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Perro come perroAntonio R. Naranjo

La mafia de Pedro y Leire

Los dos son astillas de la misma madera y deben purgar sus males en la calle y quizá en el juzgado

El PSOE no ha anunciado «acciones legales» contra Leire Díez o Díaz, que da igual, la siciliana a las órdenes del navarro Cerdán, lo que en sí mismo es una confesión de culpa. O sea que una sujeta con jeta va a una reunión y ofrece a un jeta el apoyo de la Justicia, a cambio de asesinar civilmente a un jefe de la UCO, y la respuesta socialista es demandar al periódico que publica los audios demostrativos del bochorno.

Y ni siquiera pone la demanda: la anuncia, que es el «sujétame el cubata» y el «agárrame que lo mato» de los cobardes, de boca gaseosa y puños de cristal. El chusco episodio de la peluquera Leire, dicho sin menoscabo de las estilistas capilares de España, es la metáfora del sanchismo: una suerte de arrogancia cobarde, de abuso a oscuras, de chulería blandengue que, a la hora de la verdad, se desmorona achantada por los hechos.

La historia de España alberga numerosos episodios brillantes y algunos nefandos, pero ninguno como el actual: un macarra con ínfulas, perdedor y pendenciero, que intenta blanquear todos sus excesos sin ninguna explicación, pero con una gran chequera que convierte en meretrices a todos sus apoyos interesados. Pero ni entre todos, que son muchos, consiguen disipar el olor a vertedero al borde de la clausura que tiene el Régimen.

Sánchez desafió a los jueces y tiene por respuesta una huelga. Lo hizo con la prensa y tiene cada día un desayuno informativo astringente. Y lo ha intentado repetir con la Guardia Civil, con el resultado conocido: al simple trabajo de hacer lo correcto, la UCO le añade seguramente una motivación personal, derivada del estímulo caciquil de haberle activado esa zona incierta ubicada entre el ombligo y el coxis.

El presidente del Gobierno, con complejo de impostor desde la noche de los tiempos, tendrá un final tan abrupto como su reinado, un compendio de todas las trampas e inmoralidades que puede cometer un cargo público, agravadas por la circunstancia de ser el primero de ellos y haberse comportado a la altura del último.

El episodio siciliano de la tal Leire, barriobajera de Palermo, remata la sensación de fin de un ciclo que nunca debió comenzar y ofrece una oportunidad tibia a la regeneración.

Porque el erial moral de Sánchez será inmenso, pero también la identificación de los males que ha provocado y las tareas indispensables de resurrección: bastará con que el próximo presidente aprenda que no se puede ir de Calígula, que no se puede trampear a las urnas, que no se puede doblegar a un Estado de derecho y que el bien y el mal no son difusos y tienen una trazabilidad sencilla para un demócrata decente.

La imagen de esa chabacana ofreciendo acuerdos a un indeseable a cambio de cargarse a un héroe resume al propio Sánchez, que no hizo nada muy distinto para conseguir una Presidencia que le negaron las urnas: se reunió en el extranjero con un prófugo y le ofreció impunidad a cambio de su voto interesado. No hay ninguna diferencia entre Pedro y Leire, ambos son astillas de la misma madera.

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