29 de enero de 2023

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¡Quítate, Lope, que viene Almudena!

Se acumulan los ejemplos de que la ingeniería social de nuestra izquierda amenaza con construir un país tontolaba

El cinturón del gran Madrid cuenta con varias ciudades con más población que muchas capitales de provincia. Una de ellas es Parla, que ya suma 131.000 vecinos y ofrece una pirámide demográfica digna de envidia (el 25 % de la población tiene menos de 20 años). Allí acaba de perpetrarse un ejemplo más del entusiasmo con que nuestra izquierda intenta construir un país perfectamente tontolaba.
Las Escuelas Lope de Vega de Parla, que llevaban el nombre del formidable dramaturgo del Siglo de Oro desde 1928, han pasado a denominarse ahora como Centro Cultural Almudena Grandes, por decisión del alcalde socialista de la ciudad. ¡Quítate, Lope, que viene Almudena! La medida supone algo así como retirarle el nombre de una calle a Marlon Brando para dárselo a Pilar Bardem, que en paz descanse. O como equiparar a Groucho Marx con Paz Padilla.
Almudena Grandes era una novelista de mucho brío y oficio, que sin duda sabía montar una historia. También era una articulista que hacía una defensa tan desabrida de su ideario izquierdista que con frecuencia incurría en la ofensa hacia quienes no pensaban como ella. Desde luego no era una figura que suscitase el consenso apreciativo de los madrileños (comunidad y capital donde sistemáticamente gobierna la derecha). Tampoco sus cualidades literarias, que existen, resultan tan sobresalientes como para dar su nombre a relevantes estaciones de ferrocarril y edificios públicos.
Félix Lope de Vega y Carpio se murió el 27 de agosto de 1635, a las cinco y cuarto de la tarde y después de haber comulgado. El aprecio popular por su figura, que compartían la plebe y las élites, era tal que las honras fúnebres duraron nueve días y las calles de Madrid se atestaron de público al paso del cortejo. Lope había sido una figura pintoresca: niño prodigio, el «Fénix de los Ingenios», de una fecundidad literaria inhumana; el mujeriego de los mil lances galantes, el soldado que incluso participó en la Gran Armada, el literato que conoció la cárcel y el destierro; el sacerdote que abrazó los hábitos a los 52, pero nunca venció su pulsión lujuriosa; el trabajador infatigable que se decía que era capaz de completar una comedia en solo 24 horas). Lope fue un ídolo en vida, un renovador de la dramaturgia, un competente poeta y, en cierto modo, el primer escritor profesional español. Lope es, en resumen, un clásico. Pasados 387 años de su muerte se le sigue representando y leyendo.
Hablemos en serio un instante: ¿alguien se cree que dentro de 387 años merecerán un recuerdo las obras de la autora de Las edades de Lulú? Claro que no. Entonces, ¿por qué se retira el nombre del inmortal Lope a un edificio público de su tierra madrileña para dárselo a una novelista de la esforzada clase media literaria?
Pues porque Lope representa el brillo de lo mejor de la historia de España, porque es parte de nuestro gran legado, porque no sirve como símbolo para una izquierda que se avergüenza de su propio país, que se deja mangonear por los separatistas, que no valora la cultura y el idioma españoles. Una izquierda que ha abrazado como sus dogmas el revanchismo guerracivilista, el rencor envidioso hacia los que prosperan y unas nuevas seudo religiones laicas, como el cambio climático, la fascinación con la homosexualidad y una visión histérica del feminismo (que por cierto molesta a muchísimas feministas). Y todo lo que no se atenga a ese catecismo sectario, pues ya saben: es franquismo, o «caspa», o «fascismo». Incluidos Lope, Góngora, Cervantes y Quevedo, nuestros genios del Siglo de Oro, que como es sabido no les llegan ni al tacón a Almudena, Boris Izaguirre, Millás y Pilar Rahola.
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