaron de que el autodenominado Estado Islámico estaba planeando ataques terroristas contra emplazamientos turísticos muy concurridos en Barcelona, específicamente en Las Ramblas. Ese mismo día los servicios de inteligencia españoles le trasladaron la advertencia a los Mossos, cuerpo encargado de la seguridad ciudadana en Cataluña, a las órdenes de Josep Lluís Trapero, bien conocido por su implicación en el golpe de octubre de 2017, y de vacaciones el día del atentado. Pues bien, el condenado y Trapero negaron durante semanas haber recibido el aviso del CNI y, solo cuando El Periódico de Cataluña publicó la información contrastada, tuvieron que reconocer que habían mentido.
Lo negaron reiteradamente usando el argumento de que los Mossos no tenían relación con los servicios de inteligencia. Falso también. El propio Gobierno norteamericano confirmó por escrito cuatro días después del acto terrorista que él mismo hizo llegar la advertencia al Gobierno catalán, además de hacérselo saber al Ejecutivo español. El tal Forn, abonado a las trolas que le sirvieron para declarar junto a sus compinches la Republiqueta catalana hace cinco años, embarra el terreno con la teoría de la conspiración, pese a que su propia rectificación le desmiente.
Es justo aceptar que probablemente nada se puede hacer cuando una manada de bestias decide coger una furgoneta y llevarse por delante a cuantos ciudadanos inocentes encuentra a su paso. Pero aceptar que ni Forn ni Trapero tuvieron responsabilidad en aquel ataque yihadista no anula que el servicio antiterrorista de Washington diera a su Gobierno una alerta que no gestionaron. Luego existe la decencia política, que es incompatible con las acusaciones veladas de un delincuente como Forn, con unos imborrables antecedentes penales que nada tienen que ver con ese atentado, pero sí con un golpe de Estado que Pedro Sánchez ha blanqueado con la misma fruición con que enjalbega a los herederos de ETA.
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