Gracias por su 'no a la guerra', señor Sánchez
Cursis consignas, que enmascaran, tras su nadería, los sórdidos intereses de un político que sueña reciclar cadáveres en votos: Pedro Sánchez, hace dos días. Por fortuna, ningún dirigente europeo ha llegado en la indignidad tan lejos
'No a la guerra'. Sí, claro. Y no al envejecimiento. Y no a la enfermedad. Y no a la muerte. Y no… Y no a la red de determinaciones que hacen de un hombre, de todo hombre, cosa efímera que sabe serlo. Contra la adversidad se combate. Contra la adversidad empecinada se combate empecinadamente. Y aquel que cierra los ojos, es que ya ha perecido. Lo pronunciara o no Pompeyo al levar anclas en la tempestad, lo inventara o no Plutarco a su mayor gloria, el postulado conforme al cual sin combate no hay vida y sin lucha contra la furia de las olas no hay arribo a puerto, da en el corazón de la fragilidad humana: Navigare necesse est, vivere non necesse. «Es necesario navegar; vivir no es necesario». Y solo combatiendo por navegar nuestras vidas existimos. Por un tiempo. Y, con nosotros, existen los que amamos. No hay imperativo ético más primordial que ese.
'No a la guerra'. ¿Imagina el dignísimo señor Sánchez qué sería hoy Europa si el Reino Unido y los Estados Unidos de América hubieran aplicado esa amable consigna de paz y colaboración ofrecida por la Alemania nazi? Hitler y Stalin se hubieran repartido el continente en amistosa comandita colaborativa. Y hoy media Europa hablaría del sabio alemán de Adolf Hitler. Y la otra media, el poético ruso de Iósif Stalin. Hubo quienes entonces apoyaron esa hipótesis «pacifista». Y, sin la tenacidad exasperante del viejo Winston Churchill, es muy probable que hubieran triunfado. Hubo quien se plantó. Y alzó la voz para enunciar lo más desagradable: que decir «no a la guerra» era decir «sí al genocidio». Y aceptar sonrientes ser cómplices de él.
En los asuntos graves, es un deber evitar el lirismo. Es un deber material, tanto cuanto moral. En los asuntos graves, cuando está en juego la vida –ajena o propia–, solo el rigor más frío tiene el fuste de dignidad que el conocimiento pone en todo: aun en aquello cuya entidad trágica no podemos ocultarnos. Negar lo inevitable no evitará jamás que lo inevitable acontezca. Envilecerá solo a aquellos que, a la pesada realidad, se empecinan en engañarla con la loca fantasía de un deseo condenado a estrellarse en su impotencia. Ignorar las determinaciones que nos amenazan es haber ya sucumbido a ellas.
El más viejo —y más metafísico— de los tratadistas militares aquilata el concepto de ese poco digno suicidio de quien se tapa los ojos ante el huracán que va a barrerlo. Sunzi, hace dos mil trescientos años: «La guerra es el asunto más importante para el Estado. Es el terreno de la vida y de la muerte, la vía que conduce a la supervivencia o a la aniquilación. No puede ser ignorada». Ni suplantada por cursis consignas, que enmascaran, tras su nadería, los sórdidos intereses de un político que sueña reciclar cadáveres en votos: Pedro Sánchez, hace dos días. Por fortuna, ningún dirigente europeo ha llegado en la indignidad tan lejos.
La autocomplacencia es una pésima medicina. Negar el peligro, negar la enfermedad, negar el riesgo de la muerte, es el modo más infalible de ser por el peligro, por la enfermedad, por la muerte, atrapados. Y el sacamuelas que vende azucarados elixires milagrosos para librar al paciente del amargo paso por el quirófano, ese dulce, amable, atractivo y solícito sacamuelas es –no hay otro nombre que le cuadre– un asesino.
La realidad. Tan, tan desagradable. Y tan, tan testaruda. La teocracia iraní financia, desde su toma del poder hace casi medio siglo, redes mundiales de terrorismo islamista, antes inimaginables. La teocracia iraní ha hecho imposible cualquier acuerdo de paz en el Cercano Oriente: ya sea abasteciendo a los terroristas locales, ya sea implantando allí secciones específicas de sus guardianes de la revolución. La teocracia iraní ha exterminado físicamente a todos cuantos, en el interior de su territorio, pudieran disentir de los muy específicos mandatos que Alá encomendaba a su Guía Espiritual. Las leyes civiles han desaparecido. Tan solo la 'ley de Alá', la sharía, pone orden en todo: desde la doméstica sumisión y velado de las mujeres hasta la trascendente fabricación de artefactos nucleares con los cuales borrar a los judíos del planeta. ¿Qué está diciendo, esta vez, el «no a la guerra»? Está diciendo sí a completar aquel exterminio judío que el admirado Hitler «dejó a medias». Está diciendo sí a la supresión de la plena emancipación de las mujeres. Está diciendo sí a la ejecución in situ, como única respuesta a cualquier disidente. Está diciendo sí al más recio despotismo de nuestro mundo.
Cientos de miles de asesinatos fueron perpetrados, durante estos cuarenta y siete años en Irán, por los teocráticos matarifes. Cuyo presidente perpetró también, ayer, una encantadora nota de agradecimiento al amoroso presidente español: «La conducta responsable de España al oponerse a las flagrantes violaciones de derechos humanos y la agresión militar de la coalición sionista-estadounidense contra países, incluido Irán, demuestra que aún existen ética y conciencias despiertas en Occidente. Felicito a los funcionarios españoles por su postura».
La condecoración, sin duda, está a su altura. Gracias por su piadosa comprensión, Señor Sánchez. Y por su leal «no a la guerra». Y su sí a la teocracia. Por supuesto.