El silencio de los gansos desplumados por Sánchez y Montero
Con Pedro Sánchez en el gobierno, los españoles hemos sufrido más de 140 subidas de impuestos. Unas visibles, otras discretas, muchas envueltas en tecnicismo pero todas con el mismo efecto devastador que nos produce el hecho de que trabajar más no compensa para ganar más
María Jesús Montero, después de 8 años en los gobiernos de Sánchez en calidad de sacamantecas fiscal y antes de amenazar con su candidatura a los andaluces, consiguió ejecutar con ejemplar fidelidad aquello que el ministro de finanzas de Luis XIV, Jean Baptiste Colbert, consideraba la mejor política fiscal y que definió «como el arte de desplumar al ganso obteniendo la mayor cantidad de plumas con el menor número de graznidos». O lo que es lo mismo, aliviarle sus bolsillos a los contribuyentes, cada vez más, sin que sus quejas sean excesivas. Y así ha sido desde que Sánchez llegó a la Moncloa. Años después, transcurrido el tiempo y conscientemente indignados sobre esa dinámica expoliadora, los gansos han empezado a mutar su silencio por unos graznidos cada vez más potentes y vibrantes, sabedores y convencidos de que están siendo desplumados con nocturnidad y alevosía.
Con Pedro Sánchez en el gobierno, los españoles hemos sufrido más de 140 subidas de impuestos. Unas visibles, otras discretas, muchas envueltas en tecnicismos, pero todas con el mismo efecto devastador que nos produce el hecho de que trabajar más no compensa para ganar más, para, supuestamente, vivir mejor, porque en el trayecto Hacienda te cruje la cartera.
La OCDE acaba de ponerlo negro sobre blanco: mientras los salarios, en España, apenas crecieron un 1,2 %, el tipo medio sobre las personas físicas subió 1,5 %. Una amarga realidad que se traduce en el hecho incuestionable de que los impuestos se comen las subidas salariales y los beneficios antes de que lleguen a los bolsillos de los ciudadanos.
Sánchez ha conseguido el reprobable récord de convertir a España en la gran economía de la Unión Europea donde más ha aumentado la presión fiscal, junto a las repúblicas bálticas y Chipre, mientras en el resto de los 27 países, y especialmente en Francia, Bélgica o Suecia, ha decrecido el esfuerzo fiscal exigido a sus contribuyentes.
El sanchismo ha logrado que sea una realidad la frase atribuida a Ronald Reagan, irónica pero muy descriptiva en el caso español, de que «el contribuyente es alguien que trabaja para el gobierno sin haber aprobado una oposición».
Y el problema es que este ensañamiento recaudatorio al que nos somete Sánchez no se traduce en una rebaja de la deuda o se corresponde con una mejora de las infraestructuras, ferrocarril y carreteras, sino que, muy al contrario, el deterioro de los servicios públicos es inversamente proporcional a esa enorme recaudación.
A más impuestos, peores servicios públicos, con el agravante de que nunca antes un gobierno democrático en España había conseguido llenar las arcas públicas tanto como este, a costa de subir los impuestos o por culpa de la inflación, esa ladrona silenciosa, o gracias al maná ingente de millones de euros procurados por los fondos europeos; y sin embargo, la percepción ciudadana, empíricamente demostrada con el terrible accidente de Adamuz, es que la recaudación récord no se ha invertido, por ejemplo, en el mantenimiento e incremento de la Alta Velocidad Española, cuya reputación ha sido condenada por la incompetencia de este gobierno.
Esto me recuerda que mientras Sánchez presume de afiliados a la Seguridad Social exhibiendo la impostada cifra de 22 millones que no se corresponden con la realidad porque no es lo mismo afiliados que afiliaciones, y de una economía que va como un cohete, la economía doméstica y real, esa que no entiende de cifras «macro» ni gráficos, sino de lo que cuesta llegar a fin de mes, abonar luz, gas y carburantes, además de llenar la cesta de la compra y pagar impuestos, es mucho menos optimista y desde luego no viaja en un cohete; la economía de los gansos desplumados, a lo sumo, viaja en un Ave renqueante del lenguaraz e incompetente Óscar Puente.