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en el recuerdoAlfonso Ussía

Recuerdo mandarino

Hay batallas que se pierden, y yo fui derrotado en aquella ocasión. Mi traje de baño mandarina fue depositado por mis manos en una papelera de la Avenida de Satrústegui con vuelta a la del general Zumalacárregui. El resto del verano lo pasé con dignidad, pero sin ánimo

Un viejo y estupendo amigo de mi juventud donostiarra me ha enviado un paquete. Dentro del gran sobre, una tarjeta y un traje de baño color mandarina. Transcribo el texto.

«Querido Alfonso. Hace quince días pasé a Francia, a merendar en el 'Dodin' de Biarritz. Los de Bilbao dirán que son lo que no son, pero no tienen un 'Dodin' a 30 minutos de San Sebastián. Al abandonar el templo del Chocolat a la Créme pasé por una tienda en cuyo escaparate destacaba un traje de baño naranja fuerte, mandarina. Recuerdo cuando te lanzaste desde la palanca de la piscina del Tenis con aquel traje de baño color mandarina que se convirtió en una de las imágenes inolvidables de nuestra juventud. Sé que has hermoseado un poco de estómago, pero te lo mando para que lo conserves en una vitrina en memoria de tu gesta. Un gran abrazo».

Me lo he probado y me aprieta un poco. Es de singular belleza.

El mío, a los 18 años, lo adquirí también en Biarritz, en 'Fancy Men'. La gesta tuvo lugar un 16 de agosto. Mi corazón palpitaba por dos mujeres. Las sístoles, por Elena Vergarajáuregui Satrústegui, y las diástoles por Pilar Choperena Aizpúrua Ubiría Beristain y cuatro apellidos más de pureza euskalduna, no como los de Aitor Esteban. Tomaban el sol en unas tumbonas ubicadas frente a la gran palanca de saltos. Decidí lanzarme desde su aterradora altura haciendo el Salto del Ángel, consistente en subir hacia los cielos con los brazos abiertos, y cerrarlos cuando la Ley de la gravedad me conducía hacia el agua. Mi propósito estaba claro. La que más aplaudiera la belleza de mi escorzo muelle se quedaría con mis sístoles y diástoles. Me animaba a cumplir mi decisión mi gran amigo cordobés, de Lucena, Juan Carlos Villalta, un ingenio andante que casó con Marta Echevarría de Legazpia, mujer maravillosa. Cubría mis partes con mi traje de baño mandarina.

Tomé impulso y abracé el primer andamio del aire. Figura perfecta, digna de un dibujo de Javier Barcáiztegui. Me sentí tan atractivo haciendo de ángel, que se me olvidó calcular el impacto de entrada en el agua. Me di una panzada descomunal, pero simultáneamente, el estrépito que se produjo al ingresar mi cuerpo en el líquido elemento, tenía su recompensa. Las dos, sístole y diástole, se interesarían por mi estado y mi salud. El resultado fue humillante. Ni una ni otra se compadecieron. Es más, no se enteraron de la heroicidad que acababa de culminar por ellas. No movieron ni un dedo de sus respectivos pies. Pero muchos amigos asistieron a la hazaña, y uno de ellos, cuarenta años más tarde, me ha brindado el homenaje al enviarme un traje de baño mandarina idéntico al que me puse para conquistar a tan distantes bellezas. Fue, como todos comprenderán, uno de los episodios más crueles de los que la vida me ha deparado. Se lo comenté en sagrada confesión al Padre Ituzguieta, de la parroquia del Antiguo, y su consuelo en nada alivió mi melancolía:

«Las mujeres no se enamoran de los que 'hashen' ridículo». Sabia lección.

Mis primas Macarena y Teresa Álvarez-Pickman Urquijo, mujeres espectaculares, no quisieron acompañarme a la siguiente Gala del Tenis porque, según ellas, mi presencia no les aumentaba el prestigio. Acudí en soledad. Actuaba Mireille Mathieu, una francesa pequeñita que cantaba, más o menos, como Edith Piaf. Sólo se acercaron a mí Juan Carlos Villalta y un pelmazo que me palmeaba la espalda mientras me repetía «qué panzada, qué panzada».

Hay batallas que se pierden, y yo fui derrotado en aquella ocasión. Mi traje de baño mandarina fue depositado por mis manos en una papelera de la Avenida de Satrústegui con vuelta a la del general Zumalacárregui. El resto del verano lo pasé con dignidad, pero sin ánimo. Hoy, mi amigo Azpiroz me ha devuelto a aquellos tiempos inolvidables, y en el caso que me ocupa, devastadores. Suspendí las asignaturas en septiembre.

Pero más de cuarenta años más tarde, puedo asegurar y aseguro que me siento honrado por mi acción. Casi tanto como el comandante inglés que en plena batalla contra los zulués en las llanuras de Ulundi, pidió permiso al coronel Morgan-Parva para abandonar la posición porque durante el combate concluyó que su vocación no era la militar, sino la jardinería. El coronel Morgan-Parva no le autorizó la deserción, y el comandante fue herido. A sus nietos les contó que su resistencia fue heroica. Igual que yo le he contado a los míos que el salto resultó tan perfecto, que ellas no pudieron apercibirse de mi entrada en el agua como un clavo silencioso. Acudo a enmarcar el traje de baño.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 7 de abril de 2021
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