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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

'Noverdad' Sánchez se traviste de 'Dr. Amor' con el cabestrillo de la mentira

En el fondo, cuando los principales delitos de odio son de carácter antisemita incitados por el Gobierno, lo que busca el tiktoker Sánchez, capaz de cortar el tráfico en Fuenlabrada para grabarse en su espejito mágico, es cercenar y criminalizar la crítica

Todo es mentira no es sólo es un programa de la televisión privada, ni siquiera la programación completa de la cadena pública con su perenne «show de odio» a cargo del erario, sino que constituye el programa máximo desde que 'Noverdad' Sánchez arribó a La Moncloa mediante una falaz moción de censura y se sostiene en ella con ese cabestrillo. Por eso, su penúltima malicia –lo de ocurrencia no deja de ser un elusivo eufemismo– de crear una plataforma contra los «discursos de odio» en las redes sociales por un observatorio bajo su estricta obediencia supone mucho más que instalar otra pista de circo con la que distraer a la opinión pública a falta de pan y de habas.

De ahí que quien alzó un muro –como prolongación del pacto del Tinell zapaterista– como divisa de Gobierno escriba odio con H a diferencia de aquel «amor se escribe sin hache» de la popular comedia del maestro Jardiel Poncela, mejor humorado que un Sánchez que transpira rencor por todos los poros cuando debiera agradecer al destino haber sido aupado a la Presidencia del Gobierno con los fondos de los prostíbulos de su suegro que financiaron su carrera y su patrimonio. Pero esa «h» no es exclusivamente «h» de humo, aunque lo parezca.

Por supuesto que ese Hodio con hache –alusiva a la supuesta huella del odio a monitorizar– trata de desviar la atención ciudadana sobre un Gobierno al dolce far niente que hace caja con la guerra de Irán aumentando la tributación de Hacienda con la subida de los precios para luego usar parte del remanente esquilmado para ese escudo social de papel que publicitará como una pétrea coraza…

Por supuesto que busca también tapar cómo el Ejecutivo revienta la Sanidad pública –como los transportes y sus infraestructuras- distinguiendo el derecho de todo inmigrante ilegal al acceso universal y gratuito auspiciando un efecto llamada a la inmigración masiva, lo que obliga al pago doble de los cotizantes españoles a los que el colapso fuerza a acudir a la sanidad privada y cuya tarjeta sanitaria sólo le sirve si no sale de su autonomía…

Por supuesto que igualmente marea la perdiz con una corrupción institucionalizada y sistémica con aerolíneas rescatadas para lucro de expresidentes como Zapatero, de esposas de presidente como Begoña Gómez y «maridos» pilotos como el del exministro Iceta, mientras los Falcon oficiales realizan viajes fantasmas a República Dominicana –ese paraíso fiscal socialista– so pretexto de secretos de Estado y burla del paganini español…

… Y así hasta sumar una larga lista de «porsupuestos» que suplen la carencia de Presupuestos del Estado y que permiten a Sánchez mandar sin fiscalización del Parlamento tanto en el ámbito doméstico como en el internacional, al tiempo que quebranta la legalidad facultando partidas armamentísticas sin un qué ni un cómo, o sea, como si España fuera una república bananera.

Para habilitar esta nueva pista de circo quien basa su subsistencia en la polarización y la división reavivando el guerracivilismo, Sánchez se rodea de odiadores profesionales que, desde la televisión pública y desde el programa de su pareja, llaman «idiotas» a los votantes del PP y Vox para luego inventarse un inexistente codazo del periodista Vito Quiles a tenor del vídeo sobre la refriega verbal y del dictamen forense. Sin embargo, apoyada en su vistoso vendaje verde, Sánchez la utilizó el miércoles de carnaval para su campaña del odio con H de Hipocresía.

