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15 de junio de 2024

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Necrófagos

A la amnistía de Puigdemont podrán acogerse cuantos, desde el partido y el círculo personal de Sánchez, mercadearon cadáveres por papel moneda

Actualizada 01:30

Los políticos pueden robar y son impunes. Los políticos pueden dar un golpe de Estado y no pagar por ello: si triunfan, se regocijarán y aumentarán su tasa de ganancia; si fracasan, «volverán a repetirlo». Y seguirán robando. Y tantas cuantas veces se les antoje, se reirán de los ciudadanos: esos pobres diablos, sólo para los cuales el castigo penal existe. Ellos, necrófagos impunes, se alimentan de nuestra muerte.

No estamos ante un caso sólo político. Asistimos a la mayor aberración moral de la España moderna. En su epicentro, se cruzan todos los vectores de la depravación pura y simple: un coágulo de crímenes. La banda de Koldo –con el llamado «Superjefe» de Ábalos a la cabeza– roba todos los millones que salieron del pánico, al cual estuvo sometida la sociedad acosada por un virus ignoto, un virus bajo cuyo terror malvivió aquella España que veía en las mascarillas el único instrumento para salir de un trance apocalíptico. La misma ciudadanía, que vio morir a los suyos sin poder siquiera auxiliarlos, se lanzó masivamente a la compra del único instrumento que le era ofrecido para no seguir muriendo. Es inimaginable que, al fuego de ese pánico, se tejiera la mayor red de enriquecimiento –personal, sí, pero muy verosímilmente también de partido– que hemos conocido desde la transición. El dinero de los hombres y de los partidos, que hicieron de la muerte en masa fuente de opulencia propia, sella lo más abominable de nuestro presente, lo más perverso.

Los políticos corruptos que, en Cataluña, desviaron dinero durante décadas, para montar el Estado paralelo que permitiera inventar una nación «desconectada» de España, dejan de ser delincuentes a partir de la aprobación de la ley que otros presuntos delincuentes negociaron ayer en el Congreso. Nadie se engañe: es lo mismo. A la amnistía de Puigdemont –y, con él, de todos los ladrones de dinero público en Cataluña desde Pujol– podrán acogerse cuantos, desde el partido y el círculo personal de Sánchez, mercadearon cadáveres por papel moneda.

No hay una vergüenza mayor que yo recuerde: devorar muertos y, de inmediato, legalizar la antropofagia. La nueva ley de amnistía es clara: estafar al ciudadano –aun en las formas más obscenas– es, a partir de ayer, perfectamente legítimo. Como lo es el terrorismo, como lo es el golpe de Estado. Impunibles todos. Todos. Sin excepción alguna.

Muy poco le cabe hacer al ciudadano honrado. Salir a la calle mañana: gritar que todo esto es repugnante; repugnante sólo, porque no hay otro modo justo de llamar a lo que han hecho. Salir a la calle. Por supuesto. Aunque eso nada cambie. Si uno pudiera, huiría de este país de criminales de Estado, de ladrones de Estado. Para no volver. Pero uno raramente puede darse ese capricho. Somos menos que súbditos. Esclavos. A los pies de una manada de necrófagos.

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