El tren, un emblema de España, convertido por el sanchismo en chatarra
Para recuperar la confianza, para ir cosiendo los destrozos y poder ir recuperando poco a poco prestigios, solvencia e imágenes pérdidas es preciso que todos quienes han estado en esa parva desde los tiempos podridos de Ábalos-Koldo a los de relinchos, ineptitud y embustes de los de Puente, desaparezcan por completo
El daño irreversible son los 46 muertos. Esos habrán de pesar siempre por encima de cualquier otra consideración. Pero hay otro del que en medio de la tragedia se habla menos, pero que ya mismo vamos a empezar a ver cuánto y cómo nos afecta a todos y a la propia España y el inmenso perjuicio que va a ocasionarnos.
Los desmanes y las negligencias, a lo largo de estos últimos siete años de gobierno sanchista han provocado que una de nuestras grandes señas y enseñas de la que como país presumíamos y que gozaba de la admiración de todo el mundo ha sufrido tales heridas, desgarros y lamparones en su crédito e imagen que le costará mucho, si es que lo logra, conseguir levantarse.
El tren, la Alta Velocidad se había consolidado desde que comenzó su exitosa andadura a principios de los 90 bajo el Gobierno de González en uno de nuestros grandes emblemas y uno de los mejores blasones de la Marca España. Y así se asumía tanto por nosotros los españoles como por los foráneos. Había sido, en cierta medida, todo un símbolo de que nuestra nación funcionaba y, aún más, había entrado en un futuro y estaba ya dentro del grupo de las de mayor rango y futuro. Hoy todo ello ha quedado hecho trizas y más destrozado que esos vagones del Alvia convertidos en un amasijo de hierros retorcido y de vidas rotas.
El accidente de Adamuz ha sido la brutal sacudida que ha reventado todo. Pero no ha surgido de la nada, ni era algo que no estuviera rondando y cada vez pareciera ya no solo previsible, sino hasta inevitable si no se le ponía remedio por quienes tenían el deber de hacerlo. Era una evidencia que algo muy profundo y extendido estaba carcomiendo las tripas y destilando pus por todos los poros de un cuerpo al que se había infectado a base de enchufismo, corrupciones, desidias y deterioro en todos los ámbitos.
Los síntomas era cada vez más visibles. La continua cadencia y aumento de los incidentes lo avisaban y los propios trabajadores, en especial los maquinistas, aunque los gerifaltes y liberados de los sindicatos del «régimen» callaran como postes, no cesaban de advertir de se estaba jugando con fuego y con vidas. Las gentes más sencillas que sufrían la ristra incesante de percances lo expresaban, con el tino de la experiencia, «un día va a pasar algo muy gordo». Porque es bien sabido en la vida cotidiana lo del cántaro yendo a la fuente y que una cadena de incidentes siempre acaba culminando, si no se corrige su origen, en un gran accidente.
Ahora el daño ya está hecho, pero sus responsables siguen amarrados unos a los otros y todos al cargo, como si esto no fuera con ellos. Es más, pretenderán vendernos, que han de ser ellos quienes los reparen, restauren y hasta lo pongan a 350 km por hora, como presumía que iba a hacer el boceras Puente. Y ello no puede ser así de ninguna de las maneras.
Para recuperar la confianza, para ir cosiendo los destrozos y poder ir recuperando poco a poco prestigios, solvencia e imágenes pérdidas es preciso y perentorio que todos quienes han estado en esa parva desde los tiempos podridos de Ábalos-Koldo a los de relinchos, ineptitud y embustes de los de Puente, desaparezcan por completo. No puede quedar ahí ninguno. Ni ellos ni sus adláteres. Su simple cara ya yugula y lastra cualquier intento de volver a ascender desde donde lo han hecho caer con estrépito.
Mas allá todavía el propio Sánchez y todo el sanchismo, tampoco. No son creíbles ni fiables. No pueden aportar solución alguna siendo como son el tumor que hay que extirpar antes que nada. En cuanto podamos ir a las urnas, aunque sea a cachitos, es lo que van a demostrar los votos.