¿Qué necesidad tenía el Rey de ponerse en evidencia?
...López Obrador. Un azteca de recio abolengo como subrayan sus dos apellidos españoles –valga el sarcasmo– y cuyo neoindigenismo de opereta agita igualmente la hija de judíos lituanos llegados a ultramar en 1942 que lo reemplazó en el Sillón del Águila
El gran hispanista francés Joseph Pérez, gran perito en la materia, solía esgrimir que España era el único país de todo el orbe que había interiorizado la leyenda negra ideada por quienes habían rivalizado con ella por la hegemonía mundial. El historiador galo había observado como ese sentimiento de culpa había crecido a medida que España perdía su sentido de nación. Pero lo que no se esperaba es que Felipe VI, a la sazón cabeza de la nación, contribuyera a ello para satisfacer la perentoriedad de Sánchez de contar con México en la Cumbre Iberoamericana a celebrar en noviembre en España y que pretende revitalizar como su gran acto internacional antes de las urnas.
Esta descubierta del monarca se registra justo cuando parece marchar dos pasos por detrás del jefe del Gobierno, mientras bajo cuerda pugnan dos diplomáticos socialistas como el actual jefe de la Casa Real, Camilo Villarino, exmano derecha de la exministra González Laya, y su sucesor en Exteriores, José Manuel Albares. De un tiempo a esta parte, la presencia de Felipe VI como primer embajador de España queda supeditada a un papel mimético al de Sánchez con sus discursos plegados a la falsilla gubernamental. Ello reduce al Jefe del Estado a alto funcionario del Gobierno e hipoteca su rol. Algo que, no sin dificultades, supo mantener a raya Jaime Alfonsín como jefe de la Casa Real.
Es verdad que el hugonote Enrique III de Navarra entendió que «París bien vale una misa» al convertirse al catolicismo para acceder al trono de Francia. Sin embargo, parece excesiva la aquiescencia regia para que Sánchez luzca palmito internacional, aunque se arbitrara una fórmula informal para cumplimentar el intempestivo ucase de 2019 del presidente mexicano López Obrador demandando disculpas del Rey por la conquista.
En principio, la petición rememoraba aquella otra que, en un viaje de Estado a Chile, los mapuches realizaron a don Juan Carlos I para que hiciera valer ante las autoridades locales los títulos otorgados por la Corona española sobre las tierras australes. No obstante, conociendo a AMLO, lo que éste perseguía era entronizarse como fiscal implacable de la historia para evitar ser él juzgado. De ahí que, cuando los gobernantes populistas dirigen la atención sobre el ayer, no haya que apartar la mirada del hoy.
En consecuencia, AMLO se afanaba en reforzarse internamente con España como chivo expiatorio -como hoy su legataria Sheinbaum-, al no poder confrontar con EEUU dada su dependencia económica, pese a haberle arrebatado casi la mitad del antiguo virreinato de Nueva España en el bienio 1846-1848. Así, luego de que Albares admitiera «injusticias» asumiendo el relato mexicano, Don Felipe aprovechaba su visita privada del lunes a una exposición sobre «La mujer en el México indígena» para teatralizar ante su embajador en España las exigencias de disculpas aseverando que «hubo mucho abuso» en la colonización para que, a partir de ese reconocimiento, «nos apreciaremos más».
Si el gesto de Albares lo interpretó Sheinbaum sólo como un «primer paso», otro tanto con Felipe VI, cuyas palabras declaró ayer que le han sabido a poco porque no fue todo lo que le hubiera gustado escuchar. Si Sheinbaum exterioriza que «a México se le respeta», España no aplica tal vara de medir y adopta la posición del perfecto agachado. En este sentido, el rey no ha actuado esta vez como Jefe de Estado, sino al servicio de un Gobierno que lo sacrifica todo en su provecho sin observar siquiera el protocolo exigible en los periplos del Soberano.
