Esperanza sierva
Porque el 'progresismo' de los políticos es un calco de la Providencia de los teólogos. Sólo que, en el lugar del Dios que proyecta sentido, alza su potestad aquí un demasiado humano sinvergüenza. Esperanza, en política, es sinónimo de servidumbre
Dice verdad una palabra en su área propia de sentido. Sólo. Y el arte de mentir cifra su mayor eficacia en poner esa palabra de prestigio a jugar en campo ajeno. Anota Aristóteles que «con las mismas palabras se escriben una tragedia y una comedia». En modo similar, con idéntica palabra, campos semánticos distintos forzarán enunciados verdaderos o bien monstruosos engaños.
Cada año que termina, al horizonte en blanco que ante nosotros sea abre, gustamos acogerlo bajo la benevolente protección de la esperanza. Y un cordial automatismo nos exige que sea esa «esperanza» la que blinde el trayecto soñado de nuestros deseos. Llevada tal ilusión al límite, hablamos de cosas tan sorprendentes como «esperanza política», o incluso «esperanza histórica», sin ni siquiera apercibirnos del monstruo al cual estamos invocando.
Para la tradición espiritual –no sólo religiosa– en la cual nuestra lengua está forjada, «esperanza» configura su significado en el campo semántico de la teología. Como tal la cincela Pablo de Tarso: «Mantengamos inconmovible la confesión de la esperanza, pues fiel es quien hizo la promesa» (Hb. 10:23). Porque esperanza es el necesario cumplirse aquello que la Providencia divina no podría, una vez prometido, eludir que se realice. La lógica paulina queda así preservada: «Cuando apareció la bondad y la benevolencia de Dios nuestro salvador, nos salvó, no por obras de justicia que hubiéramos podido hacer nosotros, sino según su misericordia, mediante un baño de regeneración y renovación, obra del Espíritu Santo que Él derramó sobre nosotros con toda su riqueza por medio de nuestro salvador Jesucristo, para que, justificados por su gracia, fuéramos, en esperanza, herederos de vida eterna» (Tit. 3: 4-7). La esperanza es, en rigor teológico, el advenir de la promesa divina: vida eterna. Como tal, ineluctable.
¿Qué sucede, cuando la palabra «esperanza» pasa, de su campo semántico propio –el de las virtudes teologales–, al mundano de los aconteceres morales o políticos? Sucede que, en rigor, deja de ser concepto para quedar en este cascajo verbal del cual se nutren las jergas de los demagogos. Y cuya función precisa es la de engañar a quien escucha, envolviéndolo en bellas palabras que aparentan ser dignas del mayor respeto. ¿Quién o qué, en el prosaico mundo de los intereses y engaños bien tejidos que componen la política, podría ser el «autor de promesa» que no enmascare a un canalla? Prometer el futuro es, en política, robar el presente.
Cicerón, hace de esto más de dos mil años, no se dejaba engañar por la fingida virtud compasiva de las palabras. No en vano era el más virtuoso retórico de su tiempo. A su retorno del exilio, en el año 57 adc, el senador repuesto en su cargo interpela a sus iguales. A los que cedieron ante la injusticia y a aquellos –admirables, dice– «a quienes ni el terror, ni la violencia, ni el miedo, ni la esperanza, ni las promesas, ni las amenazas, ni las armas, ni las hogueras apartaron de la autoridad moral, de la dignidad del pueblo romano y de mi salvación». Las «promesas», en política, como la violencia física, las amenazas, las armas, la devastación…, o como la «esperanza», son constricciones, de cuyo despliegue vive el despotismo. Y en la fórmula salutífera que Cicerón erige en clave del hombre libre, «ni esperanza ni miedo» –nec spes, nec metus–, verán los grandes del Renacimiento la clave de una política que combata con eficacia el engaño. Y el abuso.
No, la esperanza nunca derrocará a un tirano. Ni a Sánchez ni a ninguno. Como no lo mantendrá nunca sólo el miedo. Arrancada a su raíz teológica, la «esperanza» es pervertida por la política como lo más obsceno: la intangible garantía sobre la cual el déspota asienta su batería de ficciones. Aceptar esa lengua que impone imparable «progreso» a quien siga al Jefe, es ya aceptar ser siervo. Porque el 'progresismo' de los políticos es un calco de la Providencia de los teólogos. Sólo que, en el lugar del Dios que proyecta sentido, alza su potestad aquí un demasiado humano sinvergüenza. Esperanza, en política, es sinónimo de servidumbre.
No, no esperemos de los políticos. Nada. Ni en nada nos asusten. Entendamos. Sólo en la paciencia del conocimiento se construye un hombre libre: esto es, un hombre. Abordemos el año que comienza ciceronianamente: sin esperanza y sin miedo. Con inteligencia. Y basta.