En casa del vecino
A quienes necesiten ayuda hay que dársela, si se puede (y si es en su país mejor, sobre todo para ellos). Y los culpables de todo, quienes esparcen miseria por doquier, son los que empujan a unos a marchar de su patria y los escupen y abandonan a su suerte no pocas veces
En los últimos días ha habido cierto revuelo con el tema de la inmigración. Algunos, desde los partidos, diciendo que quieren restringirla y dar prioridad a los autóctonos. Otros, desde algunos sectores de la Iglesia, diciendo que eso está muy mal. Y el Papa, desde un avión, diciendo que los estados tienen toda la legitimidad para controlarla pero que hay que tratar a los inmigrantes como seres humanos que son.
Sorprende que sea tan complicado entender algo tan sencillo y de puro sentido común. A las personas hay que ayudarlas en origen, siempre que se pueda. Yo no quiero que me ayuden a marchar de España, si acaso lo que espero de una potencia extranjera, si no se puede resolver internamente el problema, es que me ayude a poder seguir viviendo en mi tierra. Hace poco el Papa animaba en Camerún a los africanos a resistir la tentación de emigrar.
Eso es lo que cualquier persona honesta procuraría para el prójimo: favorecer unas condiciones dignas que le permitieran prosperar en su país, en la tierra de sus abuelos. Y eso es lo que pocos hacen. Entre la promoción de talleres de género interseccional en países subdesarrollados y todas las facilidades para vivir en Occidente, a nadie le quedan ni las ganas ni el ánimo de quedarse en su país. A mí, si me prometieran una vida fácil y me taladraran con milongas de género también me costaría quedarme.
Y ahora, que ya se ha planificado todo para que entren en masa, se crea un falso debate sobre el deber cristiano de atender al inmigrante. Pero conviene aclarar varios puntos.
El primero es que los estados tienen toda la legitimidad del mundo para considerar cuán altos tienen que ser sus muros y cuán estrechas sus puertas. El planeta es muy grande, los recursos mucho más abundantes de lo que pretenden hacernos creer, pero no todos caben en un mismo lugar. Primero, por justicia con los que allí viven, que podrían verse condenados a la miseria y segundo, con los propios inmigrantes que, pensando que les espera una vida de ensueño, rompen con su historia y acaban viviendo en Occidente como esclavos.
Los países, después de ayudar a su gente, tienen que ayudar a quienes puedan pero no a más porque, de otro modo, la ayuda acaba convirtiéndose en un castigo para todos solo para salir guapos en la foto. Es lo que ha ocurrido en el centro de Barcelona: un montón de niños viviendo en la calle, oliendo pegamento y haciendo la vida imposible a los vecinos. Y todo porque unos gobernantes, que ni siquiera son capaces de resolver los problemas del vecindario, decidieron abrir las puertas a unos cuantos extranjeros para hacerse la foto, quedar muy bien, dormir tranquilos y luego abandonarlos a ellos y a los vecinos a su suerte.
Primero los de casa. Evidentemente. Primero procuraré alimento para mis hijos, luego ayudaré al vecino. Y si es necesario les diré a mis hijos que coman un poco menos para que pueda comer el vecino. Pero si ni siquiera soy capaz de mantener a mis hijos, no iré llamando a las puertas del vecindario para ofrecerles lo poco que me queda en la despensa.
Y eso, en nada contradice lo segundo que dijo León XIV en un avión. A los inmigrantes hay que tratarlos como lo que son: seres humanos. Si alguien llama a la puerta de casa no se la cerraré si su acento me resulta extraño, si puedo, lo ayudaré. No lo dejaré morir en la calle, ni en el mar. No le deseo el mal a nadie.
Pero el falso debate es convertir en asesinos a los que hablan de prioridades y no a los que para la foto o para vender más sudaderas rojas con los brazos muy abiertos los animan a lanzarse al mar, a dejar sus tierras, a romper con todo para luego abandonarlos nuevamente en nuestras costas, con la colaboración inmediata de las mafias de trata de personas. Los quieren para la foto y porque es un negocio suculento, y el precio, que es muy alto, lo pagamos nosotros y los inmigrantes.
La patria hay que protegerla, por supuesto. A quienes necesiten ayuda hay que dársela, si se puede (y si es en su país mejor, sobre todo para ellos). Y los culpables de todo, quienes esparcen miseria por doquier, son los que empujan a unos a marchar de su patria y los escupen y abandonan a su suerte no pocas veces. Y sorprende que algunos en la Iglesia caigan en la trampa de ese falso debate, provocado por unos y soportado por tantos. Supongo que, igual que los culpables, dicen estas cosas para salir bien en la foto.
Y es que todos se ponen muy monos para el flas, dispuestos a defender cualquier tontería pero, a la hora de la verdad, a los inmigrantes los prefieren en casa del vecino. En una cama desde la que no llegue el olor de la pobreza a sus habitaciones. Y del vecino, al que sí podríamos ayudar, no sabemos ni su nombre ni sus preocupaciones, es un desconocido por el que no somos capaces ni de quitarnos los auriculares en el ascensor.