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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Arte petardo

Pocas cosas más cargantes que los comisarios de las exposiciones y las cosas que dicen y escriben, una especie de picaresca montada sobre una gran nada

Act. 09 nov. 2025 - 10:23

Voy a hacer un experimento y probar a convertirme por un instante en comisario de arte que prepara un texto. Veamos: «Con una paleta de acrílicos forjados en las cubetas del desasosiego del tiempo presente, el artista trenza un nuevo diálogo intertextual, que supera las convenciones de una interacción capitalista sexualizada».

Qué maravilla. Me he quedado encantado. Pero si usted lee esto, dirá para sí: «Menuda gilipollez ha escrito este hombre. ¿Qué quiere decir eso?». Pues bien, tal es la jerga habitual de los catálogos y carteles explicativos de muchas exposiciones, especialmente las de arte moderno.

Viendo la muestra de Warhol y Pollock en el Thyssen, leo lo siguiente en un texto instructivo de los que colocan en las paredes de las salas: «Cuando los espacios figurativos y abstractos se entienden como diálogo y no como antítesis, las conversaciones empiezan a fluir. Los espacios figurativos se desdoblan y se fracturan en repeticiones; esas repeticiones que hacen que el espacio tradicional se tambalee para volverse rastros y vestigios. Al acumularse en capas, las repeticiones rompen la noción aceptada del espacio y construyen una virtualidad compartida…».

Mi mujer y yo lo leemos, nos miramos arqueando las cejas y se nos escapa una risita irónica. ¡Vaya tomadura de pelo! Sin embargo, la mayoría de los visitantes, que recorren la sala con la solemne veneración propia de un templo sagrado, se detienen ante estos textos pedantes e ininteligibles componiendo una expresión de vivo interés y honda meditación. Los promotores de la exposición habrán pagado una pasta a un ilustre comisario para que escriba esas pajillas mentales. A su vez, ese comisario se moverá en círculos más amplios de engañabobos, que establecen entre todos la valía de unas obras de arte que en verdad están huecas y resultan incomprensibles en su radical nadería.

A mí me gustan los cuadros del estadounidense Jackson Pollock, leal amigo del alpiste que se mató en un accidente de coche con solo 44 años. Pero me agradan más o menos del mismo modo que me gustan los colorines estampados de algunos papeles pintados. Pollock, al que veneran como el rey del «expresionismo abstracto», componía abigarrados cuadros con chorretones de pintura, que apiña como si estuviésemos ante una ilustración de las terminales nerviosas. Posee su estilo inconfundible, cierto, pero el que diga que aquello ofrece un sentido y refleja algo es un estafador. Puedes interpretarlo como te dé la gana.

En Sueños de seductor, un viejo astracán de Woody Allen, el feúcho comediante observa un Pollock en un museo junto a una chica monísima a la que se está intentando ligar. Ella le explica con una catarata de frases la terrible desolación humana y metafísica que refleja el Pollock. Cuando acaba su deprimente disertación, Woody sigue a lo suyo: «Por cierto, ¿qué haces el sábado a la noche?». Ella responde: «Pensaba suicidarme». Woody, inasequible al desaliento, persiste: «¿Y el viernes?». En otra de sus películas, a Allen se le caen unos líquidos y monta un estropicio de manchas en el suelo de la cocina. Lo mira, y exclama: «Vaya, ¡me ha salido un Jackson Pollock!». No le tomaban el pelo.

Desde la llegada al Ministerio de Cultura del pedantuelo nacionalista catalán Urtasun, auxiliar de Yolanda Díaz y nieto de un combativo falangista navarro, es casi imposible que un premio nacional recaiga en un varón, y no digamos ya que no sea de izquierdas. En esa línea, el Premio Nacional de Artes Plásticas de este año se lo han dado a la feminista catalana Fita Miralles, de 75 años. El texto del jurado justifica el galardón explicando que «su obra posee una iconicidad muy poderosa que prolonga su vigencia hasta el presente, llevando a cabo una aguda reflexión crítica del poder en todos sus aspectos y con una profunda reflexión textual en que aborda la experiencia humana adoptando una perspectiva holística».

Una coña. La habitual hojarasca charlatana del sector del arte. Pero el Ministerio muestra además unas fotos de exposiciones de la premiada. Una cabina de ducha, en cuyo interior han dejado una maceta con una planta. Una tele encima de una mesa. Un poco de tierra con unas flores sembradas… El habitual cachondeo de los chatarreros del arte moderno, que no sobrevivirían de no ser por el circuito de las salas y museos públicos, pues nadie paga por llevarse a su casa tales chuminadas (y disculpen la expresión, pero es la más certera).

Estas bromillas dadaístas pudieron tener un sentido la primera vez que se perpetraron, a comienzos del siglo XX, pues las adornaba el toque de rebeldía que aporta lo rompedor. Pero seguir llenando los museos públicos en 2025 de bolsas de basura, escaleras de obra, moles de cemento informes, alfombras colgadas de un alambre, o botellas de Fanta metidas en una urna… eso no es arte. Se trata de una impostación simplona, que con una pereza mental evidente revisita bromas vanguardistas sobadísimas, de más de cien años atrás. Un tinglado endogámico, decadente y bastante pijo, sostenido por un círculo de mutua ayuda, que incluye a artistas pícaros que no saben hacer otra cosa, académicos listillos que aportan un supuesto aparataje teórico en el que anclar tan magnas creaciones y gestores de museos papanatas y sectarios, que creen que con esta gran nada están removiendo las tripas del conservadurismo (ahí está, por ejemplo, el enorme fracaso artístico del Reina Sofía, que de no exponerse allí el Guernica se quedaría mayormente en un acopio de quincalla ideologizada que no atraería un alma).

Por supuesto decir todo esto es políticamente incorrecto y te hace quedar como un gañán ante determinadas élites supuestamente ilustradas. Pero me apostaría una mariscada a que usted y yo estamos bastante de acuerdo.

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