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Agua de timónCarmen Martínez Castro

Fenómenos paranormales

Hace tiempo que el independentismo abandonó cualquier aspiración de racionalidad para vivir en la pura superstición

Se declaró víctima del terrorismo con el mismo desparpajo con podría haberse declarado víctima del divorcio de Shakira y Piqué, del empate del Barça con el Rayo Vallecano o del robo del reloj de Lewandowski. Ninguna caricatura del nacionalismo, por más disparatada o irreverente que pudiera imaginarse, ha llegado jamás al nivel marcado esta semana en Las Ramblas por el memo del polo malva. Se declaró víctima del terrorismo por catalán como pudo haberse declarado Napoleón o al menos descendiente del emperador francés, toda vez que el Institut de Nova Història ya nos explicó en su día que el corso no era corso sino mallorquín.

Hace tiempo que el independentismo abandonó cualquier aspiración de racionalidad para vivir en la pura superstición. Está el misterio del millar de heridos registrados el 1 de octubre que, como las 11.000 vírgenes de Santa Úrsula, nadie llegó a ver. Cuentan las crónicas que entre ese numeroso grupo había quien no salió de su casa pero se declaró afectado por las cargas policiales que vio en la tele, al igual que la familia de Poltergeist. Gracias al independentismo hemos conocido el prodigioso don de las fracturas vagabundas: las supuestas lesiones causadas por la policía viajaban de la mano derecha a la mano izquierda de la misma activista en función del día en que esta las denunciaba. También hemos asistido al fenómeno de la exiliada ficticia, que huyó despavorida de España aun cuando nadie la perseguía. Las fuerzas de la represión, como la República Catalana, solo operaban en su imaginación; cuando se ha hartado de comer chocolate en Suiza se ha vuelto a España para seguir una vida tan anodina como la que seguía en su exilio imaginario.

Empezaron inventándose un expolio fiscal imaginario y siguen en esa incansable huida de la realidad: la república imaginaria, la represión imaginaria y ahora la víctima del terrorismo imaginario. Todo groseramente irreal salvo la recalcitrante intolerancia con que adornan todas esas entelequias.

Cinco años después de los atentados de 2017 y de aquella bochornosa manifestación en Barcelona que empezó a enseñar al mundo la auténtica naturaleza de los independentistas, estos han vuelto a dar testimonio del fanatismo que han convertido en marca de la casa. Si hace cinco años causaron el escándalo general al convertir una manifestación de duelo por 17 asesinados en un acto de acoso político a las autoridades, en este aniversario han añadido un punto de miseria al hostigar directamente a las víctimas durante homenaje.

El sandio del polo malva que lideraba la protesta se declara víctima del terrorismo por su pura voluntad, cuando las víctimas de verdad lo son muy a su pesar; nadie escoge perder la vida, la salud o a un ser querido por el fanatismo criminal. Pero él ha decidido ser víctima para apropiarse de la dignidad y del duelo real de quienes han sufrido el golpe del terrorismo. Él se siente tan víctima por ser catalán, que las víctimas reales del terrorismo le estorban, como le estorba la realidad. Por eso se fue hasta Las Ramblas a abuchear a ambas.

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