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Enrique García-Máiquez

Efusión de gozo pascual

Ahora Jesús, que, según acababa de decir el ángel, iba de camino a Galilea, se les aparece a las mujeres. ¿Y qué les dice? «Alegraos»

«Cuando quiero saber las últimas noticias, leo a san Pablo», escribió Léon Bloy quedándose, por una vez en su vida, corto. Las noticias más actuales están en los Evangelios. Resulta fascinante lo mucho que tienen que ofrecer al lector atento. Ni veinte siglos de spoilers sin solución de continuidad ni toda la vida oyéndolos nos quitan la sorpresa de cada nueva relectura.

En la vigilia pascual di un bote y reprimí una carcajada al escuchar de nuevo (y de nuevas) a san Mateo contarnos la resurrección. Todo es finísimo. María Magdalena y la otra María, tras un terremoto, se encuentran con un ángel con aspecto de relámpago –luz deslumbrante– y, encima, con la vestidura blanca como la nieve. Este les espeta: «No temáis vosotras». Ojo a ese «vosotras». Está cargado de intención, porque de los guardias se nos cuenta que quedaron «llenos de miedo […] se aterrorizaron y quedaron como muertos». A ellos el ángel no les quita el susto. Ahí lo llevan.

Las dos Marías le hacen caso en lo de creer en la resurrección y en lo de ir a contar a los discípulos que el Señor va por delante a Galilea y que allí lo verán: «Partieron al instante». Pero en lo de no tener miedo, ni caso al ángel del Señor. Iban corriendo con «temor y gran alegría». Es un acierto psicológico esta mezcla tan contraintuitiva pero tan común: el miedo, primero, y, a la par, la dicha grande. Las mejores noticias nos suelen dejar así.

Ahora Jesús, que, según acababa de decir el ángel, iba de camino a Galilea, se les aparece a las mujeres. ¿Y qué les dice? «Alegraos». Se ve que el espíritu angélico no ha rematado bien del todo el encargo, como suele pasar cuando delegamos las gestiones a otros. Y Cristo se pone a hacerlo, quizá volviendo sobre sus pasos hacia Galilea.

Lo primero ya lo hemos visto: la alegría. Es imperativa: «Alegraos». Y del miedo no dice ni mu. Por ahora. Hay que dejar que la alegría ocupe todo el territorio del corazón. Y así pasa exactamente y se nota en que se acercan, le abrazan los pies, le adoran. Hay toda una sabia gradación en esa triada que recoge Mateo. El impulso hacia Jesús antes que nada, luego comprobar –como quien no quiere la cosa– su corporeidad más pegada a la tierra y, enseguida, reconocer su divinidad. Un, dos, tres, ya.

Sólo «entonces Jesús les dijo: No temáis». Con eso –como demuestra que el evangelista no vuelva a mencionar el miedo de las Marías– se les quitó del todo. El ángel había ido como el relámpago y hay cosas que no se pueden hacer con tanta prisa. Necesitan el acercamiento, el abrazo, los pies y la adoración. Jesús sabía de qué pasta estamos hechos los humanos. El ángel lo quería hacer todo volando. Pero sólo después de la suavidad de Jesús, que demora su partida a Galilea, se puede hablar de que no hace falta tener miedo ni corresponde en esos momentos.

Yo sospecho que hoy el Señor, en vez de «Alegraos» nos diría: «Enteraos». Por dos cosas: porque parece que no nos enteramos y también porque, con enterarnos, la efusión de gozo pascual iría de suyo.

Y a lo mejor nos vendría bien a estas alturas un poco del temor que ya no les hacía falta a ninguna de las dos. Es el comienzo de la sabiduría: sólo el comienzo, pero hay que empezar siempre por el principio. La piedra del sepulcro removida debe conllevar un cierto estremecimiento. Mateo había advertido, nada más empezar esta narración, que «se produjo un gran terremoto». Como aquí y ahora queremos vivir la resurrección en toda la exactitud histórica del hecho, el terremoto lo tenemos que sentir también en nuestros adentros, y transmitirlo como una onda expansiva en círculos concéntricos. El seísmo es el prólogo de la gran alegría.

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