Radicales antisemitas, de la URSS al sanchismo
Sólo el antisemitismo –junto a la ignorancia– explicaría que el sanchismo y sus aliados radicales votasen en el Congreso, ya en 2023, contra una iniciativa para recordar al embajador Ángel Sanz-Briz. Años antes del antisemitismo evidenciado hoy con la guerra en Gaza, haciendo el juego a un grupo terrorista
Desde el inicio del poder soviético se evidenció el antisemitismo de muchos de sus líderes, Stalin el más conocido. Su proclamado apoyo a los judíos duró poco. Su enfrentamiento con Trotski no era ajeno a la condición de judío del creador del Ejército Rojo. El enfrentamiento acabó con el asesinato de Trotski, en 1940, por el español Ramón Mercader, agente del NKVD, por orden de Stalin. El comunismo persiguió y exterminó a millones de disidentes.
El propio Marx nació en una familia judía conversa, con sus dos abuelos rabinos. El abuelo materno de Lenin era también judío converso. El secretario de Stalin, Bazhanov, dejó escrito: «Envió un telegrama a Trotski, que se encontraba en el Cáucaso, dándole una fecha falsa del funeral de Lenin para evitar su asistencia». Según Bazhanov, «Stalin se mostró jubiloso por la muerte de Lenin, al tiempo que se ponía públicamente una máscara de dolor». Bazhanov, como tantos otros, huyó de la URSS temiendo ser asesinado en una purga. Los líderes del comunismo mundial fueron fervorosos estalinistas, luego puestos al día. Entre ellos, Carrillo y Pasionaria.
El 1 de diciembre de 1952, Stalin declaró al Politburó sobre la creación del Estado de Israel: «Todo sionista es agente del espionaje estadounidense. Piensan los judíos que tienen una deuda con los estadounidenses. Entre los médicos, hay numerosos sionistas». La advertencia desembocó en el llamado 'complot de los médicos', una supuesta conspiración dirigida por prestigiosos médicos judíos acusados de planear asesinatos de dirigentes aprovechando sus enfermedades y tratamientos. Produjo numerosas torturas y asesinatos. Tras la muerte de Stalin se supo que el complot fue inventado para promover una nueva y sangrienta purga de judíos.
Muerto Stalin, la cúpula comunista denunció ante Kruschev el proceso de «eliminación de lastre», insistiendo en el «exceso de personas de etnia judía». Se empleaban fórmulas enmascaradas al referirse a los judíos: «cosmopolitas sin raíces» o «personas carentes de nación». Se consideraba a los judíos «serviles a Occidente», «ayuda al imperialismo estadounidense» e «imitadores serviles de la cultura burguesa».
El antisemitismo de la izquierda radical, aflorado ahora con el pintoresco caso de la flotilla, una especie de verbena embarcada, que considera genocidio a lo que no lo es acaso por falta de lecturas, fue apoyado por el sanchismo en 2023, cuando el Congreso rechazó una proposición no de ley de Vox para conmemorar y reconocer la figura del embajador Ángel Sanz-Briz. El PSOE y sus socios votaron en contra. Sanz-Briz era el representante de España en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. Salvó, con el conocimiento y aprobación del Gobierno español, a más de 5.200 judíos húngaros, basándose en un antiguo Real Decreto de 1924, que reconocía la nacionalidad española a los descendientes de sefardíes. De los miles de judíos salvados por Sanz-Briz sólo alrededor de 200 eran realmente de origen sefardí. Inventó los demás.
Sobre Auschwitz, Sanz-Briz informó al Gobierno: «a los judíos se les asesina por medio de gas». Ante los informes del embajador, el ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, le escribió, tras referirse a los sefardíes y a los de origen español: «Ruego se extienda la protección al mayor número de judíos perseguidos». El embajador intensificó lo que ya hacía, trampeó el número de pasaportes concedidos, y abrió once casas protegidas bajo inmunidad diplomática, considerándolas territorio español. A menudo pagaba los gastos de su bolsillo.
Sanz-Briz fue considerado por Israel «Justo entre las Naciones», además de tener monumentos, calles con su nombre, placas en varias ciudades españoles y europeas, y un mural en Budapest. Fue el primer diplomático español que apareció en un sello de correos. Sanz-Briz sirvió después como embajador en media docena de países, y en 1973 abrió la Embajada en Pekín. Murió en 1980 siendo embajador en la Santa Sede. Era conocido como el 'ángel de Budapest' y 'el Schindler español', pero salvó muchas más vidas que el alemán.
Sólo el antisemitismo –junto a la ignorancia– explicaría que el sanchismo y sus aliados radicales votasen en el Congreso, ya en 2023, contra una iniciativa para recordar al embajador Ángel Sanz-Briz. Años antes del antisemitismo evidenciado hoy con la guerra en Gaza, haciendo el juego a un grupo terrorista. Pero nunca pasa nada.