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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Bien, pero pudo ser mejor

A muchos de los españoles nos habría encantado que el Rey recordase que en una democracia parlamentaria, cuando se pierde la mayoría se convocan elecciones

Act. 26 dic. 2025 - 13:31

Zumbarle al Rey me parece mala idea. Basta recordar quienes son sus más sañudos enemigos –los separatistas antiespañoles y los comunistas– para entender que algo bueno aporta la monarquía a España. Los que no lo tragan son los mismos que tampoco soportan la idea de la nación española y el actual modelo constitucional. Saben que el Rey supone un obstáculo en el intento de alcanzar su utopía, que consiste en el imperio perpetuo del socialismo en una España desgajada, de minipaíses asociados.

Sin embargo, se puede apoyar a Felipe VI sin caer en el servilismo cortesano y conservando la capacidad de valorar libremente sus discursos y comportamientos. Mi humilde opinión es que su alocución de Nochebuena, con una cálida defensa de la obra de la Transición, fue acertada, pero insuficiente, porque España no vive una situación política normal, sino más bien todo lo contrario. Imagino que no soy el único español que ha echado en falta alguna alusión del Rey al gran elefante en la habitación: el Gobierno está paralizado, pues ha perdido su mayoría parlamentaria, y la nación vive la anómala situación de tres años sin presupuestos, lo cual supone un disparate político sin precedentes.

Sí aludió el Rey al otro asunto que zarandea nuestra vida pública, la ola de corrupción que padecemos. Aunque lo hizo con una llamada «a la ejemplaridad» que sonó un tanto liviana y generalista, toda vez que vivimos en un país donde se da la sarcástica paradoja de que quien llegó al poder con solo 84 escaños y prometiendo regenerar la vida pública flota ahora sobre una balsa de lixiviados.

En relación con las cuentas públicas, la Constitución es rotunda en su artículo 134: «El Gobierno deberá presentar ante el Congreso los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior». Sánchez le ha dado un triple corte de mangas a ese mandato. Por desgracia, los constituyentes no contaban con que algún día podía llegar al poder un político de semejante pelaje. Así que no acertaron a plasmar negro sobre blanco una regla no escrita de toda democracia: un presidente incapaz de aprobar las cuentas públicas y carente de mayoría debe convocar elecciones de inmediato, o al menos una cuestión de confianza.

Por lo demás, es de agradecer y aplaudir la defensa que hizo el Rey de «la dignidad del ser humano, sobre todo de los más vulnerables» y de la necesidad de «situarla en el centro de todo discurso y de toda política». Si somos consecuentes, tal recomendación se da de bruces con la subcultura de la muerte que practica el Gobierno, promotor de una batería de leyes que cuestionan –o aniquilan– el valor de la vida de los más indefensos.

Y entramos así en un asunto que nunca se comenta de los discursos navideños de nuestro Rey y que creo que vale la pena debatir: su asepsia ante el acontecimiento cristiano que se conmemora, el nacimiento de Jesús, que se resuelve atreviéndose a decir «feliz Navidad» (por supuesto en todas las lenguas de la nación plural y diversa), y nada más.

Un año más he sentido sana envidia ante el discurso del Rey de Inglaterra, que sí ensalza con naturalidad y entusiasmo que estamos celebrando el nacimiento de Jesús. Carlos III transmitió a su pueblo su inmensa emoción cuando visitó la capilla de Belén y se detuvo ante la Estrella de Plata que marca el lugar de la natividad: «Significó para mí más de lo que puedo expresar estar en el lugar donde ‘nació la luz del mundo’, según nos dice la Biblia». Y añadió algo más: «Aunque la Navidad es, por supuesto, una celebración cristiana, el poder de la luz derrotando a las sombras se celebra saltando las barreras de la fe y las creencias».

Escucho esas palabras y me quedo pensando: ¿era tan difícil que Felipe VI felicitase a los cristianos españoles por el nacimiento de Jesucristo? Pero en este país crecientemente tontolaba se ha vuelto imposible que el Rey diga algo así en su discurso navideño, aun siendo católica más del 60 % de la población y a pesar de que todo el sustrato de nuestra nación es cristiano y de que llevamos la fe a medio planeta. Por supuesto, Felipe VI no se olvidó de citar el seudocredo laico, «los fenómenos climáticos». Pero no pudo decir algo tan sencillo como que los cristianos de todo el mundo celebran hoy alborozados el nacimiento del Salvador, Jesús. Aquí ya no se puede citar a Dios, no vaya a ser Sánchez se nos enfade.

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