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Un mundo felizJaume Vives

Un trozo de pan

Es quien se esconde en ese trozo de pan quien está llamado a gobernar a todas las naciones de la Tierra, a ser rey de nuestras familias, pueblos y sociedades. El centro de gravedad, el mismísimo centro de la Tierra. La grandeza de un Dios que se hace hombre y se esconde en un trozo de pan

Escribo estas líneas a pocas horas de tener un encuentro privado con su santidad León XIV en la catedral de Barcelona. Un regalo de mi obispo para que León XIV dé la bendición apostólica a Jaumet, nuestro hijo enfermo, alegre y conformado, quien el día de su nacimiento nos convirtió en los padres de un santo, la mayor de las aspiraciones.

Cuando el artículo se publique el encuentro ya habrá tenido lugar y, si Dios quiere, además de la bendición apostólica, habré podido hablar con el santo padre y entregarle algunos obsequios, pero de todo ello hablaré en otro artículo.

No quisiera que ese inmerecido privilegio restara protagonismo a algo mucho más importante, más relevante que el santo padre y la causa por la que ha hecho este viaje apostólico y por la que más de un millón de personas se congregó en Cibeles y otro medio millón en plaza de Lima. Hablo de un trozo de pan.

La visita apostólica muy bien, pero lo realmente importante fue la celebración de Corpus Christi, que providencialmente coincidió con la visita y que por segunda vez en la historia un santo padre celebró extramuros.

Ese trozo de pan, que aparentemente parece solo eso, un poco de harina sin levadura, es solo el accidente que nuestros ojos alcanzan a ver, pero esconde algo que lo desborda, algo que nos desborda también a nosotros, algo que ha desbordado las calles de nuestra patria.

El santo padre ha venido a España por eso, y lo importante de su viaje es eso, y muy, muy por debajo de eso están todos los encuentros y su propia persona.

Cuando quienes conocen el protocolo se arrodillan ante su santidad para besar el anillo del pescador lo hacen, no porque su santidad sea un tipo estupendo y con un gran don de gentes, sino porque es el Vicario de Cristo en la Tierra.

A muchas televisiones que con gran detalle han estado retransmitiendo el viaje papal seguramente se les haya escapado que el responsable de todo no ha sido el santo padre, puede que incluso se le haya olvidado a algún obispo, pero no al pueblo fiel, que ha sabido y ha demostrado saber ante quién toda rodilla debe doblarse. En silencio. Como también nos ha recordado su santidad.

Y es normal que les haya pasado por alto, a quien no tiene fe es natural que le resulte difícil comprender que ese trozo de pan que estos días se exponía en bonitos tronos y custodias en todos los rincones del mundo es quien mueve a esos millones de corazones. También es natural que algunos dentro de la Iglesia –obispos incluidos– puedan pensar que ellos son más importantes que ese trozo de pan, en el que no creen porque todavía no se han encontrado con Él. Pero no así la mayoría de quienes han abarrotado estos días las calles.

Y es que por ese trozo de pan hay incluso quienes han entregado la propia vida. Tenemos el caso de san Tarsicio, quien durante la persecución del emperador Valeriano, se disponía a llevar la comunión por encargo de su obispo a unos cristianos encarcelados por proclamar su fe en Jesucristo cuando fue interceptado y se negó a entregar las sagradas especies, siendo golpeado y apedreado hasta alcanzar el martirio.

También tenemos la historia de San Hermenegildo, martirizado en Tarragona. Encarcelado por su propio padre, el rey Leovigildo, rechazó recibir la comunión de manos de un obispo arriano, siendo como era católico y defensor de la presencia real de Cristo en la eucaristía y la verdadera doctrina de la Iglesia. Por ello fue decapitado, por orden de su padre, en el año 585.

O el testimonio de San Nicolás Pieck martirizado el 9 de julio de 1572 junto a dieciocho compañeros religiosos por los calvinistas por defender la presencia real de Cristo en la eucaristía.

O el de San Pedro Jesús Maldonado, martirizado en la Cristiada y gran promotor de la Adoración Nocturna.

Y es que como celebrábamos en Corpus Christi, ese trozo de pan, y ese poco de vino son el mismo cuerpo y sangre de Cristo, no un símbolo que nos lo recuerde. Algo incomprensible para el mundo, ya lo era para los judíos y los paganos en los primeros años del cristianismo, pero dos mil años después, ese cuerpo y esa sangre son los que transforman el mundo, los que convierten los corazones de piedra en corazones de carne, los que congregan a millones, los que ponen miles de vidas patas arriba, los que rompen el sueño de los adoradores nocturnos, los que ponen de rodillas a los más orgullosos y los que desconciertan a los más racionalistas.

Es quien se esconde en ese trozo de pan quien está llamado a gobernar a todas las naciones de la Tierra, a ser rey de nuestras familias, pueblos y sociedades. El centro de gravedad, el mismísimo centro de la Tierra. La grandeza de un Dios que se hace hombre y se esconde en un trozo de pan.

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