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Europa en el nuevo orden mundial: soberanía, realismo y libertad

Necesitamos una Unión que vuelva a mirar a sus ciudadanos a los ojos. Que escuche al agricultor, al autónomo, al empresario, al joven que busca oportunidades reales. Que ponga el foco en lo esencial: libertad, seguridad, prosperidad

En un mundo que cambia a velocidad de vértigo, Europa ya no puede seguir actuando como si aún viviera en los años noventa. La realidad se impone: entramos de lleno en un escenario multipolar, competitivo, incierto. Estados Unidos mira cada vez más hacia el Pacífico. China consolida su modelo autoritario-tecnológico. Rusia ha roto todos los equilibrios geopolíticos en Europa del Este. Y otras potencias emergentes, desde India hasta Turquía, juegan sus propias cartas con cada vez más independencia.

Y la transformación no es solo externa: también está ocurriendo dentro de Europa. Por primera vez desde la creación de la Unión, la mayoría centrista que durante décadas controló la política europea ya no es automática. El reciente giro del Parlamento Europeo, donde el Partido Popular Europeo ha buscado mayorías con los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) frente a la izquierda y los liberales, demuestra que el viejo equilibrio se ha roto. El cambio político es real y ya está en marcha.

En este contexto, la pregunta clave no es si Europa debe cambiar. La pregunta es: ¿en qué dirección queremos que cambie?

Ha llegado el momento de hablar claro: Europa debe recuperar el sentido estratégico, la soberanía real y la conexión con sus ciudadanos. Debe abandonar el confort burocrático, dejar atrás el discurso complaciente de la autocomplacencia federalista, y asumir su papel en el mundo como una unión de naciones libres, fuertes y conscientes de sí mismas.

Durante demasiado tiempo, Europa ha pecado de ingenuidad. Ha confiado en que los equilibrios comerciales traerían paz. Que la deslocalización productiva no tendría consecuencias. Que ceder soberanía en nombre de una gobernanza tecnocrática era el precio de la eficiencia.

Pero hoy, con una guerra en suelo europeo, con cadenas de suministro vulnerables y con millones de europeos sintiéndose ignorados por instituciones lejanas, esa ingenuidad se paga cara.

La Unión Europea debe volver a anclarse en la realidad. ¿Y qué significa hacerlo? Significa asumir tres prioridades esenciales:

Primero, recuperar la industria europea con una estrategia común de reindustrialización que reduzca nuestra dependencia de Asia en productos esenciales;

Segundo, adaptar la transición ecológica para que no destruya competitividad ni empleo;

Y tercero, asumir —como por fin reconoce el propio debate europeo— que sin fronteras seguras ni migración ordenada no habrá cohesión social ni estabilidad política.

No es ideología: es sentido común.

Hablar de soberanía hoy no es un gesto antieuropeo. Al contrario. Una Europa fuerte solo es posible con Estados miembros fuertes. La soberanía compartida no puede significar dilución, ni recentralización tecnocrática.

Europa no es una torre de marfil. Es el hogar de más de 400 millones de personas que esperan que sus instituciones les protejan, no que les impongan agendas ideológicas o burocracias asfixiantes.

Necesitamos una Unión que vuelva a mirar a sus ciudadanos a los ojos. Que escuche al agricultor, al autónomo, al empresario, al joven que busca oportunidades reales. Que ponga el foco en lo esencial: libertad, seguridad, prosperidad.

Eso requiere menos ingeniería institucional y más ambición democrática. Una Europa al servicio de las personas, no de los lobbies ni de la élite administrativa de Bruselas.

Frente a los extremos tanto del globalismo acrítico como del aislacionismo nostálgico, proponemos una vía de equilibrio: un liberalismo conservador, que combine el dinamismo económico con la defensa de las raíces culturales, la soberanía nacional con la cooperación europea, y la apertura al mundo con la protección de nuestros intereses estratégicos.

Europa debe volver a confiar en sí misma. Y eso pasa por reforzar sus valores, no diluirlos; por proteger su soberanía, no regalarla; por impulsar su economía, no castigarla con burocracia o dogmas climáticos despegados de la realidad.

2024 fue un año de cambio. Pero el verdadero reto comienza ahora. Si Europa quiere seguir siendo relevante, si quiere defender sus valores frente a los que quieren debilitarlos desde fuera o desde dentro, necesita más que discursos: necesita visión, coraje y acción.

El Parlamento ya refleja lo que los europeos llevan años diciendo: realismo o irrelevancia.

Desde la delegación española del grupo ECR, trabajamos cada día por una Europa libre, fuerte y coherente. Una Europa que no olvida de dónde viene ni renuncia a liderar el futuro.

Porque la soberanía, la libertad y la dignidad no son ideas del pasado. Son las claves del mañana.

  • Diego Solier es eurodiputado español del Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR)
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