A este respecto, Sáncheztein opera como sus xenófobos socios separatistas con «Marta, dedos rotos» en el referéndum ilegal de octubre de 2017 en Cataluña. Al ser desalojada de un centro de votación, se grabó un video con un aparatoso vendaje que corrió como la pólvora responsabilizando a agentes del Cuerpo, a los que Sánchez llamó «Piolines», de haberle tronchado los dedos de la mano uno a uno, a la par que los acusaba de agresión sexual porque «me han tocado las tetas». Hasta que se desenmascaró su perfidia, se benefició del reconocimiento independentista hasta casi granjearse la Cruz de San Jordi, al igual que el falsario héroe antinazi Enric Marco, quien durante décadas se hizo pasar por prisionero en el campo de concentración de Flossenbürg.

Como escribió Gregorio Morán, uno de los grandes periodistas fallecidos estos días junto a Raúl del Pozo y a Fernando Ónega, hay una gama de impostores que «juega con los sufrimientos ajenos y hace de ellos su modo de vida y su negocio» y que no tienen más límite que «nuestra credulidad que es infinita». Otro tanto Sarah Santaolalla a la que el ministro del «bulo del culo», el simpar Marlaska, ha colocado la escolta que no dispuso esa infausta señora de Miranda de Ebro quemada viva por no querer acostarse con su expareja después de haber estado en prisión tras secuestrar a otra fémina sujetándola el cuello con una cadena. Claro que también la Abogacía del Estado –o sea el Ministerio– ha dejado tiradas colilla a las familias de los dos guardias civiles asesinados en Barbate por narcotraficantes marroquíes.

Con el culebrón que se montó este 11-M Sánchez para travestirse de «Dr. Amor», como el protagonista de una popular telecomedia de esa misma Argentina donde el expresidente peronista Alberto Fernández dispuso en 2020 de una herramienta similar bajo el nombre de Observatorio Nodio para perseguir «la desinformación y las estrategias de noticias maliciosas», como también obró Maduro en Venezuela, el inquilino de La Moncloa recurre a su habitual estratagema para proyectar sobre los demás lo que él perpetra y endosarles la culpabilidad de sus fechorías.

Cuando pregona que el odio es «un producto que se mercantiliza» por los diseñadores del algoritmo para «mantener enganchada a la gente en esas conversaciones de odio», Sánchez sabe bien de lo que habla como buen oficiante. De hecho, lo practica como mandamás de la factoría de bulo y fango de La Moncloa a la que no escapan ni propios –la «pájara» Margarita Robles o el «tocapelotas» Page, por no citar al fallecido Lambán– ni extraños a los que, por boca propia o prestada, veja. Como a la presidenta madrileña Ayuso sobre la que el «broncas» Óscar Puente, quien no ha guardado un minuto de silencio por las 47 víctimas de la catástrofe ferroviaria de Adamuz, ha insinuado que debiera desclasificarse su historial clínico porque podría dejar en muy mala situación a quien antes tildaron de «ida». Tal baladronada retrotrae a la Rusia soviética en la que la oposición era un estado mental por el que los disidentes merecían ingresar en psiquiátricos.

En el fondo, cuando los principales delitos de odio son de carácter antisemita incitados por el Gobierno, lo que busca el tiktoker Sánchez, capaz de cortar el tráfico en Fuenlabrada para grabarse en su espejito mágico, es cercenar y criminalizar la crítica. A este propósito, persigue que las libertades de expresión e información se sometan, no a los jueces, como exige la Constitución, sino a órganos administrativos del Gobierno para que penalicen no lo ilegal sino lo que les molesta. Todo ello a fin de que las cosas se escriban no como han sucedido sino como debían haber acaecido hasta el delirio de que «dos y dos sean cinco cuando el Líder lo diga», como en la distopía orwelliana «1984».

Como los odiadores son los otros, pues él no se confesará tal, pese a asociarse a los herederos de ETA y los golpistas catalanes cuya xenofobia exhiben, prodigará manga ancha a los suyos y reprimirá a los demás dentro de un proceso de censura digital como el que se aplica en China donde rige un talonario de buena conducta como antaño en los internados escolares de los 60 y hogaño en la Dirección General de Tráfico. Esto lo que procura en esta España de impostores, el «Golfus» de la Moncloa y que, de hacerse realidad, dense –con perdón– por «hodíos» con este odio con H en el que la zorra se apresta a guardar el gallinero digital.

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