Mejor hubiera ido tirando de la genialidad de Julio Camba cuando, en su primer viaje a México, se topó con una señora que también le pidió explicaciones sobre los excesos de los españoles. Impertérrito, el escritor gallego no tuvo mejor ocurrencia que encomendarle que trasladara mejor esa queja a sus propios antepasados porque él podía garantizarle que los suyos no habían puesto más pie allí que el suyo en esa gira. La dama de estirpe criolla enmudeció como hija de españoles que proclamaron la independencia del virreinato de la Nueva España aprovechando la invasión napoleónica de la Península y contra el deseo indígena de no perder la protección de la Corona.
La lúcida réplica de Camba a aquella dama ignara de su pasado familiar le cuadra como anillo al dedo al gran impostor López Obrador. Un azteca de recio abolengo como subrayan sus dos apellidos españoles –valga el sarcasmo– y cuyo neoindigenismo de opereta agita igualmente la hija de judíos lituanos llegados a ultramar en 1942 que lo reemplazó en el Sillón del Águila. En su indigenismo de carnaval, su hispanofobia es, en verdad, autoodio al ladrar al espejo.
No en vano, se olvida que la conquista de México no fue sólo la obra de un hombre proverbial como Hernán Cortes ni de cuatrocientos aventureros con hambre de futuro, sino la conjunción de muchos pueblos indígenas contra un imperio sangriento de los mexica que no era la arcadia de la historiografía indigenista. En suma, la conquista de México, como la de Perú por Pizarro, tiene mucho de lucha entre indígenas para librarse de la opresión de esos aztecas e incas que reivindican los regímenes totalitarios o quienes anhelan establecerlos. Como López Obrador, quien auspicia en su libro Grandeza el retorno a los valores civilizatorios que destruyeron sus antepasados españoles
Con sus luces y sombras, pues no hay obra humana que no las contenga, bajo la impronta del Renacimiento y de la Iglesia, la Monarquía hispana organizó un Estado integrador de españoles, criollos, mestizos y aborígenes a los que dotó de una infraestructura viaria como sólo Roma había hecho antes, así como edificó hospitales, iglesias, universidades o teatros. Pero, sobre todo, los hizo iguales en derechos, favoreció el mestizaje y preservó a los indígenas, pese a las epidemias, en contraste con el Imperio Británico que produjo «apartheid» y exterminio, aunque sea imposible formular, como previno el historiador griego Polibio, «un juicio válido, en bien o en mal, sobre cualquier hecho histórico si no se tiene en cuenta el momento en que se produce».
En cualquier caso, cumplido sobradamente el bicentenario de su independencia, el progreso de su vecino EE.UU. tiene poco que ver con la herencia británica, como tampoco el retraso de México con el legado español, sino con la incompetencia de quienes anublaron sus posibilidades de desarrollo saqueando en su provecho las riquezas ya sin supervisión alguna y sin juicios de residencia como el que aguardaba a Hernán Cortés antes de sorprenderle la muerte en Sevilla. Es más, el criollismo puso el antiguo virreinato de la Nueva España al servicio de la política exterior norteamericana a la que malvendió varios Estados.
Así, la pieza que hiló y tejió Hernán Cortes fue hija, para Octavio Paz, de la mejor tradición de la España universal, «la única que podemos aceptar y continuar los hispanoamericanos», pero a la que traiciona el nuevo criollismo travestido de indigenismo de los López Obrador y Sheinbaum. Para el Premio Nobel, mientras que los mexicanos no reconocieran a su padre Hernán Cortés, vivirían en la impostura, pues el odio al fundador de México era «odio a nosotros mismos».
En vez de buscar en la historia las respuestas correctas a un pretérito necesariamente imperfecto, se procura desfalcar ésta por la política que se erige en tribunal inquisitorial que, después de reescribir el ayer y plegarlo a la conveniencia del presente, sienta las bases del enfrentamiento y la división. A este fin, la izquierda totalitaria se viste con «atuendos indigenistas» para romper los lazos de sangre, hermandad y afecto que unen a mexicanos y españoles.
Pero la leyenda negra, esa falsa historia de España contada por sus enemigos, está aún muy viva porque, como aclaró Vargas Llosa, «los españoles no han querido ni sabido contradecirla» con su Rey incluido desde el lunes. ¿Qué necesidad tenía Felipe VI Rey de ponerse en evidencia y, con él, a los españoles que honran a los héroes de su Historia frente a «superhéroes» de pacotilla que intentan suplantarlos?