01 de octubre de 2022

Agua de timónCarmen Martínez Castro

La súbita conversión

Después de San Pablo no se conoce conversión más vertiginosa que la de nuestra ministra, quien solo mantiene inalterable una arrogancia que en nada se corresponde con las chapuzas constantes de su gestión

El presidente ruso Putin, con su crueldad y su desprecio a todas las convenciones que han marcado las relaciones internacionales en los últimos años, está dando un baño de realidad a unas élites políticas que en Europa llevaban demasiado tiempo instaladas en el puro voluntarismo de las buenas intenciones. De momento uno de esos milagros es que Europa haya decidido considerar energías limpias la nuclear y ¡el carbón! La lógica, en el caso del carbón, brilla por su ausencia pero al menos es un primer reconocimiento de la necesidad de adaptar el proceso de transición energética a la situación creada por la guerra de Putin.
Habrá que apuntar también entre las prodigiosas consecuencias no previstas de la maldad de Putin la súbita transformación de nuestra vicepresidenta, Teresa Ribera, en una entusiasta de las interconexiones energéticas entre España y el resto de Europa. Con la misma suficiencia con la que rechazaba hace unos meses el gasoducto entre España y Francia como un proyecto ruinoso, Ribera nos asegura ahora que la polémica instalación podría estar en funcionamiento en apenas ocho meses. Después de San Pablo no se conoce conversión más vertiginosa que la de nuestra ministra, quien solo mantiene inalterable una arrogancia que en nada se corresponde con las chapuzas constantes de su gestión.
Lo paradójico de todo este asunto es que el polémico gasoducto, el Midcat, podría estar ya en funcionamiento si la propia Teresa Ribera no hubiera liquidado el proyecto por su profundo dogmatismo. En 2014, tras la anexión rusa de Crimea, el gobierno de Rajoy vio la oportunidad conseguir el compromiso de Europa para romper el aislamiento energético de la península y ofrecer una vía alternativa de llegada del gas al conjunto de la Unión. El Midcat se justificaba como un elemento indispensable para integrar a España en el mercado europeo de la energía y dar salida a la actividad de nuestras numerosas plantas de regasificación. Para Europa suponía diversificar su abastecimiento de gas y evitar la dependencia de Moscú. Tras una cumbre en Madrid, y aún con Francia arrastrando los pies, el proyecto se incluyó entre las prioridades de la Unión y logró financiación europea.
Aquella iniciativa estratégica que, como tantas otras cosas, se fue al garete con la moción de censura, ha venido a resucitar de la mano de un socialista alemán. El canciller Olaf Scholz, que se ve obligado a buscar en el Oeste soluciones para los problemas que le llegan por el Este, bien podría suscribir con entusiasmo los argumentos que hace años predicaba Rajoy. Ha sido Scholz quien ha recuperado el viejo proyecto abandonado por la desidia y el sectarismo. La velocidad con que Teresa Ribera ha abjurado de su dogmatismo para seguir la ruta marcada hace años por el gobierno del Partido Popular, viene a demostrar la desesperación de este gobierno desbordado por la realidad. Solo cabe lamentar que no muestren la misma diligencia para imitar a Scholz también en la rebaja de impuestos.
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