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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

2026 no será tan malo

Eric Clapton va a volver a la carretera. Habrá cumplido ochenta y un años cuando inicie en Ámsterdam, el 24 de abril, ese «European Tour», que cerrará, en el regio Sandringham State, a finales de agosto. Hay, al menos, algo que festejar en el año que empieza

Un escritor se aferra a su estilográfica, como un rockero a su guitarra eléctrica: la vida es eso, me digo. El resto, baratijas. Eric Clapton va a volver a la carretera. Habrá cumplido ochenta y un años cuando inicie en Ámsterdam, el 24 de abril, ese «European Tour», que cerrará, en el regio Sandringham State, a finales de agosto. Hay, al menos, algo que festejar en el año que empieza. Una emoción exenta de quincalla. ¡Chapeau, colega!

Y no es sólo que Eric Clapton haya sido, desde su inicio a los diecisiete años con los Yardbirds, el más elegante de esos guitarristas eléctricos que en su generación sellaron, como relámpagos, el único gozo sin tacha de nuestra juventud: el rock and roll. El aprendizaje del blues, junto a John Mayall, hizo de aquel crío superdotado el calmo maestro cuyo virtuosismo dejó, a los que jurábamos sólo por B. B. King, en estado de semicoma inducido. Y su homenaje a Robert Johnson fue un descenso al infernal regocijo de los grandes excesos pirotécnicos. Sometidos a álgebra.

He asistido a un par de conciertos de ese al que sus amigos llamaron, primero, «Mano Lenta». Y al que más tarde rindieron culto, dulcemente sacrílego, como God. Y claro que entiendo muy bien a quienes puedan preferir aquellas sublimes salvajadas del desmesurado Hendrix. O la solemnidad sinfónica del Mark Knopfler que dejaba caer la litúrgica versión de su Brothers in Arms en diálogo con un impecable cuarteto de cuerda. Hay más, claro está. Hay Jimmy Page, con quien compartió los Yardbirds. Y Jeff Beck, a quien recomendó para suplirlo cuando él se largó. Con Beck iría cruzándose en ocasionales dúos, siempre deslumbrantes. Hasta el epílogo en un póstumo Albert Hall… Tantos otros. Tantos, sin los cuales lo ideado como un simple recurso de megafonía jamás hubiera llegado a convertirse en instrumento musical nuevo, absolutamente nuevo: la guitarra eléctrica, que Les Paul profetizara.

Hace ahora siete años que Eric Clapton anunció su retirada en Londres. No era un capricho. Neuropatía periférica, desde 2016: no es gozoso dar tres horas de concierto con calambres continuos en las piernas. De inmediato, vino esa pesadilla de todo concertista, sea su género el que sea: la sordera de músico, el «tinnitus». Y la artrosis es impía aun con los dedos de los más grandes. Se despidió con lo que él dijo su último concierto. Pero no hay concierto último para un rockero. No lo hay para ningún virtuoso.

Porque Clapton es, ante todo, paradigma del virtuoso. Intratable. La Stratocaster era, en sus dedos, un bisturí de alta precisión. Su voz no daba para grandes alardes. Eso puede solucionarlo un maestro. Sin problema. Clapton, además de soberbios instrumentistas, se hacía acompañar en sus giras por las mejores voces coristas del mercado. Los diálogos de su Fender con la voz de Katie Kisoon en el directo de «Wonderful Tonight» en Antigua quedan como momentos supremos de delicadeza en la historia del rock and roll.

Seguir en la carretera. Es lo que queda a quien supo apostar su vida. A un solo número. No hay fortuna más alta. Puede que tampoco soledad más seria. El resto, baratijas.

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