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Enrique García-Máiquez

Retiro a tiempo

Hay una característica inquietante de los retiros espirituales que los lectores que hayan hecho alguno recordarán de inmediato: lo abrupto del aterrizaje

Cuando se escribe un artículo prácticamente diario, como es mi caso, hay que vivir al día. Por tres razones. El columnista no puede tener textos en reserva («en la nevera», como se dice en el argot), porque si los tuviera, la mayoría de los días los sacaría de la nevera en vez de escribirlos a contrarreloj. Además, para tener la nevera llena, habría que haber escrito dos o tres artículos algún otro día (¿cuál?). Bastante tiene uno con llegar a tiempo cada día con su afán. Por último, a los artículos —como a todo— se les nota la nevera en el gusto. Piden actualidad, o sea, frescura.

El problema es que este fin de semana (cuando escribo –domingo por la tarde– este texto de los lunes) estoy de retiro espiritual, lo más alejado posible del mundanal ruido y la furia. Pero el artículo es inapelable. Otros años me he asomado de reojo a las últimas noticias, con el riesgo evidente de perder la necesaria paz interior. Pero con ese método apresurado salen artículos de refilón; y ustedes, lectores de El Debate, se merecen una columna morosa y atenta.

¿No podría hablar del retiro, aprovechando que una retirada a tiempo es una victoria? Pero ¿no exige la sección de Opinión que se hable de lo que pasa en la calle, del bien común, de la actualidad política? En este dilema me debato, hasta que, aprovechando que el retiro está organizado por el Opus Dei, he recordado –por los pelos– una cita de san Josemaría Escrivá de Balaguer que zanja la cuestión como se corta un nudo gordiano: «Estas crisis mundiales son crisis de santos». Zas.

Está claro —para quien tiene fe— que lo mejor que puede hacer cualquiera ante las crisis del mundo es rezar un padrenuestro: «venga a nosotros tu reino». La oración es poderosísima y, sin embargo, confiamos más en la opinión o en el palique, encima propios. No digo que no haya que dar con el mazo, pero sin dejar de rogar.

¿El foro público no es aconfesional, eh? Lo es y no lo es, cabe de todo. Y retirarse al silencio, a la contemplación y al examen personal de vez en cuando termina redundando en una sociedad de individuos más críticos y con más poso, menos vulnerables a los juegos de manos de la demagogia. Solo sé que Sócrates sabía bien de lo que hablaba cuando dijo que una vida sin examen no merece ser vivida. Y Erasmo de Rotterdam respondía «amén» con una oración atrevida: Sancte Socrate, ora pro nobis! De manera que el retiro, sea o no sea religioso, es una manera de estar en la sociedad con aval pagano y griego. San Sócrates, ruega por nosotros.

¿No necesita España gente reafirmada en sus convicciones morales? Y para eso conviene pararse a pensar cuáles son las nuestras y cuánto queremos que nos obliguen. Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, lo dejó claro: o el señorío de cada uno sobre sí mismo, conforme a su conciencia, o la proliferación estatista de leyes tiránicas para amarrar en corto a ciudadanos incapaces de regirse. Así, un retiro —espiritual o intelectual— se convierte en un pequeño período constituyente donde uno decide, por mayoría absoluta de su conciencia, qué régimen político quiere para su vida.

Hay una característica inquietante de los retiros espirituales que los lectores que hayan hecho alguno recordarán de inmediato: lo abrupto del aterrizaje. Uno vuelve con bellísimos propósitos de bonhomía y buen humor, y en cuanto se llega, en diez minutos, ya estamos como siempre. Se ve que del dicho al hecho hay que poner mucho pecho.

Escribo todavía desde el retiro, pero cuando ustedes lean esto ya habré vuelto a la vida ordinaria. Ya habré comprobado en mis propias carnes lo difícil que es sostener estos propósitos de encarar la política desde la oración, la reflexión y la fidelidad a la conciencia, con calma y con alma. Habría sido más fácil echar un vistazo y escribir cualquier cosa contra Sánchez, que siempre da material para el epigrama. Pero aquí estamos, convencidos de que España se arregla empezando por uno mismo. Qué remedio.

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