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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Rufián candidato? La última tontería

¿Qué español en sus cabales de fuera de Cataluña va a votar a un separatista con toques de chuleta poligonero? Nadie

El socialismo nunca falla. Su sueño utópico es repartir la riqueza, pero acaba repartiendo pobreza y restringiendo las libertades en nombre de un supuesto bien superior y finalista. En España el problema se agrava porque nuestra izquierda presenta una característica única en el mundo: es antipatriota. Le dan repelús los símbolos de su país, su historia y su lengua. Arrastran tal empanada conceptual que identifican a España con Franco, mientras consideran «progresistas» a unos partidos separatistas xenófobos, con los que se alían extasiados en cuanto tienen ocasión.

Jeremy Corbyn, de 76 años, ejerció como líder del Partido Laborista británico desde 2015 a 2020. Leninista y republicano, su ideología resultaba un despropósito (incluso era abstemio y vegetariano, y a algunos la gente que se priva del vino y el jamón siempre nos despierta un instintivo recelo). Para entendernos, Corbyn era más rojo que la camiseta del Osasuna. Pero hay algo que no se le ocurría: despreciar a su país. Era profundamente inglés. Cuando había que acudir a Buckingham a algún acto de Estado con la formidable Isabel II, el radical Jeremy no tenía reparos en adoptar la etiqueta palaciega, con su atildado frac con su pajarita blanca. Cada año, con la llegada del Remembrance Day, que honra a los caídos en la I Guerra Mundial, Corbyn se colocaba su preceptiva amapola en el ojal y participaba en los solemnes actos de recuerdo como líder de la oposición de Su Majestad.

Mélenchon, el líder de la extrema izquierda francesa, coquetea con los musulmanes para buscar su voto. Pero su respeto por los símbolos nacionales franceses está a años luz de nuestra tropa de Sumar, Podemos y compañía. Las banderas nacionales tricolor ondean por doquier en los mítines del alicaído socialismo galo. Lo mismo ocurre con las formaciones socialdemócratas alemanas o griegas. Vayan a un mitin del PSOE. Si se ven una bandera española casi será por error. Nuestra izquierda es antipatriota, lo cual constituye una de sus deficiencias añadidas.

Se viene hablando de la posibilidad de que Juan Gabriel Rufián Romero, de 44 años, hijo único de una familia barcelonesa de orígenes andaluces y separatista para llenarse el bolsillo, se convierta en candidato de la extrema izquierda española y su nueva esperanza. Es la enésima tontería para pasar el rato. Inflada, por supuesto, por el propio personaje, un tipo que cuando se incorporó a su escaño en el Congreso prometió que no estaría en Madrid más de 18 meses, pero que lleva ya diez años (y se pillaría una depre severa si Junqueras le ordenase regresar al paraíso identitario).

Es increíble que se esté hablando de Rufián, un político que nunca pierde la ocasión de honrar su apellido, como el posible líder de la izquierda populista española. La pregunta es evidente: ¿Qué español en sus cabales votaría a un separatista con aires perdonavidas de chuleta poligonero? Nadie, ni sus abuelos andaluces.

En el Madrid político-mediático vivimos en una especie de burbuja. A veces nos cuesta ver las realidades más evidentes, como que a Rufián no lo traga nadie. No posee categoría alguna, ni intelectual ni humana, y su pasado es bastante lamentable. Juan Gabriel, un chaval castellanohablante al que sus amigos llamaban Juanga, estudió Graduado Social y trabajó diez años en una ETT, algo que ocultaba como un desdoro. Hasta que en fecha tan tardía como 2013, ya con 31 tacos, se afilió a una plataforma de ERC para castellanohablantes (es decir, la típica chifladura xenófoba del apartheid separatista: una sección para «charnegos»).

Rufián cuenta que sintió la llamada de «la revolución en marcha» y que por eso se enroló en el separatismo. Casualmente la epifanía coincidió con que estaba en el paro, pues la ETT lo había largado por maulas (se escaqueaba a las tertulias mediáticas pretextando urgencias familiares). ERC le dio un empleo y además le abrió las puertas de Madrid, donde se lo pasa bomba en los mejores cenadores y se pavonea por el Parlamento con sus trajecitos entallados, un poco horterillas siempre, y con una asistenta disfrazada de Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes. Rufi camina gustándose rumbo a la puerta del Congreso, ansioso porque lo capte alguna cámara y en la esperanza de que el chavalín Quiles le ponga la alcachofa para hacer un poco de circo y poder dar que hablar, que es de lo que se trata.

Rufián, que va de intrépido justiciero, ha tragado callado como una lápida con todos los desafueros y corruptelas del sanchismo. Rufián es un españolazo que se ha hecho separatista para chupar del bote. Por eso resulta un candidato imposible fuera de las cuatro provincias catalanas.

Algún día la extrema izquierda española entenderá cuál es su mayor talón de Aquiles: la aversión a su propio país. Una bobería tan absurda como incomprensible.

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