Nochevieja en la hospedería
«Yo te llevé hasta arriba, y tú en el resort y con tu caravana de escoltas y pelotas, y yo pudriéndome aquí»
A un observador que llevase tiempo sin verlo le costaría reconocerlo. Siempre fue hombre de carrillos hermosos, mirada vivaracha e incipiente bandullo, uno de esos abdómenes que hacen ondular un poco la pala ancha de la corbata y se labran con una afición sostenida al buen yantar (bien regado con espirituosos caros, y además todo a cuenta de una tarjeta del Estado, o del partido, porque sabido es que «el dinero público no es de nadie»).
Pero ahora parece otra persona. El pelo ha encanecido y ha clareado el tupé modelo tapadera. El adelgazamiento resulta acusado. La mirada se ha apagado. Ha perdido aquel brillo pícaro que la distinguía y ahora asoma meditabunda, incluso tristona. Por el camino se ha dejado hasta aquella voz chuleta de deje arrastrado, de cuñado aplomado, con respuesta inapelable para todo.
A través de una ventada enrejada de la hospedería, el sexagenario contempla melancólico las nieves que ya coronan las montañas del fondo y dialoga consigo mismo. Aquí no se está tan mal como uno preveía. Hace rasca, porque estamos en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, cero de mínima y no más de siete de máxima, mucho pelete para un levantino... Pero una vez que te acostumbras, pues bueno, oye... a todo te adaptas, y tampoco es tanto baldón pasar por aquí. Al fin y al cabo, en este hostal público para dos mil huéspedes ya han pernoctado figuras como Mario Conde, Ruiz Mateos, Rodrigo Rato, Bárcenas, Díaz Ferrán, Junqueras, Correa… y por supuesto, también Santos, claro, cómo no, aunque él se tomará las uvas en su pueblo. Algo habrá negociado el zorro navarro para que lo hayan soltado tan pronto...
Los manguis son buena gente. Son como todos nosotros. Nos han recibido bien al grandullón y a mí. Alguna coña con las lechugas y las chistorras, pero poco más. Pero aun así, la de hoy será una noche difícil, no lo voy a negar. Despedir el año aquí… No me quejo de la cena, que hasta ponen langostinos, y luego por lo visto habrá fideuá, aunque me dicen que no se bebe alcohol, salvo que consigas una copa de matute (igual el grandullón me lo arregla). No será el banquete de mi vida y echaré mucho de menos a la familia, y también a las amigas. Pero lo que me encorajina, por no decir que me toca los…, es leer en el periódico que mientras yo me pudro aquí, él, que me lo debe todo; él, que fue uña y carne conmigo, está pegándose la vida padre con su familia en un resort de Andorra, rodeado de una nube de escoltas para que no le llegue ni un silbido.
Yo fui el que negoció para lograr el apoyo de los catalanes solo siete meses después de su golpe sedicioso. Era un escándalo, pero lo hice posible. Santos y yo le pusimos la alfombra roja con los batasunos. Y si aquel Peugeot hablase… Lo sé todo, y hay mucho que saber. Y me estoy empezando a enfadar. Esto no es justo. Yo, gaseosa y fideuá; y aquí, encerrado. Tú, Viuda de Clicquot, angulas, suite presidencial, esquí y spa, y pelotilleo a saco de tu camarilla. Yo, un delincuente. Y tú, haciéndome asquitos, cuando estabas al cabo de la calle de todo, cuando me repescaste para las elecciones de 2023, cuando yo te moví aquellas primarias del regreso imposible, cuando te defendí la moción en el Congreso, cuando me espabilé para que aquel juez amigo metiese la morcilla oportuna en aquella sentencia… ¿Y sabes lo que te digo? Pues que me estoy empezando a cabrear. A cabrear en serio. Así que lo mismo me animo y te doy el año, chaval.
Arrieritos somos, camarada, y tampoco es tan difícil acabar aquí, y tú lo sabes, que ya tienes el lío en casa. Feliz año, y disfruta, porque me voy a encargar de que se te vaya acabando el chollo.
(PD: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O igual no...).