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16 de junio de 2024

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Líderes

Es lo que tiene el hombre. Que está deseando creer en alguien más importante que él para adquirir la cómoda situación de miembro de la manada

Actualizada 01:30

España es el país de los líderes confusos y efímeros. No me refiero exclusivamente a los políticos, que son confusos pero por desgracia, más duraderos que efímeros. En los primeros años de la santa transición se estableció en Madrid una lideresa que reunía todos los meses a lo más granado de la política, el periodismo, la intelectualidad y la empresa en su pequeño apartamento del barrio de Chamartín. Se trataba de una afanosa mujer peruana, Mona Jiménez, que organizaba tertulias mientras ofrecía a los participantes y oyentes un terrorífico plato de lentejas. Curiosamente, iban todos los que eran y todos los que estaban. El bloque de apartamentos en el que se ubicaba la sede de las «Lentejas de Mona Jiménez» era de construcción liviana y ahorrativa, y más de una vez, mientras hablaba Emilio Romero, o Fernando Suárez, o Enrique Múgica o Luis Solana, se oían gemidos y expresiones de alta calentura provenientes del apartamento contiguo, separado del de Mona Jiménez por un tabique con escasa vocación aislante. Así que Emilio Romero anunciaba solemnemente que Adolfo Suárez había perdido toda su confianza, cuando sus palabras se mezclaban con los aullidos de aquella pareja ardiente y feliz del apartamento adyacente –Suárez no podrá terminar esta legislatura porque cómo me gustas, Manolo, más, más, más, si ahí, ahí, y claro está, que sin Suarez UCD desaparecerá–. Hubo que cambiar de local porque en cierta ocasión, cuando soltó su perorata Luis Solana Madariaga, experto en asuntos de Defensa, Manolo el del apartamento inmediato, que se hallaba en situación de descanso primaveral, logró que su voz atravesara el tabique de separación con esta contundente frase. –¡Solana, no diga más tonterías!–

Pero nadie que frecuentara aquellas lentejas de Mona Jiménez puede poner en duda, que al menos, en su mínima organización, era la lideresa.

En el viejo «Mayte Commodore», plaza de la República Argentina, José Luis Coll organizó una tertulia de humoristas, dibujantes y pintores. Aburridísimas. Nada más tedioso que el intento de ser gracioso durante una hora, o la exposición de calidad pictórica de unos pocos artistas que no tenían nada que decir. Coll fracasó como líder. Es muy complicado dar con la tecla en reuniones programadas. Antonio Mingote abandonó el local, acompañado por este servidor de ustedes, de muy mal café. –Qué cantidad de pelmazos se dedican a estas cosas–. Él, sin saberlo, sí era un líder. Pero eligió, por su bien, no saberlo bajo ningún concepto.

El ser humano se mueve detrás de seres inconcebibles. Reparen en el obispo que no es obispo, y que viaja a Londres para tomar en el Ritz el té de las cinco. La que ha armado. Un tipo que no engaña a nadie, porque a leguas se le adivinan todas las esquinas de su golfería, se ha convertido en un líder cismático engañando a unas monjas de clausura. Es lo que tiene el hombre. Que está deseando creer en alguien más importante que él para adquirir la cómoda situación de miembro de la manada.

¿Es un líder Sánchez? Por supuesto que lo es. Nadie puede en soledad, hacer tanto daño, decir tantas mentiras y enfrentar a los españoles con tanta facilidad. Pero Sánchez es un líder a tiempo fijo. No es Kennedy, es Sánchez. Un líder de verdad, líder de un siglo, político, militar, pintor, brillante parlamentario y magnífico escritor, Winston Churchill, nos explicó quién es Sánchez sin conocer a Sánchez. Esa capacidad para emitir una opinión con un siglo de antelación es la que define a los auténticos líderes.

«La diferencia central entre humanos y animales, es que éstos últimos nunca permitirían que el más estúpido de la manada los lidere».

Este tipo sí valía.

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