Fundado en 1910
El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Un botón como un Rembrandt

El Louvre es uno de los tres más altos lugares sagrados de la última religión moderna que es el arte. El museo, ese altar de las revoluciones burguesas, es, como lo supo André Malraux, su inaugural basílica

El catálogo oficial del Museo del Louvre incluía, con el número de inventario MV 1024, esta descripción de la pieza de 17,4 por 4,6 centímetros conocida como Broche-relicario de la Emperatriz Eugenia, artesanado por Paul-Alfred Bapst en 1855:

«De arriba abajo: una rosácea formada por siete diamantes en torno a un solitario; dos gruesos diamantes contrapuestos por sus vértices (el decimoséptimo y decimoctavo Mazarinos, utilizados por Luis XIV como botones de su corpiño), cuatro pequeños diamantes en forma de pera cuelgan de ahí; un brillante triangular alargado, con dos suspensiones de brillantes y al cual se adhiere un grueso diamante ovoide; un brillante rectangular con tres adornos de brillantes». En resumen, una pasta.

Tras el robo del domingo, Julien Lacaze, presidente de la asociación para la protección del patrimonio francés, Sites et Monuments, completaba el «valor inmaterial» de la pieza, recordando cómo, tras servir de botonadura regia, los dos diamantes mayores, legados al monarca por el cardenal Mazarino, fueron «utilizados como pendientes por Marie-Antoinette». Un «pequeño resumen de la historia de Francia», concluye. Una reliquia, en suma. Pero también las reliquias mueren. Y la botonadura regia parece haber cambiado ahora de propietario. Dejará de ser, pues, «resumen», ni pequeño ni grande, de la historia de nada. Para trocarse en materia monetizable. O bien en solitario placer de un coleccionista lo bastante rico para guardarlo como garboso capricho.

¿Qué pintan los botones del íntimo justaucorps regio en un museo? Por más cara que sea la materia básica en la cual están tallados. François Hollande –que, aunque parezca increíble, fue presidente de la República Francesa– ha proclamado la clave del honor perdido: ¡Es La Grandeur, idiotas ! «Todo atentado al patrimonio nacional es una herida al alma francesa. ¡Coraje a nuestras fuerzas del orden para hallar cuanto antes esas joyas!» De la grandeur ha quedado la botonadura íntima que un Rey recibió de un cardenal, y que colgó luego en orejas o cuello de ilustres consortes. ¡Pobre Grandeur! Como lamenta cierto poeta del desganado siglo veinte: «así es como termina el mundo». Él pensaba que «no con un estallido, sino con un sollozo». Nosotros tendemos a constatar que con una carcajada. Cuando el «alma» nacional es una botonadura. Que un despabilado te roba.

El Louvre es uno de los tres más altos lugares sagrados de la última religión moderna que es el arte. El museo, ese altar de las revoluciones burguesas, es, como lo supo André Malraux, su inaugural basílica. Por eso, el museo no es ya una variedad más amplia de aquellos gabinetes de regios coleccionistas, en los cuales se aprovisionaron sus primeros fondos. En el gabinete del Monarca o del gran señor coexistían, sin ser jerarquizadas, cuantas cosas –en rigor, cuantos trastos– hubieran despertado la curiosidad o el encantamiento de su propietario. Una concha marina y un Rembrandt compartían lugar privilegiado, porque así lo disponía el santo antojo de quien se había gastado su buen dinero para conseguirlos. Y la botonadura del calzón de un coronado no era menos digna de ese personal arrobo que una tabla de Vermeer.

El museo, al inventar un espacio sagrado, codifica lo incluido y lo excluido. Arbitrariamente, sí: como hace todo código. Pero irrevocablemente. «Si lográsemos experimentar los sentimiento que experimentaban los primeros espectadores de una estatua egipcia y de un crucifijo románico, no podríamos dejarlos juntos en el Louvre», escribía Malraux, que fue el mejor museógrafo de nuestro tiempo. Construidos esos objetos como «cosa de museo», como «cosa catedralicia», sus incompatibilidades se disuelven en el halo de una común trascendencia, llamada «arte».

Pero, ¿es posible, de verdad, incluir en ese mismo Templo una «Magdalena» de Georges de La Tour y el botón –inserto en un dije tras serlo en un pendiente– de la ropa interior de un Monarca? Si es así, es que la invención del museo, ha cumplido su ciclo entero –que no llega a los tres siglos– y ha muerto. Retornamos al gabinete del coleccionista. Y a su escala de valores. También la religión del arte muere. Y sus templos. Todo es efímero. Todo cabe en la patriótica grandeur de calzón y pacotilla, que invoca François Hollande. Y todo vuelve a dar lo mismo. Todo, excepto el duro precio del diamante.

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