Parábola del marciano
Entonces tiene noticias de una presidenta cada día más querida, con un alto índice de aceptación popular
Cuando el mundo de la política se movía por cauces más tolerantes Alfonso Guerra distinguió, en unas célebres declaraciones, la «opinión pública» de la «publicada». Supongo que ahora mismo el veterano socialista - «el señor del gran poder», le llamaban entonces en la revista Tiempo- se haría cruces, caso de venir a Baleares, de la aplastante vigencia isleña de su remota declaración.. El divorcio entre ambas «opiniones» es ahora mismo por estos lares una realidad sobrecogedora.
Creo que en alguno de los miles de artículos que he publicado ya eché mano algún día de la siguiente parábola: llega un marciano a Mallorca. Un altísimo nivel de tecnología le permite mutar su aspecto en el de un señor moliente y corriente. Asimismo, es capaz de hablar y leer en catalán y castellano. Y resulta que el visitante estelar abre los periódicos para pulsar la situación política en el archipiélago, vaya usted a saber con qué perversas intenciones.
Su primera impresión es clara: aquí hay un Govern en minoría con una presidenta acosada por unos problemas que es incapaz de resolver: saturación turística, cambio climático, crecimiento desmesurado de la población y, sobre todo, acoso de un partido de extrema derecha repleto de franquistas peligrosos, que visten correaje militar y llevan pistola al cinto.
Además, la señora está en manos de unos capitalistas sin escrúpulos, inversores que quieren urbanizar la última roca de la isla y que visten levitas negras y se tocan con unas chisteras altísimas.
Pero el marciano, que ya ha visto de todo, no se fía de los papeles y se va por ahí a ver qué dicen los lugareños. Entonces tiene noticias de una presidenta cada día más querida, con un alto índice de aceptación popular. En los pueblos del interior de la isla le dicen que esa señora -Marga Prohens, averigua el marciano que se llama- es la defensora de la clase media y baja, que años atrás fue muy importante en esta tierra y que apenas logró sobrevivir tras ocho largos años de un gobierno que sólo atendía a los gestos y al postureo, y que todo lo que hacía o dejaba de hacer era por cuestiones ideológicas, no de gestión.
Y le hablan de un tal Gabriel Cañellas, un mítico presidente que tiempo atrás se distinguió por su cercanía, su espíritu dialogante y su capacidad para hablar con todo el mundo. Un miércoles, en Sineu, una señora le dice al viajero espacial que «por fin tenemos una nueva Cañellas, una chica que está en todas partes, que habla el lenguaje del pueblo y busca solucionar los problemas de nuestro día a día en vez de tratar de salvar el mundo mundial».
Entonces el marciano piensa que ha llegado a un país ezquizofrénico, donde en los bares se habla de una determinada manera mientras que en los periódicos se escribe de modo completamente distinto. A nuestro visitante estelar le cuesta mucho discernir cuál de los dos lenguajes -el público o el publicado- se acerca más a la realidad o si lo que ocurre es que está tierra está siendo víctima de una rara enfermedad colectiva. Así que el marciano decide quedarse entre nosotros porque el tiempo y la experiencia son sabios y algún día le darán las claves de esta rara dicotomía.
No tan rara, diría yo. Pero para llegar a esta conclusión el extraterrestre debería quedarse mucho tiempo entre nosotros. Al menos hasta las próximas elecciones.