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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Perdónanos, Noelia

Esos progresistas que defienden una vivienda digna, un trabajo digno, un horario laboral digno... ¿No se han preguntado por qué Noelia lucía en su biografía un abandono asistencial indigno de un país digno?

Todos le hemos fallado a Noelia. El mundo es peor desde que ella se ha ido. Lo ha hecho con la ayuda de un Estado cuya razón de ser es protegerla, no matarla. Darle un cole, un médico, atención social, convertirse en su tutor legal en caso de que sus padres faltaran a su inalienable patria potestad; darle, en fin, una vida digna. No una muerte inmisericorde. Su resolución fue execrable, aunque legal, aunque se ajuste a una ley de eutanasia de trece folios, que en teoría había excluido la patología mental como supuesto para recibirla, y que fue aprobada de tapadillo durante el coronavirus. También aquella infección brutal nos sorprendió inermes y desprotegidos por ese mismo Estado.

Confieso que este es uno de los artículos más difíciles a los que me he enfrentado. De primero de humanidad es respetar el deseo de una chica de 25 años con la que la vida dejó de tomarse café casi desde que nació. ¿Quién soy yo, rodeada de amor, salud y confort, para meterme en esa camisa de once varas que apretaba a Noelia hasta asfixiarla? Siempre he creído en la soberanía autónoma del individuo. Pero Noelia no tuvo nunca libertad para elegir. Primero por su infancia tenebrosa; luego por su forzada ruptura con la inocencia; y después por las secuelas de esos antecedentes y la falta de atención de los responsables de su custodia. Y ante su indomeñable sufrimiento y la inoperancia de sus protectores, solo se le ha planteado una alternativa llamada Propofol intravenoso. Es evidente que, si se le hubiera ofrecido algún motivo para la esperanza, un asidero moral para agarrarse que no fuera el andador ortopédico, Noelia no habría sucumbido en la noche oscura de su alma. En España, 54 solicitantes de eutanasia se echaron atrás en 2024. Quizá porque hallaron lo que Noelia no encontró.

Su caso no solo no ha resuelto nuestras dudas, sino que las ha acrecentado. Dejar en manos del sistema la solución cuando es él el responsable del problema es una indolente resolución que los legisladores han resuelto en llamar muerte digna, pero que solo es el reconocimiento de su incompetencia para dar una vida digna a quien la perdió. Esos progresistas que defienden una vivienda digna, un trabajo digno, un horario laboral digno, una igualdad digna, unos servicios sociales dignos, ¿no se han preguntado por qué Noelia lucía en su biografía un abandono asistencial indigno de un país digno, con abusos, intentos de suicidio y enfrentamientos parentales? Esos redentores feministas que callan son los mismos que nunca interrogan al sistema por qué no se ayuda a las mujeres con políticas de protección a la natalidad, para que no aborten. La subcultura de la muerte es para todos ellos la mejor política social.

Rabia da, asimismo, haber asistido durante estos días a un circo mediático y político. Cómo iban los buitres a dejar pasar la «ventana de oportunidad» de este caso para airear ideología y sectarismo y, de paso, anotarse unos puntitos de share. Los púgiles de uno y otro lado creen haber participado en un combate que había que ganar por encima de la compasión por una niña zaherida. Por encima de Noelia, que, al cabo, ha sido el último «Trump», la última guerra de Irán, el último escándalo político, el último clavo ardiendo para mantener viva la expectación de la actualidad, la mejor mercancía de tertulias, redes y estrategias políticas. También tendrá que perdonar Noelia su efímera existencia en las escaletas televisivas. Solo hace falta que la curva de audiencia que se analiza al milímetro el día después de los programas arroje una ostensible bajada de interés para que su nombre –hoy tan groseramente manoseado– pase a ser solo patrimonio del recuerdo de los que la quisieron. Ojalá ellos también la hubieran querido mejor.

Noelia ya no está. Su depresión, con el aval de más de 30 expertos, ha sido suficiente para que una inyección letal –tan vituperada en algunos rincones donde la pena capital también forma parte de la legislación vigente– acabe con su vida. Su supervivencia fue un fracaso de todos los que la acompañaron, pero su muerte ha sido el de toda la humanidad. Y por supuesto también de los que han aplaudido como un triunfo de la libertad lo que solo ha sido una foto a todo color del pecio de un naufragio. Y después de ella, llegará otro caso al Tribunal Supremo, el de un hombre de 54 años que, con la oposición de su padre también, ha pedido la eutanasia por los dolores que arrastra tras sufrir varios ictus e infartos. Habrá un precedente a favor del hijo y contra los reparos del padre. Vendrán más noelias y vuelta a empezar. O a acabar.

Y, al fin, algo sobre los padres: me resulta tristísimo, desde sus diferentes posiciones, su presente y futuro, y no puedo más que sentir una gran pena por lo que les queda de vida con este recuerdo. Y a Noelia solo puedo ofrecerle estos versos que cojo prestados de mi añorado compañero de ABC, el cura José Luis Martín Descalzo: Morir solo es morir. Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba.

Y, mientras tanto, ahí va Caronte con el cuerpo profanado de Noelia hacia la vida eterna/la muerte eterna sin saber dónde ha de depositarlo.

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