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La marea y el rey padre

Don Juan Carlos tiene 87 años, afronta serios problemas de movilidad, y resulta comprensible que quiera que su final, que muchos deseamos lejano, sea en España

Juan Carlos I, el Rey padre –desecho esa cursilería de Rey emérito–, lleva cinco años sufriendo un marcaje injusto. Desde que Carmen Calvo, entonces vicepresidenta, trasladó a Felipe VI que el Gobierno, o sea Sánchez, recomendaba su salida de España y el Rey lo aceptó, don Juan Carlos padece destierro; sin reproche judicial alguno quedó privado de un derecho ciudadano. Luego viajó a España según y cómo: esporádicas y cortas estancias y prohibición de residir en Zarzuela, siempre objeto de informaciones tendenciosas, cuando no falsas, decididas en no se sabe dónde. O sí. Sánchez había decidido iniciar el ataque a la Monarquía.

Se mantiene la marea antijuancarlista. Hace poco un grupito de juristas jubilados reavivaron una acción legal contra el Rey padre que no salió como esperaban. Tenían reconocidos servicios a la izquierda. Esa proclamada división entre jueces progresistas y conservadores mosquea al ciudadano; se malicia que detrás de algunas sentencias podrían existir intereses ideológicos. El juez José Castro, que condenó a Urdangarin e imputó a la infanta Cristina, fue candidato de Sumar en las últimas elecciones generales. No cito al Tribunal Constitucional y a su presidente; su sumisión es conocida.

Algunos digitales chismosos ofrecen incesantes informaciones explosivas sobre la Familia Real que luego resultan bulos. Cuenta un digital que don Juan Carlos alquiló un «apartamento de lujo» en Nueva York; ignoramos en qué albergue barato, que pagamos todos, se hospedaron Irene Montero y sus amigas en su sonada excursión neoyorquina. Y sobre don Juan Carlos nos aclara: «Fue recibido con honores por empresarios, regatistas y amigos. Un trato que lo devolvió por unos días a la época en que todo giraba en torno a su figura». Una memez. Es obvio que sus amigos y personas con quienes se encuentra le tratarán así. Su consideración de Rey no caduca. Si leyeran más sabrían cómo era tratado el destronado Alfonso XIII en su exilio. La española es la única Constitución en la que aparece el nombre del Rey. Y don Juan Carlos abdicó, decisión que convirtió en Rey a su hijo.

Esos digitales suelen moverse en arenas movedizas. Nos cuentan las relaciones de Felipe VI y Letizia; entre otros ámbitos, sus discrepancias sobre la educación de sus hijas; la vida privada de la Reina, dando por cierto que los Reyes tienen vida privada cuando es siempre pública; las filias y fobias de la pareja real, presentando a la Reina más cercana a Sánchez y al Rey más despegado, aunque sea impecablemente constitucional en sus funciones; aseguran que el enemigo está en casa. Estas elucubraciones, inventadas o exageradas, no favorecen a la Monarquía ni tranquilizan a los españoles. Informar no es fabular. Eso queda para la creación literaria. Recordaría a algunos lo que dijo Eugenio D´Ors al camarero que descorchó torpemente una botella de champán derramándola en su chaqueta: «Los experimentos, con gaseosa, joven».

Don Juan Carlos tiene 87 años, afronta serios problemas de movilidad, y resulta comprensible que quiera que su final, que muchos deseamos lejano, sea en España. Ahora algunos escriben que al Rey Felipe le preocupa el contenido de «Reconciliación», las memorias del Rey padre y su presencia en el cercano Portugal; afirman su negativa a que esté presente en el cincuentenario de su reinado. El PP anuncia que no celebrará ese cincuentenario. Un desliz innecesario; otro de tantos. Si podemos celebrar la Transición es porque el Rey la posibilitó. Y tengamos en cuenta, como fondo, el lógico sentimiento existente entre un hijo y su padre. Y viceversa.

Existe un ingrato olvido de la obra histórica de Juan Carlos I que debería pesar más que sus reconocidos errores. Sin el Rey, apoyado en los reformistas e inteligentemente por la oposición interior y exterior, no hubiésemos tenido democracia. La oposición exterior hubiera protestado; brindis al sol. Mis largas conversaciones con Dionisio Ridruejo, que no pudo vivirlo, Rodolfo Llopis, Enrique Lister, José Prat y Enrique Tierno, guardadas en el cofre de mi memoria, testimonian los antecedentes y el desarrollo de una Transición ejemplar que hoy condenan ciertos «eruditos a la violeta», en definición de Cadalso. Hablan de oídas. Y, detrás, el presidente del Gobierno que acaso sueña con presidir una Republica resucitada.

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