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Enrique García-Máiquez

La política, lo peor

Arremeter contra sus colegas torpes o corruptos o trepas o dañinos o casi traidores es también escribir a favor de los políticos valiosos. Basta con marcar la diferencia

Escribo de política con gran alivio estilístico. No me exijo tanto como cuando hablo de pájaros y flores, donde hay que darlo todo. Podría ser maquiavelismo, pues a los que piensan como yo les va a gustar y a los contrarios no, con independencia de la calidad de las metáforas. Pero no es maquiavelismo, sino la seguridad de que los artículos sobre política son de usar y tirar, como los clínex. La actualidad es efímera y arrastra con ella lo que la toca, como un rey Midas que lo convirtiera todo en tiempo, que también es oro.

Entonces, ¿por qué escribo de política mal que bien? Porque hay cosas muy efímeras que son vitales, como respirar veinte veces por minuto. En esto soy bastante griego, si me perdonan la vanidad, y sostengo que la única manera de ser un ciudadano de pleno derecho y no un idiota (en términos etimológicos) es participar en la vida política de tu comunidad. Pero una cosa es escribir de política y otra bordar filigranas de estilo. Sería vestirse de gala para ir al taller.

Esto no lo escribo para justificarme, sino para agradecer. El otro día, por esos vericuetos de la amistad, compartí mesa y sobremesa con un buen puñado de políticos profesionales y algunos de sus asesores y, todavía más, con algunos de los voluntarios que se dejan la piel en las campañas por amor a la causa. Estos son impagables y, en efecto, ni en efectivo ni a menudo con reconocimiento se les paga. Afinidades aparte, quedé admirado, como otras veces que he estado con políticos de otro signo.

La política puede ser lo peor, pero exige a los mejores. Sacrifican mucho en cantidad –tiempo– y en calidad –reflexión– a la actualidad. No ignoran lo fugaces que son sus colosales empeños y lo mal que a menudo acaban las carreras políticas. A estos los veía afrontar la próxima campaña andaluza con una mezcla extraña de resignación e ilusión, de fatalidad y vocación. Están dispuestos a defender sus ideas palmo a palmo sin descanso.

Los miraba consciente de que yo, con esa entrega, solo estoy dispuesto a batirme por mi fe, o sea, por la eternidad. Y por mi familia, ya en el tiempo, que tiene vocación de permanencia en su carrera de relevos generacionales; y por la poesía, que también sueña con durar lo suyo: «Exegi monumentum aere perennius».

Los políticos, además de dejarse la piel, son despellejados por la ubicua desafección social. Los ingleses de las novelas, cuando no saben de qué hablar, comentan el parte meteorológico. Los españoles, cuando hay que charlar de algo, rajamos de los políticos. ¡Cuántos chistes, bromas, quejas e invectivas son contra ellos! Un puñado lo merece (a veces con creces), pero la mayoría no. Los políticos entregados se dejan sus energías para que los demás podamos no ser idiôtai y apoyar —o a unos o a otros— con cierta inercia, mientras reservamos nuestros mayores empeños para materias más sólidas y seguras.

Suerte a todos, todos, no se la puedo desear. Sería un relativismo absoluto. Pero sí les deseo que la sociedad les reconozca el esfuerzo. Añadiendo ánimos para llevar con dignidad la derrota, si es el caso; y, en la victoria, firmeza para mantenerse inalterables ante las tentaciones de la corrupción y las de la vanidad.

Yo seguiré escribiendo de ellos, aunque nunca con mi mejor prosa y no siempre a favor. Arremeter contra sus colegas torpes o corruptos o trepas o dañinos o casi traidores es también escribir a favor de los políticos valiosos. Basta con marcar la diferencia.

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