25 de septiembre de 2022

El observadorFlorentino Portero

La incoherencia como política

Amenazamos a Rusia con la derrota, cuando no ayudamos a Ucrania para asegurar que tendrá que negociar la partición de su territorio. El apoyo les llega de sus vecinos, que temen ser los siguientes, y de las potencias anglosajonas

La II Guerra Mundial puso fin a la hegemonía europea y con ella perdimos otras muchas cosas. Entre otras, la sana costumbre de pensar en términos estratégicos. Como el profesor Brzezinski señaló, la vieja Europa pasó a convertirse, de hecho, en un protectorado norteamericano. Nuestros dirigentes se concentraron en resolver los problemas que nos habían llevado al suicidio, mediante dos guerras mundiales y algunas otras civiles: democracia, superación del nacionalismo, construcción de «Estados de bienestar» capaces de reconducir la «cuestión social»… La política internacional quedaba en manos de Estados Unidos, a quien podíamos criticar mientras gestionaba la Guerra Fría.
Esta carencia se ha puesto de manifiesto en nuestra relación con Rusia. En un formidable ejemplo de incoherencia mantuvimos el principio de «puertas abiertas» tanto en la Alianza Atlántica como en la Unión Europea sin comprender el efecto que tendría sobre las autoridades rusas. Si, en coherencia con dicho principio, aceptábamos la candidatura de estados que habían formado parte del espacio de influencia política de Moscú, deberíamos haber establecido un mecanismo de disuasión que bloqueara la previsible reacción rusa. En caso contrario, y en sintonía con la diplomacia rusa, tendríamos que haber dado forma a un espacio que, a manera de colchón, separara a Rusia del bloque occidental. Una opción que condenaría al espacio eslavo-magiar, con algún estado latino, a mantener unas relaciones privilegiadas con Rusia.
Finalmente, lo que hicimos fue optar por la incoherencia. Aplicamos el principio de «puertas abiertas», no establecimos ningún mecanismo disuasorio y cuando Rusia comenzó a presionar cedimos a sus exigencias, convenciendo a los dirigentes de Moscú de nuestra incoherencia, ausencia de cohesión, de visión y, sobre todo, de nuestra debilidad. Debemos a las diplomacias francesa y alemana el liderazgo en este ejercicio de incompetencia, aunque sería injusto responsabilizarles en exclusiva de lo ocurrido.
Seguimos en las mismas. Como respuesta a la invasión rusa hemos comenzado un pulso económico que está por ver si somos capaces de mantener. Hablamos de derrota total de Rusia, pero nadie quiere hablar del futuro de la península de Crimea ni de la base naval de Sebastopol. Amenazamos a Rusia con la derrota, cuando no ayudamos a Ucrania para asegurar que tendrá que negociar la partición de su territorio. El apoyo les llega de sus vecinos, que temen ser los siguientes, y de las potencias anglosajonas.
La Unión Europea reivindica su condición de actor estratégico mientras hace gala de falta de visión y de incapacidad de gestión de situaciones como la guerra de Ucrania. Un actor estratégico tiene que ser capaz de ir más allá de la economía verde, la sostenibilidad, el cambio climático… El uso de la fuerza en política internacional es la prueba mayor de madurez. Los juegos pseudo maquiavélicos de Francia y Alemania nos han llevado a la situación presente, animando sin querer a Rusia, provocando desconfianza y división en el seno de la Unión y, sobre todo, haciendo un ridículo internacional que nos acompañará mucho tiempo.
El canciller Scholz tenía razón cuando en Praga reconocía que el vínculo trasatlántico estaba en cuestión ante la evolución de la política estadounidense. Reivindicaba un salto adelante en la política europea… que será estéril si no recuperamos el sentido de la realidad y dejamos atrás comportamientos incoherentes.
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